6/8/18

Por la mar chica del puerto







      Metidos ya en agosto, toca traer aquí música para ayudar a sobrellevar lo que llaman "rigores del estío". Y este año empezamos con Mayte Martín, una cantante/cantaora que ya hemos visto y oído otras veces. Y con un disco en el que pone música a los poemas del malagueño Manuel Alcántara, al que leo todas las mañanas en IDEAL desde tiempo inmemorial.
      El disco tiene por título un ingenioso juego de palabras – ALCANTARAMANUEL- y de él vamos a oír esta canción, que es una de mis preferidas de las doce que contiene. A continuación, copio el poema, pues creo que vale la pena leerlo despacio, pero como en la web de la Fundación Manuel Alcántara prohíben tajantemente que se copien y se reproduzcan sus poemas, yo respeto esa decisión y lo que he copiado es la letra del disco de Mayte Martín, que tiene levísimas diferencias con el original, como podéis comprobar aquí



       Por la mar chica del puerto
       andan buscando los buzos
       la llave de mis recuerdos.

       Se le ha borrado a la arena
       la huella del pie descalzo
       pero le queda la pena
       y eso no puede borrarlo.

       Por la mar chica del puerto
       el agua que era antes clara
       se está cansando de serlo.

       A la sombra de una barca
       me quiero tumbar un día;
       echarme todo a la espalda
       y soñar con la alegría.

       Por la mar chica del puerto
       el agua se pone triste
       con mi naufragio por dentro.

28/7/18

Brutal




      Cuando, hace unos días, me tropezaba con este vídeo al entrar o salir del correo, ya de entrada me molestó el título.

      En el vídeo –que debe estar todavía en algún rincón de Yahoo, pero no me he molestado en buscarlo- se ve la reacción de esa chica cuando el hombre que se acerca por la derecha, le toca el trasero al pasar a su altura y sigue andando. La chica se revuelve, corre trás él, lo alcanza, y se lía a golpes contra su espalda. Y esta reacción la califica Yahoo como “brutal”. Supongo que será la traducción de la palabra original que estará en inglés, pero ¿no han encontrado otra? En el texto habla de “sorprendente”, pero es que habría muchas más. Enérgica, indignada, incluso se podría admitir (con matices) exagerada, pero ¿brutal?. Brutal viene de bruto. ¿Es bruta la camarera? ¿Es una brutalidad aporrear la espalda de un hombre mucho más corpulento que ella?

      Me parece que estamos siempre en el mismo sitio.   
  

18/7/18

Querido WhatsApp






       WhatsApp es un medio de comunicación instantánea muy efectivo y útil, que todos usamos y que nos resuelve muchas situaciones que nos serían más complicadas por otros medios.  Hasta ahí estoy de acuerdo. Sin embargo, creo que tiene un defecto importante. Me explico.

      Cuando llamamos a un teléfono, sea fijo o móvil, si el abonado está manteniendo una conversación con otra persona, el teléfono nos da ocupado o comunicando y solo si el abonado tiene activada la llamada en espera, esta no se interrumpe. En los demás casos, quien llama tiene que esperar a que termine de hablar la persona con la que quiere comunicar.

      Pero en el WhatsApp no. Ahí lo que vemos es que esa persona está “en línea” y, si no somos prudentes, podemos irrumpir en la conversación que está manteniendo, poniéndola en la disyuntiva de ignorarnos o intentar mantener la conversación a dos bandas, con lo que una de las dos personas con las que intenta hablar sufre las esperas de su conversación con la otra. O las dos. Porque no olvidemos que el WhatsApp es una conversación por escrito. O con mensajes de voz. Pero una conversación en la que dos personas se comunican igual que si estuvieran frente a frente. Y lo correcto es que, si dos personas están hablando, no intervenga una tercera interrumpiendo su diálogo. Y aquí está el problema de Whatsapp, que permite esa interrupción y, como no siempre somos prudentes, se pueden producir situaciones muy incómodas y dar lugar a conflictos entre los usuarios. No menciono el sistema de los grupos porque ahí los que forman el grupo aceptan voluntariamente esas interrupciones, pero no siendo ese caso, Whatsapp debería habilitar un sistema similar a los teléfonos y no permitir la comunicación con el usuario que está manteniendo una conversación hasta que esta termine.

8/7/18

Quizá siempre fue así



      Quizá siempre fue así y no nos dimos cuenta. Los jóvenes nos íbamos, los viejos se quedaban. Y nosotros, los jóvenes, no sabíamos de su soledad, de su tristeza, del vacío de sus horas, de sus miradas a un reloj que no terminaba de marcar la hora de la cena y, luego, la hora de acostarse. 

      Estábamos en nuestra vida y ellos en la suya.


3/7/18

La losa



Foto de EFE en El Español

      Por mi edad, es evidente que viví la dictadura franquista desde el principio hasta el fin. De niña, con mi inocencia, de muy joven tampoco muy consciente, pero con la madurez se puede decir que llegó la “conversión”, abrí los ojos a lo que estábamos viviendo y tomé partido. Viví entonces la falta de libertad, el dolor de las detenciones, de los apaleos de los grises, incluso de los muertos cercanos en las manifestaciones. Viví la injusticia, la rabia, el miedo… Pero nunca dejé que anidara en mí el odio, sabiendo que es un sentimiento destructivo que no nos lleva a ninguna parte. Gracias a ello, cuando murió el dictador no brindé ni lancé cohetes, pero el día del entierro me senté ante el televisor para comprobar con mis propios ojos como le daban sepultura. Y lo vi. Vi como arrastraban una enorme losa de tonelada y media, la vi correr poco a poco sobre el agujero por el que había desaparecido el ataúd, hasta que lo cubrió del todo sin dejar un resquicio, sepultando 40 años nefastos. La sensación que experimenté entonces fue indescriptible y ni aún ahora, tantos años después, puedo describirla. Pero lo que sí se es que no me gustaría nada ver levantar esa losa. Me da miedo, lo confieso. Vayamos a historias…

26/6/18

En tirantes





      ¿Qué veis en esa foto tomada en las pruebas de Selectividad? Yo veo que varias de las chicas van muy veraniegas como corresponde a la época. Y lo primero que he pensado al verla, es en un catedrático de Farmacia de cuyo nombre me acuerdo, pero no menciono por respeto a su familia. Este señor (por llamarlo de alguna manera) formaba parte todos los años del tribunal de aquella terrorífica reválida que culminaba los siete cursos de Bachillerato y, en el examen oral, se dedicaba a piropear a las chicas de tal forma que les era difícil pasar esa prueba de lo nerviosas que se ponían. Y, claro, a la hora de enfrentarse a la Reválida, el mayor temor que sentíamos no era al examen en sí, sino al catedrático, y nos preparábamos desde años antes para hacerle frente y que sus comentarios jocosos sobre nuestro físico o indumentaria no afectaran a la exposición de nuestros conocimientos.  O sea, a pasar de él, hablando claro. Curiosamente, no se contaba nada de que hiciera lo mismo con sus alumnas en Farmacia, quizá porque, ya más mayores y seguras de sí mismas, podían contestarle lo que se merecía.

      Afortunadamente, en el siguiente plan de estudios esta reválida desapareció y aquel tipo no pudo ya ejercer su machismo año tras año. Hace ya un tiempo, una visitante de este blog, me “acusó” de feminismo y yo le contesté que tenía el que se derivaba de lo que había vivido. Y este es un ejemplo claro de lo que digo.


18/6/18

Esto





      Cuando me despierto por la mañana, me digo:

      -Tengo que hacer esto, esto y esto.

      Algunas veces llego a esto y esto, pero casi siempre me quedo en esto.

      Frustrante.

  

7/6/18

Antonia





      Antonia (nombre ficticio) enviudó a los 70 años, pero le quedó una pensión decente de su marido, que le permitía vivir sin problemas económicos en el piso de su propiedad. Un solo hijo, Agustín (nombre también ficticio) casado y con una niña, que vivía de alquiler porque nunca le apeteció comprar, sabiendo que con los años el piso de sus padres sería suyo. El piso alquilado era céntrico, caro, pero lo pagaban con el sueldo de su mujer y con el suyo bastaba para mantenerlos a los tres con holgura. Pero llega la crisis, la mujer pierde su empleo y el sueldo de él no alcanza para pagar el alquiler y mantener el nivel de vida al que están acostumbrados. ¿Solución? Irse a vivir a casa de su madre. A Antonia esto no le hace mucha gracia, pero es su hijo y no va a dejar que pase apuros y no tenga donde vivir, así que se mudan todos… y empiezan los problemas. Diferencias de horarios en las comidas y sueño, pérdida de libertad por ambas partes, mal entendimiento entre suegra y nuera (cosa que ocurre hasta en las mejores familias) Y entonces Agustín (Tinín para su madre) empieza a convencerla de que estaría mejor atendida en una residencia, que ellos pasan mucho tiempo en la calle, que algunos fines de semana se van y se queda sola, que pasan los años y llegan los achaques... A Antonia esto le gusta todavía menos, se resiste a salir de su casa, pero termina por ceder y marcha a la residencia resignada. Al principio lo pasa muy mal, echa de menos su casa, sus vecinos y su barrio, pero con el tiempo se va acomodando, hace amistades en la residencia, las cuidadoras son agradables y cariñosas, y llega un momento en que se siente a gusto.

      La crisis aumenta, a Agustín le reducen las horas y el sueldo, su mujer sigue sin trabajo y el dinero no alcanza. Alumbran una idea luminosa: la pensión de la abuela. Si vuelve a vivir con ellos, esa pensión ayudaría, ya que la abuela tiene pocos gastos. Y aquí tenemos a Antonia volviendo a su casa cuando ya se ha acomodado a la residencia. Sin ganas, sabiendo que empezarán de nuevo los problemas y sintiéndose en casa ajena, pues aquel piso ya está distinto, ya no es el que ella dejó. Sus muebles no están, ni sus cosas, ni sus recuerdos. No es su casa.
  
      Ha pasado el tiempo, al parecer la crisis está disminuyendo, Agustín ha recobrado el horario y el sueldo, su mujer está en vías de tener trabajo. Ya no hace tanta falta la pensión de la abuela. O sea, que Antonia se ve de nuevo camino de la residencia, pero no de aquella en la que estaba tan bien, ya que su querido Tinín no ha perdido el tiempo en estos años y la tiene en lista de espera para una de la Seguridad Social, “donde te atenderán mejor de tus achaques, que ya es mucha edad la que tienes y esto irá de mal en peor”.

      Antonia, nombre ficticio, mujer real.
     

28/5/18

La casita de papes





      Hoy, hablándole a un amigo joven de los juegos de mi infancia, inevitablemente he tenido que hacer mención a que en todos ellos se reflejaba la escasez y las penurias de la posguerra, en la que no solo no había dinero para comprar juguetes, sino que tampoco había juguetes y teníamos que inventarlos. Juguetes y juegos, como aquel tan inocente –y tan barato- de La casita de papes. Así, tal como lo escribo y sin que llegara nunca a saber que significaba esa palabra. Podría haber sido “papel”, ya que en eso estaba fundado el juego, pero no, era papes, papeh en granaíno.

      ¿En qué consistía aquello? En algo que sería muy fácil ahora, pero muy difícil entonces.

       Primeramente, tenías que contar con un libro grande, de cubiertas rígidas y páginas gruesas, nada de papel fino. El mío era privilegiado, ya que había conseguido un álbum de no recuerdo que coleccionable, pero vacío de cromos. Ideal para el juego, que consistía en crear con sus páginas una casa con todas las habitaciones que te permitiera según sus hojas y en ellas meter dibujos o fotografías recortadas de cosas que pudieran estar en esas “habitaciones”.  No se si queda claro. Si la primera habitación era la entrada o recibidor, había que conseguir unos muebles propios de ese sitio: un perchero, un paragüero, unas macetas de interior, unos cuadros… Cualquier cosa que encajara allí, hasta un gato se podía meter imaginando que estaba esperando la vuelta de su dueña. Y así con todo, dependiendo de las páginas que tuvieras. Mi “casita de papes” que, como he dicho, era excepcional, contaba hasta con roperos, patio, dormitorio del servicio, cuarto de trastos... ¿Os hacéis una idea? He olvidado decir que el libro había que ponerlo de lado para que los recortes se mantuvieran en el sitio donde los dejabas, colocaditos, formando el amueblamiento y la decoración de la casa.

      Bueno, pues el juego, la dificultad del asunto, consistía en que en aquella época era dificilísimo encontrar algo que recortar. ¿A que os resulta raro? Pero pensad que las revistas eran escasas -e intocables para nosotras- y los periódicos mal impresos y con pocas fotografías siempre en blanco y negro, muy poco apropiadas para formar una habitación que quedara aparente. Pensad también en que, si queríamos meter algo en la cocina o la despensa, lo más codiciado era la etiqueta de una lata, fuera de melocotón en almíbar o de mermelada, pero ¿quién la tenía? ¿Y cuando? Muy pocas veces, por lo que en la familia donde había varias niñas con sus respectivas “casitas”, la mayor recibía el recorte y la más pequeña crecía mientras le llegaba el turno de recibir la etiqueta con un precioso dibujo en colores de dos melocotones superpuestos. Mayores que la silla de la cocina, pero eso no importaba, bastante trabajo había costado encontrarlos como para reparar en esos detalles.

      Tengo que añadir que la casita se completaba con sus habitantes, una familia en la que abundaban las mujeres, ya que las muñecas de papel recortables eran casi siempre eso, muñecas, niñas con sus vestidos, que se guardaban en las páginas-roperos. Un mundo femenino en aquellas “Casitas de papes” de mi infancia.
    

17/5/18

Analizando






      Desde hace algún tiempo, Google Analytics me viene enviando unos largos correos, en inglés o en español, avisándome de no se que asunto relacionado con mis datos y con el 25 de mayo, pero como se da la circunstancia de que yo no he entrado ahí desde hace años, no le he hecho ni caso y ni siquiera he leído despacio lo que me dice. 

      Y es que el servicio que nos da Google Analytics podrá ser interesante para las empresas, para quien tiene publicidad en el blog o para muchas personas que buscan con su blog algo que yo no busco. A mí no me importa nada las visitas que tiene ni de donde son, me trae sin cuidado si tropecientas personas entran en mi blog sin que yo me de cuenta. Mi blog es mi casa y si alguien entra, mira los cuadros y se va sin decir nada… casi que me molesta. Así que prefiero no enterarme. Mi blog no es una web informativa, donde se pueden encontrar las últimas noticias, el horario de autobuses o la apertura de los museos. No. El Macasar es lo que se llamaba antes un blog personal, una bitácora, un diario de a bordo, donde está lo que pienso, lo que siento y lo que me pasa. Y lo que se, las cosas que he ido aprendiendo a lo largo de una vida ya larga, o que llegan a mi conocimiento ahora y me llaman la atención. Con todo esto, yo mantengo un sitio, una casa, con la puerta abierta para que entre quien quiera compartirlo conmigo. Pero que entre y salude. Y se siente un rato, y hable conmigo y con las demás personas que hayan entrado. Y en esto, Google Analytics no tiene nada que ver, nada que ofrecerme. 

      Añado de paso que, cansada de los avisos, he intentado entrar para cancelar la cuenta… y no me ha dejado. Usuario y contraseña correctos, pero no los reconoce. Pues muy bien. Ahí te quedas Google Analytics. Que te vaya bonito el 25 de mayo. Sea lo que sea ese día. Pase lo que pase. 

7/5/18

Rendir cuentas


Sala de exposiciones del Cuarto Real de Santo Domingo

      Hay personas que se quejan de que tienen que rendir cuentas a su entorno familiar –marido, mujer, padres, hijos-,  que tienen que contar lo que hacen, a donde van, a que dedican su tiempo libre. Piensan que eso va en menoscabo de su libertad y muchas veces se resisten a hacerlo.

      Sin embargo, yo les puedo decir que lo contrario es peor, que es peor pasar todo el día haciendo cosas, yendo a sitios, viendo algo que te gusta o te desagrada… y no poder comentarlo con nadie. Supongo que tiene algo que ver con lo que alguien llamó “la emoción de compartir”, pero también puede ser simplemente aquello que decía Luis Miguel Dominguín de que lo mejor de hacer el amor con Ava Gardner era contárselo a los amigos. O algo así.

28/4/18

Lorca, Ian Gibson y yo




      Llevamos ya más de una semana de Feria del Libro y esta noche, en el Parque García Lorca, delante de la casa del poeta, se ha celebrado un acto titulado: “Lorca, muerte de un poeta”. Episodio final y mesa redonda con Ian Gibson, Nickolas Grace y Alberto Conejero. Por si alguien no lo recuerda, se trata de la serie dirigida por Juan Antonio Barden y estrenada por TVE en 1987, y cuyo protagonista fue el mencionado Nickolas Grace, que estaba hoy presente. El acto prometía, me venía cerca y, sobre todo, me hacía ilusión fotografiar a Gibson delante de la casa de Lorca, delante de esa puerta que he fotografiado tantas veces. También, si había ocasión, podría decirle que leí su primer libro sobre el asesinato de García Lorca cuando la censura de Franco lo tenía prohibido, cuando, publicado por Ruedo Ibérico en Francia, nos lo trajo J.A. y nos lo pasamos de mano en mano, forrado para que no se viera la portada.

       Así que, con bastante anticipación y aunque la tarde estaba un poco revuelta y se levantaba viento frío, me voy al parque con mi cámara. Pero cuando llego me encuentro a Ian Gibson tal como lo podéis ver en la foto: dedicando libros y rodeado de jóvenes que se hacen selfies con él uno detrás de otro. Gibson que se sienta a escribir, Gibson que se levanta para hacerse la foto… y se sienta de nuevo. Y yo, que no encuentro el momento de cumplir mi plan porque, quizá por primera vez en un acto de estos, me siento fuera de lugar, fuera de tiempo, fuera de todo. No encajo allí. Una mujer de mi edad allí sola, anocheciendo en el parque, con su cámara en la mano, solo con estar dando vueltas entre la gente ya llama la atención. Noto que me miran con curiosidad, dudando quizá de que esté en mis cabales, y me siento en una silla a esperar que Gibson cambie de lugar y su corte de jóvenes se disperse. Pero no, pasa el tiempo, llega la hora de comienzo del acto, avanza hacia la mesa presidencial, yo hago con el móvil la última foto del recinto lleno de público… y me vengo a mi casa. Me ducho y me pongo a cenar en pijama y bata. Lo que me corresponde, lo que es propio de una anciana a las diez y media de la noche. De una fría noche de primavera, en la que no muy lejos, en el parque que he convertido en el jardín de mi casa, se habla de un poeta que terminó sus días cuando yo iniciaba los míos.