
Consulta del oculista, 11,45 de la mañana. Entro en la sala de espera diciendo buenos días (por decir algo) y deben contestarme con un gesto porque no oigo nada a pesar de que la pequeña habitación está llena. Ocupo un sillón libre y observo a mis compañeros de espera, que todos están por parejas. Un señor con su mujer, dos señoras mayores seguramente hermanas por lo mucho que se parecen y dos chicas jóvenes, a una de las cuales han debido dilatarle las pupilas porque está con los ojos cerrados. Silencio absoluto. Un rato después levanto la voz con cierto miedo para preguntar como vamos de tiempo, si van muy retrasadas las citas, y una de las dos hermanas me contesta que sí, que ellas deberían haber entrado hace media hora y todavía están allí. El resto no dice ni palabra. La compañera de la chica de las pupilas dilatadas sale a buscarle un vaso de agua, que se lo bebe y sigue con los ojos cerrados, mientras la otra, cumplida su misión, se sumerge en el móvil. Sigue pasando el tiempo, las revistas que hay no me llaman la atención y, además, me he dejado las gafas, así que miro los ya muy vistos posters usamericanos de las paredes y apago el móvil aunque no hay ni remota posibilidad de que vaya a entrar ya en la consulta. Aparece el oculista que llama a las dos hermanas por su apellido y así me entero de que deben ser parientes de alguien que conozco, pero, claro, ya no puedo decírselo. Un poco después, la que aparece es la enfermera, que me conduce a ese instrumento diabólico del pulsador y las lucecitas que debes atrapar velozmente y, cuando vuelvo a la sala de espera, ha desaparecido el matrimonio y su lugar lo ocupan un padre y su hija que cuchichean en voz baja. Pasa el tiempo lentamente, les llega el turno a las dos chicas jóvenes y a mí otra enfermera distinta me acompaña a más instrumentos de tortura. Vuelvo a la sala de espera, en donde ya no queda más que la última pareja que llegó y, un poco después, por fin es mi nombre el que pronuncia el oculista y entro en su consulta hora y media después de la cita.
Y pienso entonces a donde habrán ido a parar aquellas animadas tertulias que se producían en las salas de espera de los médicos y que hacían más llevadero el plantón. Tertulias en las que te enterabas de la vida y milagros de todos los presentes… y algunos ausentes.