24/6/17

Escuchar


     Decía un amigo que se fue, que él era charlatán, pero también “escuchatán”. Y eso es menos frecuente de lo que parece, pues muchas veces confundimos oír con escuchar, oímos a quien tenemos enfrente o al otro lado del teléfono, pero no lo escuchamos, no nos abrimos a la total comunicación con esa persona. Y no basta con que entendamos el significado de las palabras, pues muchas veces “significamos más de lo que decimos” (U. A. del Campo)

     Y fue Séneca, el filósofo cordobés, el que nada menos que en el año 65, expresó muy bien esta necesidad de ser escuchados.


¿Quién está siempre dispuesto a escucharnos en este mundo? ¿A quien se puede decir: aquí estoy? ¡Mira mi desnudez, mira aquí las heridas, el sufrimiento secreto, la desilusión, los temores, el dolor, el desagrado indecible, el miedo, la soledad! ¡Escúchame por un día, una hora solamente, un momento, para que yo no perezca en el horror del salvaje aislamiento! ¡Oh, Dios, no hay ninguno que me escuche!… 

11 comentarios:

  1. Es cierto que oímos mucho pero escuchamos poco, unas veces lo hacemos de forma inconsciente y otras porque nos cansa escuchar los lamentos de los demás, estamos demasiado "ocupados" con nuestros propios problemas para "perder el tiempo" escuchando. Pero curiosamente luego nos sentimos mal cuando nos damos cuenta de que lo que decimos tampoco "es escuchado" por los que nos rodean.

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    1. O sea, un mundo de sordos voluntarios…

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    2. Mas o menos.

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  2. Pues sí; demasiadas veces las sinfonías sonoras quedan relegadas a la función auditiva, sin acercarse al cerebro.

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    1. Yo diría más bien sin acercarse al corazón…

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  3. Desgraciadamente ocurre eso en muchas ocasiones, oímos, pero nuestra mente se encuentra totalmente alejada de lo que nos está tratando de comunicar nuestro interlocutor.
    El oír es algo fisiológico, pero el escuchar es algo que tiene que ver con la capacidad de interpretar el mensaje que nos están tratando de inculcar.

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    1. Y algunas veces ni siquiera oímos fisiológicamente, porque no damos lugar a que el otro hable.

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  4. Los hay que ni siquiera oyen. Hace falta mucha empatía para dejar nuestra necesidad de hablar a un lado y escuchar atentamente al otro, preferiblemente sin interrumpirle. No es tanto una cuestión de actitud como de aptitud, pues hay quien no trae de serie ese programa. Quizás sea algo que deberíamos fomentar en los niños, cuando el cerebro es más maleable que nunca, ya que en mi opinión es una habilidad muy necesaria para desenvolverse en la vida.

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    1. En un post del mes de febrero decía:

      Yo he pensado siempre que algo traemos “de fábrica”, pero que en gran parte somos lo que nos hacen los demás, lo que nos va aportando a lo largo de nuestra vida el país y el lugar donde nacemos, la familia en la que crecemos, las personas que nos rodean y que nos dan su amor... o su odio. Somos todo eso y, sin eso, no seríamos lo que somos.

      Es decir, que lo que sean esos niños, lo que sea el futuro de la sociedad, depende de lo que les enseñemos los que estamos ahora y de la única manera que es posible enseñar estas cosas: haciéndolas nosotros.

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  5. Estamos bajando un tercer escalón, en que ya no es que no se lea ni se escuche, es que ni se mira. La gente está tan saturada, flaseada de tiros, edificios ardierdo, bombas todo en directo,.. pasa el canal, y ve a 3,4, o 5 personas no hablando, ni comunicando, sino gritándose a la vez, se interrumpen intencionadamente incluso los antes llamados oradores
    Nos estamos quedando sordos y mudos también, Séneca en ese texto nos dice de ser escuchado, pero no nos dice de quien necesita un ¡hola!, ¿qué tal te va?, que los devuelva de la invisibilidad

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    1. Ya no te miran ni los médicos, miran su pantalla y sus papeles, y la persona que tienen delante es solo el número de una tarjeta y el nombre de una enfermedad. De todas formas, el cordobés en ese párrafo pide precisamente eso, que lo saquen de la invisibilidad, que lo miren, que lo escuchen. Pide ser alguien para el otro.

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