Le debemos la imagen a Gemini
Blog de Senior Citizen
Le debemos la imagen a Gemini
Esta mañana, estaba viendo ese vídeo de la página de la SER cuando me llegaron unos mensajes de WhatsApp y salí del vídeo para atenderlos, dejándolo para más tarde, pero resulta que, cuando luego volví, me encontré con lo que veis más arriba. El vídeo estaba ahí, pero al intentar abrirlo se había ido. Mejor dicho, lo habían suprimido. En teoría, el usuario, pero ¿voluntariamente?
Los que vivimos la dictadura, vimos muchas cosas así, vimos periódicos con el hueco de un artículo retirado, revistas con páginas en blanco por no haber superado la censura, supimos de publicaciones prohibidas totalmente y que tuvieron que desaparecer, pero ahora se supone que estamos en democracia, que no hay censura... y mirad lo que pasa.
No conozco a ese periodista de la SER, no lo he visto nunca. Solo sé que me estaba gustando lo que decía y que estaba muy nervioso, como con prisas, como si supiera que aquello que grababa no iba a durar mucho.
Tristes días los que estamos viviendo. Tristes, tristes...
Responsable del dibujo: La IA
Cómo si no hubiera bastante con lo de Ceuta, este fin de semana me ha ocurrido algo que pone en evidencia el egoísmo que corroe a esta sociedad en la que nos ha tocado vivir.
Ayer domingo se estropeó la cerradura de la puerta de entrada de mi bloque y alguien la dejó abierta, sujeta con un macetero, y colocó un letrero rogando que no se cerrara.
Esto provocó un debate en el grupo de WhatsApp comunitario, en el que llegaron a la conclusión de que había que dejar la puerta cerrada hasta el día siguiente y quitar el letrero, a lo que me opuse rotundamente porque me parecía despiadado que un vecino volviera a su casa de noche y no pudiera entrar. Bueno, pues toda la tarde de discusión y no hubo forma de convencerlos de que no podíamos hacer eso. Y lo mas curioso fue que, precisamente, los que tienen puertas super blindadas y alarmas por doquier, fueron los más opuestos a que nos arriesgáramos un poco para no dejar en la calle a algún vecino. Dándose el caso, para más inri, que todos esos vecinos están en su lugar de vacaciones, no en la casa.
Porco mondo, sí.
Hace calor, mucho, y va a hacer más. Dicen que viene otra ola de calor, pero yo creo que es la misma, que no se ha ido desde hace ¿cuanto? He perdido la cuenta.
Hace calor y los viejos lo soportamos mal, nos deshidratamos, el corazón protesta... Paren el mundo, que me apeo.
Pero hay algo peor que el calor y que los problemas de los viejos: los incendios. El país se está quemando sin remedio, nos estamos quedando sin los pulmones que nos daban un poco de oxígeno para vivir. Y este bombero forestal nos habla de eso. Vale la pena leerlo y oírlo.
Imagen regalada por Gemini
Ha llegado el verano, con sus olas de calor correspondientes al cambio climático que estamos sufriendo desde hace años. Ha llegado el verano y los bloques de viviendas se quedan vacíos porque el que más y el que menos tiene donde irse, tiene segunda vivienda o casa en el pueblo. Y si están jubilados o la segunda vivienda permite ir y venir, en cuanto empiezan las calores, salen de estampida. Se vacían también los pisos de estudiantes cuando acaba el curso y esos otros que no sabemos muy bien quién los ocupa.
Quedan entonces los viejos y viejas que viven solos, los que tienen cuidadora y los que aún no la necesitan. Y a estos últimos voy a referirme.
Suelen tener una señora que llega un día por semana a limpiar, a algunos les dejan comidas hechas, otros se cocinan ellos, comen en un bar o compran de los muchos establecimientos de comida para llevar. Y así van tirando mientras el cuerpo aguante. Pero están solos, muchas horas solos, todas las noches solos, y ya hemos sabido de tantos casos en que una persona mayor muere sola, porque nadie se enteró de que enfermó o se cayó. Mueren en su cama, en el cuarto de baño, en mitad de un pasillo, en la cocina o en una terraza. A veces, los vecinos se enteran pronto, otras veces cuando vuelven de vacaciones y notan mal olor.
¿Por qué ocurre esto en un país civilizado, con Servicios Sociales, con sistemas de alarma múltiples? ¿Con el celebrado “Botón Rojo” de la Teleasistencia?
Pues miren ustedes, ocurre porque en algunas comunidades como la nuestra, el “botón rojo” exige que el viejo/a que lo tiene colgado de su cuello, tenga también dos personas dispuestas a que los llamen a media noche para abrir su puerta. Que tengan sus llaves y estén disponibles, que no se ausenten con frecuencia y que tampoco se vayan de vacaciones. Y eso no es fácil de conseguir. Se necesitan unos hijos muy concienciados, que se turnen para que siempre haya alguno cerca. Y no todos los viejos tienen esa suerte.
El remedio es muy simple, pero pocas comunidades lo tienen implantado: la custodia de llaves. Que el servicio de Teleasistencia tenga las llaves del usuario y pueda abrir la puerta a la asistencia médica cuando lo necesite o se sospeche que le ha ocurrido algo. Sin eso, la Teleasistencia no sirve más que para recordarle al viejo/a que hay un mundo más allá de su puerta, pero que en ese mundo ya está de más.
Ha temblado la tierra en Venezuela y, cada vez que hay un terremoto de este calibre, sobre todo si es en América del sur, yo revivo la mañana del 23 de diciembre de 1972, cuando un terremoto asoló Managua. Y recuerdo como se presentó en mi casa bien temprano un amigo venezolano acompañado de dos chicos nicaragüenses. El venezolano era Jorge Alvarado, estudiante claretiano en la Facultad de Teología, y los nicaragüenses creo que estudiantes también.
Llegaron a mi casa buscando un teléfono para organizar un punto de encuentro donde pudieran informarse los procedentes de ese país que se encontraban en Granada. Y allí estuvieron parte de la mañana, Jorge al teléfono llamando a un sitio y a otro, y los nicaragüenses conmigo en la mesa de camilla. Venían todos ateridos, con el mal cuerpo de una noche que acabó pronto y de mala manera, por lo que mi madre hizo café para que desayunaran. Mientras, yo los miraba pensando que, en ese momento, no sabían si tenían familia o se habían quedado solos, pues los dos me dijeron que sus casas estaban en la zona más destruida, donde la devastación era mayor.
Por fin, Jorge consiguió montar el punto de encuentro en la Casa de América y para allá se fueron los tres. Por la tarde, fui por si se podía ayudar en algo y vi que estaban recogiendo donativos y que se había desplazado hasta allí un equipo de extracción de sangre.
De esto hace 54 años, no sé nada de Jorge Alvarado, que volvió a su país poco después, no recuerdo siquiera el nombre de los nicaragüenses, pero hoy, viendo las imágenes de destrucción en Venezuela, he revivido una vez más aquella fría mañana de diciembre. Víspera de Navidad para más señas.
De nuevo menciono a Joselu que, en su entrada de hoy, comienza diciendo:
Pregunta: Por cierto, dígame algo que nadie haya dicho aún sobre la encíclica del Papa Leon XIV acerca de la Inteligencia Artificial.
Y respondo.
Sí, queda la mirada 'desde dentro", la mirada de un teólogo que la ha analizado a fondo, no una parte, sino completa, en su totalidad. La mirada de Juan José Tamayo.
Más aún. Añadiendo su visión también de esta visita del autor de la encíclica, una visita en la que no todo es tan bonito como parece.
La IA ha venido y, como la Primavera, muchos no sabemos cómo ha sido. Pero está ahí, se ha introducido en nuestras vidas y hay opiniones de todo tipo, desde quien la recibe con alborozo a quien, como el amigo Joselu, "nos mete la peste en un canuto" barruntando el caos, el desastre universal y la aniquilación del ser humano.
La realidad es que todos los principios aterran y desconciertan. La IA es algo nuevo y estamos empezando a enfrentarnos con ello, pero siempre ha sido así a lo largo de la Historia.
Con la llamada Revolución Industrial del s.XVIII, las previsiones eran apocalípticas: Las máquinas sustituirían a las personas y los trabajadores irían a la calle. Pero el hecho es que la economía se disparó, la situación del trabajador a partir de entonces mejoró sustancialmente y no podemos negar que, en general, la Humanidad ha avanzado y prosperado.
Pero es que con la llegada de los ordenadores, también los mensajes eran los mismos respecto al trabajo y el resultado que vemos es que ciertos trabajos desaparecen, pero nacen otros y el trabajador necesita otra formación, que sustituye a la que era necesaria antes. Ya no hay secretarias que se dejen los dedos entre las teclas de una máquina de escribir, pero tenemos trabajando a nativos digitales.
En otros órdenes de la vida, cuando empezó a construirse el Canal de Isabel II en Madrid, obispos y teólogos de la Iglesia Católica pusieron el grito en el cielo porque aquello iba contra la Creación, era alterar la Naturaleza que Dios había creado, era como contrariar los planes de Dios. ¿Alguien se imagina que pueda ocurrir esto ahora?
Sigamos con otros ejemplos.
Empezaron los tranvías y hubo innumerables atropellos y muertes, entre ellos Gaudí, porque la gente estaba acostumbrada a que los pocos vehículos que había esquivaran a los peatones, pero el tranvía no podía esquivarlos. Ahora los accidentes son escasos y las muertes casi nulas.
Cuando el mundo vio las primeras películas, se consideró acabado el teatro y los actores intentaron a la desesperada introducirse en el cine porque se jugaban el pan de sus hijos, pero desde entonces conviven teatro y cine y hay espectadores para ambos. Es más, con la televisión también se pensó lo mismo, se creyó que, si podíamos tener películas, teatro y espectáculos en nuestra casa, sobraban los locales. Y no fue así. Los cines se llenan, los teatros también y no digamos nada de los conciertos con miles de espectadores.
Recordemos también la hecatombe de cuando aparecieron el libro y el periódico digital, que se sabía cierto que era el fin de la impresión en papel. Y ¿que ha pasado? Nada. El papel sigue, los libros siguen y cada cual elige lo que le parece.
Y es que el HOMBRE ha demostrado desde la Prehistoria que es capaz de adaptarse a lo que el mismo hombre crea, así que confiemos en eso y abramos las puertas a lo que puede ser un avance de la Humanidad en muchos sentidos. Yo no voy a ver ese futuro, pero a los que estéis, os deseo que la IA mejore vuestras vidas y el mundo que habitéis.
Termina hoy el XXII Festival Internacional de Poesía de Granada y no quiero que eche el cierre sin celebrarlo como es debido: con un poema.
De Luis García Montero, Sonata
triste para la luna de Granada. En su voz.
El pasado otoño, fui con dos amigas a una misa en recuerdo de otra, que había muerto meses antes. Se celebró en la parroquia de un barrio muy distante y considerado el más marginal de esta ciudad, por lo que al salir, ya de noche, tratamos de llamar a un taxi para volver a nuestras casas. Era sábado, las ocho y media de la tarde, lloviendo y en un barrio donde muchos taxistas no quieren entrar, así que no había manera de que el taxi llegara. Refugiadas de la lluvia bajo la marquesina de un modesto local de bocadillos, vacío en ese momento, llamábamos a la centralita de los taxis y estaba ocupada o no contestaba. Entonces, asomó a la puerta del local una señora, aparentemente árabe o gitana, que al ver allí tres mujeres ancianas de pie y agarradas a su móvil, sacó diligente sendos sillones, para que, al menos, esperáramos sentadas. Y allí estuvimos hasta que conseguimos el taxi y nos despedimos agradecidas de aquella señora, que tan amable había sido.
Ayer fue el Día de la Cruz, pero el sábado ya estaban las cruces montadas y, al ir al supermercado, me acerqué a la instalada en lo que ahora llaman Centro de Participación Activa para Mayores, antes Centro Cívico y siempre Centro de la Tercera Edad. Di unas vueltas por el patio haciendo fotos, me sentí cansada y busqué donde sentarme un rato, antes de volver a mi casa. A unos pasos, dos señoras muy bien vestidas y enjoyadas, sentadas en sillones, y un tercer sillón vacío. Veo en él mi salvación, me dispongo a sentarme y se me atraviesa un tío grande como un armario y lo menos veinte años menor que yo, que extiende su brazo para cortarme el paso, musita un "perdón" desabrido... y se sienta en el sillón. Y allí me quedo, mirando a los tres estupefacta, y ellos mirándome a mí como pensando: "¿Que querrá esta?"
Y la pregunta del millón es: ¿Dónde imagináis que me gustaría vivir? ¿En donde vivo o en el barrio marginal del otoño pasado? Y a quienes preferiría de vecinos ¿a las tipas enjoyadas y el animal con polo de marca? ¿O a la señora de la bocadillería?
Estamos en primavera, casi verano por las temperaturas, y no he probado este año los espárragos, esos que, desde que tengo recuerdo, han estado en mi plato un par de veces por semana hasta que termina la temporada.
Curiosamente, ayer publicó Tot Barcelona una entrada sobre el tema de las hortalizas que compramos y donde las compramos, y nos muestra en fotos una envidiable carretilla con habas y alcachofas puestas a la venta en un camino rural.
Pero ocurre que yo tengo que conformarme con lo que me venden en el super más cercano y, últimamente, me agarro unos enfados mayúsculos por lo que nos están vendiendo. Pongo un ejemplo.
Tenemos en la provincia la zona de Huétor Tájar, que cultiva unos espárragos verde/morado de categoría IGP. Son espárragos cortos, delgados y con la cabeza morada, lo más parecido a los que crecían entre el trigo y acabaron con ellos los herbicidas. Esos espárragos se han vendido en fruterías y supermercados hasta hace dos o tres años, en que empezaron a escasear y a ser sustituidos por unos totalmente verdes, gruesos y tan largos como no se habían visto nunca. ¿De donde vienen? No se sabe. Te dicen que de Huétor Tájar, pero no es verdad, y te dicen también que traen de esos porque son "los más valorados". (A saber por quién...) Sin embargo, los buenos, los morados, los tienes en Bruselas y en mercados de Alemania a precio de oro, lo que me hace sospechar que los IGP se reservan para la exportación y aquí nos están vendiendo los de Marruecos o, lo que es peor, se está sembrando otra variedad que da más kilos por planta y, como el consumidor local parece ser que se inclina por "burro grande ande o no ande"... todos felices. Pero yo llevo dos años comprando muy pocos y este ni los he probado aún.
Cuando el gobierno acordó la "legalización" de casi medio millón de inmigrantes, muchos dijimos que ya era hora. Entre ellos, J.R. Alonso, uno de los tres columnistas de la última página de mi periódico. Él decía que el senegalés que sacaba a pasear a su vecino en silla de ruedas ya no sería un esclavo, sino un trabajador con todos sus derechos. Y sí, todos nos alegramos de eso profundamente, pero ¿que es lo que pasa? Pues que cuando el pensionista de la silla de ruedas dé de alta al senegalés en la Seguridad Social, se encontrará con que tendrá que pagar más a la SS que lo que le paga a él y, sumando lo uno y lo otro, la pensión no le alcanza. Con lo cual, el senegalés se quedará sin esos euros, que le daban para un bocadillo de atún y una coca cola a medio día, y el pensionista de la silla de ruedas pasará a ver la calle desde su ventana y a prescindir del rato de conversación con alguien que había terminado por ser amigo.
No sé si os pasado alguna vez. El miércoles recibí la noticia de que había muerto una persona muy querida, a la que conocí cuando tenía 14 o 15 años y ahora se ha ido con 64. No lloré entonces, no lloré ayer en su entierro, pero hoy, esta mañana, he roto a llorar de improviso oyendo a Silvia Pérez Cruz en este vídeo.
Perdonadme dos vídeos seguidos, pero a mi edad una es ya puro sentimiento.
Hoy es Domingo de Resurrección y lo que iría bien es oír aquí el Aleluya de Händel o, incluso, el de Leonard Cohen, pero resulta que no es eso lo que hay en el vídeo de abajo, sino una canción argentina que también habla de amor y esperanza. Y como ya la traje a este blog hace años en la voz de su autor, Víctor Heredia, podemos oírla ahora interpretada por una envejecida y enferma Mercedes Sosa poco antes de morir. La acompaña Lila Downs, en el álbum Cantora de 2009.
Un comentario de Sabius en la entrada anterior, me ha hecho recordar que, cuando en una ocasión mencioné en un grupo de personas que estaba suscrita al periódico impreso, una amiga poco menor que yo se sorprendió y dijo: ¿Recibes el periódico de papel? Eso ya no lo hace nadie. Y cuando yo iba a contestar, otra amiga se adelantó explicando que si es que yo tengo la suscripción en recuerdo de mi padre, que si es por costumbre, que si... O sea, que me disculpaba delante de la otra y del grupo, para que nadie pensara que soy una antigua, una retrógrada fuera de la vida actual.
Pues sí, señores y señoras, yo tengo el periódico de papel, me gusta ese periódico, le encuentro ventajas sobre los periódicos digitales. ¿Cuáles? Un montón. Por ejemplo, la publicidad. En el periódico impreso parece como si los ojos se acostumbraran a no ver los anuncios, quizá porque se quedan quietecitos en donde los han puesto, mientras en los periódicos digitales te persiguen, te asaltan, te tapan la lectura obligándote a cerrarlos una y otra vez. Si es que puedes, pues a veces ocurre que al hacer clic sobre el aspa de la esquina, lo que haces es abrir una página nueva de la que cuesta salir. Incluso en el mejor de los casos y en las publicaciones más serias, te los encuentras entre párrafo y párrafo, haciendo también la lectura muy incómoda.
Otro inconveniente es la desactualización, que las noticias de hoy están mezcladas con las de ayer o con las del año pasado obligándote a buscar la fecha, que muchas veces no está, y te encuentras leyendo lo que en el periódico impreso ya has llevado al contenedor de reciclado.
¿Algo más? Pues sí. Los periódicos de papel suelen tener las secciones más ordenadas, más fijas, de tal forma que nos resulta más fácil ir directos a lo que nos interesa, mientras en los digitales ese orden cambia con frecuencia (si no es todos los días) agotando nuestra paciencia cuando queremos buscar algo concreto.
Si a todo esto añadimos la dificultad de leerlos en el móvil, darle al dedo y pasarnos media docena de páginas de golpe o meternos sin querer en otro periódico, el resultado es un maremágnum muy distinto a la tranquilidad de acomodarnos en nuestro sillón preferido, coger un periódico que huele a papel y a tinta, empezar por la última página si eso nos apetece, ir a la primera cuando nos parece bien y, cuando estamos preparados, entrar en el centro, en las páginas de opinión, para reflexionar sobre las noticias que ya hemos ido conociendo por los distintos medios.
Así que, señoras y señores, esta que firma pagará mientras pueda la suscripción del periódico de su ciudad, que no es el mejor ni el más de su cuerda, pero es de papel impreso y está en su puerta cuando se levanta por la mañana.
Llamo a un laboratorio clínico para informarme de si el volante del médico es válido tal como está. Me contesta un chico joven que me dice que vaya y se lo enseñe. Yo le digo la edad que tengo y que para ir allí necesito un taxi, que si no hay otro modo de hacerlo. Y entonces, llega el edadismo de siempre.
Si tiene usted alguien que le haga una foto y nos la manda por correo electrónico...
Y yo, con el aguante que ya me da la experiencia:
Eso puedo hacerlo yo. Mi problema no es lo digital, sino el desplazamiento.
Y oigo en el teléfono las carcajadas nerviosas del chico, consciente de que ha metido la pata dando por hecho que una persona de mi edad no maneja la cámara del móvil ni sabe lo que es el correo electrónico.
Yo me río también ...por no llorar.
Nunca he seguido los premios Goya ni la gala de entrega con su parafernalia de alfombra roja y desfile de vestuario, pero como el año pasado se celebró aquí, inevitablemente me llegaron sus ecos y hasta vi los "cabezones" expuestos en las proximidades del Palacio de Congresos. Días después publiqué esto con una actuación de ese año y otra del anterior, por lo que en esta ocasión me he asomado también a los vídeos del acto a ver que se había cocido y me he encontrado con que el número principal, el más comentado y alabado, ha sido una copia, una mala copia, de este concierto del año 1995. Ver para creer.
Sería a finales de los 90 cuando nos encontramos tres vecinos esperando el ascensor, que no terminaba de bajar. Uno de ellos, llevaba un periódico acabado de comprar y empezó a hojearlo.
Vecino 1 -¡Vaya! Otra vez detenido el alcalde de Marbella.
Yo: Menudo sinvergüenza..
Vecino 2: Pero no puedes imaginarte como ha puesto Marbella.
Yo: Habrá puesto maceticas, pero sigue siendo un sinvergüenza y un asesino.
Vecino 1: ¿Asesino?
Yo: Como eres más joven, quizá no recuerdes lo de la Urbanización Los Ángeles de San Rafael.
Vecino 2: Eso fue culpa del constructor.
Yo: El constructor era él.
Vecino 2: Pues Marbella le ha dado tres veces la mayoría absoluta.
Ante eso, me callo, pues imagino que este vecino fue uno de sus votantes, ya que procedía de esa zona.
Llega el ascensor, la conversación termina y cada uno nos vamos a nuestra casa. Mientras me cambiaba de ropa, empecé a pensar en cómo ciertas mentalidades se contagian. Me explico.
Jesús Gil llevó a Marbella su mentalidad de que el dinero está por encima de todo, que todo vale mientras nos lleve al dinero, a las ganancias, al lujo y la buena vida. Allí, en la Costa del Sol, encontró un campo abonado por años de especulaciones y corrupciones, por lo que el contagio fue inmediato y el GIL, su partido personal, reinó absolutamente porque también la población se había contagiado. Una población que aceptó a la policía matona, que apaleaba inmigrantes y drogadictos en aras de una supuesta "seguridad", una población orgullosa de las grandes mansiones, de las calles adornadas y de la jet set que pululaba por ellas, una población que, como el vecino, disculpaba al artífice de la corrupción porque, en el fondo, deseaba ser parte de ella.
Muchos años han pasado desde aquello, pero ahora vemos como esa mentalidad se ha establecido hasta en el barrio más pobre de nuestras ciudades, el contagio ha llegado a las capas más bajas de la sociedad, que quizá la única forma que tienen de ser corruptos es trapichear con droga. Y lo hacen, porque "los de arriba" les han enseñado que no basta con tener un techo y comer todos los días, sino que puedes tener cantidad de techos y comer gourmet. Y que todo -honradez, decencia, legalidad- absolutamente todo, está supeditado a eso.
En los antiguos catecismos, a esta mentalidad se le llamaba moral laxa. Ahora no sé cómo llamarla.