Este verano, ordenando unos papeles, encontré un folio con la letra de la canción Alfonsina y el mar, de Ariel Ramírez y Félix Luna. Está escrita por mí, a mano, con la caligrafía apresurada de copiar avanzando y retrocediendo la cinta en el cassete, pero con el “oficio” de muchas horas de transcripciones de clases y conferencias. Por entonces, ya sabía que esa Alfonsina de la canción era Alfonsina Storni, la poeta que se suicidó en Mar del Plata, pero no teníamos entonces la facilidad de Internet y fue mucho tiempo después cuando pude leer el poema que dio origen a esta canción, el poema que Alfonsina escribe en la soledad de la habitación de un hotel y que envía por correo al periódico La Nación antes de encaminar sus pasos, en la oscuridad de la noche, hacia el mar donde sepulta el sinsentido de toda una vida. Una vida de tan solo 46 años, pero que le venía pesando desde su inicio.
Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme puestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.
Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera,
una constelación, la que te guste,
todas son buenas; bájala un poquito.
Déjame sola: oyes romper los brotes,
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases
para que olvides. Gracias... Ah, un encargo,
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido...
Puntos suspensivos.