Hoy altero mi ritmo habitual de un post por semana, para atender la petición que me hicieron ayer de que publicara un poema de José G. Ladrón de Guevara. Es un poema, además, que por desgracia está en plena actualidad, porque tantos años después de cuando fue escrito, sigue habiendo guerras y sigue habiendo niños víctimas de ellas.
LOS NIÑOS DEL VIETNAM
“Una voz se oye en Ramá,
lamentación y gemido grande:
es Raquel, que llora a sus hijos
y rehúsa ser consolada porque no existen”…
(Palabras del Profeta Jeremías)
Los niños del Vietnam. Me da vergüenza.
Me parezco una especie de enemigo.
Me arrepiento de verme sano y salvo.
Me repugna la paz que me circunda.
Los niños del Vietnam. No los conozco.
No me encuentro los términos del alma.
No me salen las cuentas de mi vida.
No me atrevo a mirarme frente a frente.
Los niños del Vietnam. (Que no comprendo
como puedo cenar y entretenerme
y acostarme y dormir a pierna suelta,
mientras alguien los borra del paisaje)
Los niños del Vietnam. Yo no me altero.
Yo no cedo mi plato de alegría.
Yo no acudo a la cita de su llanto.
Yo no muevo ni un dedo por lo suyo.
Los niños del Vietnam. Dios nos perdone.
Que la Virgen se apiade de nosotros.
Santas Justa y Rufina, y San Gregorio,
nos defiendan de aquel que parecemos.
Los niños del Vietnam. Por cada niño
que no alcance su parte de futuro,
que no crezca de modo duradero,
que no llegue a la edad de enamorarse.
Por cada niño ardido. Derramado.
Perdido. Reventado. Corrompido.
Vaciado de su cuerpo a cañonazos.
Partido del amor por una espada.
Yo me caigo de culpa. Me avergüenzo.
Me derrumbo del pecho para adentro.
Porque vuelvo a vivir cuando sucede
lo que digo. Perdonen. Ya me callo.