Siempre me ha llamado la atención algo que es frecuente en nuestras iglesias. Si en una parroquia o templo hay alguien que haya nacido o vivido de Despeñaperros hacia arriba, a esa persona se le encarga que haga las lecturas de las celebraciones litúrgicas. Da igual que lea mal, que tenga mala voz o que su pronunciación de ciertas palabras ponga en evidencia que no conoce la Biblia, pero tiene lo que hay que tener a juicio de todos: habla “fino”. O sea, pronuncia las eses finales, no se “come” letras, no transforma la ce en ese o zeta…. Da igual también que la mayoría de los asistentes y el sacerdote que preside la ceremonia sean andaluces, pues en el altar, delante del atril, habrá una persona que “habla bien” y eso, al parecer, da empaque a la celebración.
Y es que los andaluces, quizá influenciados por todos los que nos critican, siempre hemos tenido el complejo de hablar mal, lo que lleva a muchas personas a fingir una pronunciación que no es la suya, creando un mal castellano con las eses repartidas a destiempo como el que le echa de comer a las gallinas. Tenemos una lengua que ha dado al mundo dos premios Nobel de Poesía y multitud de grandes poetas, escritores y pensadores. Es más, la primera Gramática del Castellano la escribió un andaluz allá por 1492. ¿Por qué este complejo entonces? ¿Por qué no ir con la frente bien alta diciendo: Soy andalú, ¿pasha algo?
Y es que los andaluces, quizá influenciados por todos los que nos critican, siempre hemos tenido el complejo de hablar mal, lo que lleva a muchas personas a fingir una pronunciación que no es la suya, creando un mal castellano con las eses repartidas a destiempo como el que le echa de comer a las gallinas. Tenemos una lengua que ha dado al mundo dos premios Nobel de Poesía y multitud de grandes poetas, escritores y pensadores. Es más, la primera Gramática del Castellano la escribió un andaluz allá por 1492. ¿Por qué este complejo entonces? ¿Por qué no ir con la frente bien alta diciendo: Soy andalú, ¿pasha algo?






