18/1/21

Mi tía Luisa



      Era hermana de mi madre y murió hace más de cuarenta años. Tenía un vocabulario muy especial, inventaba palabras como el Matías Martí de La Colmena, otras las pronunciaba mal y otras, quizá, procedían de la tierra donde nació o donde había pasado su infancia. Y una de ellas, la que más he recordado durante todos estos años, era un limpito.

      ¿Qué es un limpito? Pues imaginad que estáis en casa y una amiga o amigo os anuncia que llega a haceros una visita. Es de confianza, no hay por qué vestirse como si fueras a salir a la calle, pero tampoco cabe quedarse con el mismo chándal con el que has estado cocinando, que puede tener olor a comida y hasta alguna mancha. ¿Qué procede entonces? Un limpito. Algo que ya no usas en la calle, pero que tampoco es ese chándal tan poco presentable.

      ¿A que es un buen invento esa palabra?

 

8/1/21

Regalo de Reyes

       

       Con la pandemia y las borrascas, los Reyes Magos se han retrasado un poco este año, pero nos han traído de regalo un vídeo, que nos proporciona media hora de arte y belleza.

      El Ballet de Año Nuevo 2021, que interpreta el alumnado del Conservatorio Profesional de Danza Reina Sofía en el Museo de Bellas Artes de Granada, en planta noble del Palacio de Carlos V.  De Granada también, por supuesto.

 

1/1/21

Año Nuevo


 

         El año pasado tal día como hoy escribí aquí:

      Un año más, en la loseta de siempre y frente a la fachada del Ayuntamiento, os deseo a todos que, si el año que termina ha sido malo, el que empieza sea mejor. Y si ha sido bueno, lo sea aun más. 

      Como veis, hablaba de cada uno de nosotros y de como nos iba a ir en el año que empezaba. Pero resulta que ha sido un año en el que nos ha ido mal a todos, un año de dolor, de miedo, de angustia, de desconcierto… Un año de muerte ¿Será mejor el próximo? No me atrevo a asegurarlo, solo a desearlo. Para los que me visitáis y para el mundo entero.


28/12/20

Donde dije digo...

  



      Como rectificar es de sabios y, además, me gusta compartir con mis visitantes/amigos tanto lo bueno como lo malo, quiero dejar aquí constancia, con cohetes al viento, de que lo que predije en la entrada Reuniones en pandemia, ha resultado ser completamente distinto. El día de Navidad tuve el honor de sentarme a la mesa de un amigo y sus hijos, que me hicieron sentirme en familia (lagrimita emocionada) y el próximo jueves, la próxima Nochevieja, compartiremos la mía. Dios mediante y si el virus no lo impide.

      Y que conste que, a pesar de ser 28 de diciembre, esto no es una inocentada.


24/12/20

Navidad en pandemia





      Para una Navidad extraña, un villancico extraño, de un autor del que lo que menos se puede esperar es una tierna canción de Navidad. Tierna y humorística, llena de ironía y de doble intención. 

      Con ustedes, Bertolt Brecht y su villancico, traducido por J.Luis Gómez Toré


          LA NOCHE BUENA

          Antes de la noche, el día en que Cristo

          a este mundo nuestro como un niño vino

          fue un día duro, gris y sin sentido.

          No tenían sus padres un alojamiento.

          Por ello temían por el nacimiento

          que para esa noche ellos preveían:

          cayó el parto en la estación fría,

          mas todo salió a las mil maravillas.

          Era aquel establo que por fin hallaran

          cálido, con musgo entre tabla y tabla.

          La tiza en la puerta dice que el establo

          huéspedes tenía y estaba pagado.

          Así fue al final una noche buena:

          el heno mejor de lo que creyeran.

          La mula y el buey su sitio ocuparon:

          todo ha de marchar como está mandado.

          Un pesebre de mesa pequeña sirvió.

          Un criado, oculto, un pez les llevó

          (pues con el gran Cristo fue entonces preciso

          obrar con astucia y mucho sigilo)

          pero aquel pescado resultó excelente

          y por todos lados su aroma se extiende.

          Del marido ahora se ríe María,

          tan preocupado como parecía.

          Se levantó viento al anochecer

          y no fue tan frío como suele ser:

          una brisa cálida casi se ha tornado,

          caliente, el establo; el niño, tan guapo.

          Y ahora sí no falta apenas ya nada:

          ¡los Reyes Magos que a las puertas andan!

          María y José contentos estaban.

          Muy contentos pueden al fin descansar.

          El mundo por Cristo no podía hacer más.


15/12/20

Reuniones en pandemia




      No se habla más que de las reuniones familiares esta Navidad. Que si de seis, que si de diez, que si incluimos a los allegados, que si los mandamos a tomar viento… Y a mí se me ocurre pensar que, por muchas restricciones que haya, por mucho que limiten las personas y las denominaciones, no va a afectarme. Ni el número de personas, ni los desplazamientos... nada. Si llego a entonces, mi Nochebuena y mi Nochevieja, mi día de Navidad y el de Año Nuevo, serán exactamente como vienen siendo desde hace 26 años. O sea, que yo llevo 26 años de pandemia. Que se dice pronto...


           Nuestras vidas son los ríos 

      que van a dar en la mar, 

            qu'es el morir; 

      allí van los señoríos 

      derechos a se acabar 

            e consumir; 

       allí los ríos caudales, 

      allí los otros medianos 

            e más chicos, 

      allegados, son iguales 

      los que viven por sus manos 

            e los ricos.

 

6/12/20

Tradicional picaresca española




      Llevamos ya nueve meses de pandemia y, a lo largo de ese tiempo, más de una vez hemos tenido que preguntarnos que ocurre en nuestro país para que estemos llevando esto peor que nadie. Nos lo hemos preguntado nosotros y hasta media Europa, sesudos científicos que han estudiado las posibles causas de que el virus circule en la piel de toro como Pedro por su casa. ¿De verdad no lo sabemos?

      Llevo dos fines de semana que, a partir del jueves, en el super se ve un porcentaje muy alto de carros cargados para preparar una fiesta domiciliaria. Botellas de licor, litronas, cocacolas de dos litros, vasos de plástico… Las apariencias no engañan ni tampoco las conversaciones de los que miran estanterías para llenar el carro. 

      Pero no vamos a hablar hoy de los jóvenes, sino de personas de cualquier edad. Personas que circulan entre provincias y municipios con salvoconductos falsos, que retuercen las leyes para conseguirlos, que recurren sin problemas a pillerías de todo tipo para ir donde quieren ir, a pesar de los confinamientos. Citas particulares para Urología firmadas por un otorrino, depilaciones y manicuras convertidas en tratamientos dermatológicos por arte de magia, censos en distinta población de donde se trabaja y se tiene el domicilio, vecinos que viajan a su segunda vivienda no se sabe como… 

      Mientras, cientos de personas, miles, han muerto, mueren y seguirán muriendo en soledad. Mientras, cientos de personas, miles, pasan por un infierno en la UCI, boca abajo y con un respirador durante meses. Mientras, cientos de personas, miles, quedarán con secuelas para el resto de su vida. 

      ¿Dónde está la conciencia? ¿Dónde nos la hemos dejado en este país?

 

29/11/20

Ángel Ganivet

 



      Hoy hace 122 años que murió Ángel Ganivet en Riga, en las frías aguas del río Dviná, y en marzo hizo 95 de que lo enterraran en esa tumba que veis ahí arriba y por la que se pasa nada más entrar al cementerio. Al cementerio de San José, en Granada

      Viendo su biografía en Wikipedia, se podría decir que fue un hombre que se suicidó dos veces y lo enterraron dos veces, pero leyendo la más completa de la Real Academia de la Historia, podemos conocer mejor al escritor, poeta, ensayista, filósofo, diplomático… y muchas cosas más. Una de ellas, quizá la más profunda: granadino. Nunca dejó de pensar en su tierra, en “Granada, la bella”,  nunca dejó de dolerle lo que no le gustaba de ella ni dejó de imaginar una Granada distinta de la que iba naciendo al paso de los años. En Granada está su cuna, un molino, y en la Colina de la Sabika, su tumba, casi siempre con flores. ¿De quien? No se sabe.

      Al morir mi abuelo paterno, allá por los años 50, llegó a mi casa su biblioteca con casi toda la obra de Ganivet y un par de libros sobre él. En uno de ellos, se habla de su fatalismo como origen remoto del suicidio, pero también de que poco antes le habían diagnosticado una parálisis progresiva y de que ese mismo día llegaba a Riga la mujer con quien había tenido dos hijos, una niña que había muerto con dos meses y Tristán, que acompañaba a su madre. Pero Ángel Ganivet no los esperó, se fue antes de verlos. ¿Por qué? Solo él lo supo.

20/11/20

Rescates


Monumento a la Memoria. Cementerio de Granada

      Ya dije en una ocasión que hay veces en que no tengo una opinión formada o, si la tengo, dudo sobre ella. Y este es uno de esos casos. Me explico. 

      Estamos con la hostelería y las tiendas cerradas, por lo que hosteleros y comerciantes protestan enérgicamente y piden subvenciones, “rescates” de sus negocios. Y las Administraciones están propicias a dárselos (otra cosa es que lo hagan), pues saben que, si esos negocios cierran, el personal quedará sin trabajo y habrá que pagar la prestación por desempleo. Pero yo me pregunto: ¿No sería mejor ayudar al trabajador en lugar de al empresario? ¿No es dar por sentado que, si un “emprendedor” monta un negocio, los tiempos buenos serán para él y los malos para las Administraciones? Pregunto, no afirmo. 

      Desde que empezó la pandemia, he pensado varias veces en la cantidad de sanitarios que, en este momento, se estarán arrepintiendo de haber elegido esa profesión, pues no es lo mismo pasar toda su vida laboral con unos horarios, vacaciones, descansos y un trabajo más o menos rutinario, que lo que están viviendo ahora. Lo mismo que un militar puede pasar 30 años en un cuartel o un despacho, pero si llega una guerra las cosas son muy distintas. 

      Quiero decir con esto que la mayoría de las profesiones conllevan un riesgo, que puede presentarse o no, pero que quien las elige tiene que asumirlo. ¿Quién le iba a decir a mi padre, un delineante de Obras Públicas, que se iba a ver dibujando planos con dos guardias civiles armados en la puerta de su despacho, sin saber bien si para defenderlo o vigilarlo? Es posible que sí lo pensara, pues mi padre era pesimista y la guerra in-civil se barruntaba ya cuando se presentó a las oposiciones. No imaginaría la situación concreta, pero sí que algo de eso podría ocurrir y, más aun, cuando vio asesinar al ingeniero Juan Santa Cruz a causa precisamente de unos planos del abastecimiento de aguas de Granada, que consideraron planos para las tropas enemigas que sitiaban la ciudad. 

      Concretando y volviendo al momento presente. No estoy segura de que sea bueno para los emprendedores tener el precedente de que su empresa estará respaldada por Gobierno, Comunidad o Ayuntamiento cuando las cosas se pongan feas. O sea, que emprenderán con un seguro a todo riesgo. Pero como no estoy segura, admito –y ruego- sugerencias y opiniones a favor o en contra.


8/11/20

Diálogo




      -Cada día estoy más convencida de que alguien mueve los hilos.

      -¿Que soy yo, entonces? ¿Una marioneta?

     -No. Alguien mueve los hilos de las cosas que ocurren para que tú las veas, reflexiones sobre ellas y actúes en consecuencia. Libremente.

 

31/10/20

Carta al Director

 


      En la sección de Cartas al Director del periódico IDEAL, se publicó hace ya unos días la de un señor que no conocía, pero que, al meterlo en el buscador, he visto que es autor de algunas publicaciones. La carta se titula El mundo desolado y la firma Manuel Fernández Olvera. Dice así:


      La mayoría de nuestros padres (de los que son de mi edad), nacieron poco antes o durante la Gran Guerra, la que ocasionó varias docenas de millones de muertos en solo cinco años.

      Cuando la mayoría de ellos sólo tenían la edad del botellón, fueron reclutados por los charlatanes demagógicos de ideologías extremas –y otros muchos a punta de pistola- para integrarse en uno de los bandos de un ejército cainita, para matar a personas de su mismo país, de su misma región, de su misma ciudad y de su mismo pueblo. 
     Las madrugadas eran más sigilosas que las bullangueras macrofiestas: se trasladaban a paisanos, a vecinos, amigos e incluso a familiares, para darles el paseíllo, delante de las tapias de los cementerios o en el fondo de las cunetas de las retorcidas carreteras. 

      Vueltos a casa, se les exigía –a punta de consejo de guerra- obediencia ciega, silencio, sumisión y hambre patriótica. Y la felicidad podía consistir en comer una vez al día un boniato cocido y descansar unos segundos del piojo verde.

      La gente se resignaba a que sus hijos muriesen a miles por la tosferina, el sarampión, la tuberculosis y hasta por un resfriado común. 

      Penando nuestra posguerra, Europa repite guerra mundial y vuelven a morir otra vez docenas de millones de personas, que perecen en seis años. Ni una queja. Y, como guinda del desastre, seis millones de judíos son gaseados, sin que ni un solo alemán supiese lo que su dios, y su pandilla de genocidas, estaba haciendo. Y el resto de Europa estaba mudo y ciego.

      En los años dorados del franquismo, el pueblo interior sigue con sus penurias y padecimientos, y miles de personas emigran, con sus albarcas, sus boinas y sus maletas de cartón, a Alemania y otros países europeos, en busca de sobrevivir, dejando a la familia abandonada a la suerte de que sus esposas fregasen suelos y sirvieran para lo que fuese, mientras que sus hijos iban por todas partes buscando un trabajo de aprendiz, sin sueldo, tras abandonar la escuela cuando aun no tenían ni pelusilla en el labio superior de sus hambrientas bocas.

      Y ahora, con esta desgracia de epidemia del puto corona, se nos pide que contengamos la irresponsabilidad y llevemos una mascarilla… y nos sentimos la generación más desgraciada de toda nuestra historia.

      Se nos pide -no que vayamos al fin del mundo a malvivir y morir- que nos quedemos unos días en casa (con Internet, con tele, con frigorífico, con calefacción, con agua, con luz y con la despensa llena de toda clase de productos gourmet)… y nos deprimimos, nos sentimos muy desgraciados.

      Solo nos piden que llevemos mascarilla, que respetemos unas simples normas socio-sanitarias, nos piden que nos queramos más, que nos respetemos un poco más, que seamos un pelín más solidarios… y nos sentimos desgraciados. No ha sido suficiente verle las orejas al lobo. Nos sentimos desgraciados. ¿Qué pasará en nuestro estado de ánimo cuando no sean las orejas, sino cuando sean las fauces de la bestia las que atenacen nuestras gargantas?

       ¡Nos sentiremos más desgraciados!

      Será porque, en el fondo, es eso lo que somos.            


21/10/20

Las Cuidadoras




      Son morenas, de poca estatura y con un envidiable pelo negro y fuerte. Las vemos por la calle, empujando las sillas de ruedas de nuestros viejos, de las personas de mi edad que necesitan ayuda. Las vemos en los parques, ellas en un banco, la persona que cuidan al lado. Las vemos en las tiendas, haciendo la compra de la casa donde trabajan, comprando artículos que no podrían pagar con su dinero, pero también en tiendas que ya venden los productos que llegan de su país y que ellas tienen costumbre de comer. Proceden de lo que antes llamábamos Hispanoamérica y nuestra lengua, en sus labios, tiene una riqueza que ya quisiéramos los que hemos nacido aquí. 

      Algunas vinieron solas o con amigas, otras dejaron atrás marido e hijos, que las más veteranas quizá han conseguido reagrupar. Algunas desean quedarse, pero otras solo buscan la forma de comprar una casa en su tierra o poner un pequeño negocio. Y todas, todas, ahorran hasta el último céntimo, porque envían a su familia de lo poco que ganan. Viven donde pueden, muchas veces hacinadas varias familias en una vivienda y, las que han venido solas, prefieren trabajar internas para ahorrarse el piso o la habitación donde vivir, pero a cambio de eso, muchas veces las explotan estando disponibles las 24 horas. 

      Son Las Cuidadoras, cariñosas con los viejos, aguantando lo que les echen con tal de conservar el trabajo. Y nosotros les pagamos metiéndolas en el bucle de la Ley de Extranjería: Sin permiso de trabajo, no hay trabajo legal; sin trabajo legal, no hay permiso de trabajo. En nuestro país hay personas que abominan de la inmigración, pero ¿qué sería de nuestros viejos sin ellas?