Había sido discípulo del doctor Marañón y se le notaba. Tenía su misma formación humanista y su misma forma humana de tratar a los enfermos. Enseñó Historia de la Medicina en la Facultad de Granada, primero como profesor ayudante y luego como profesor adjunto, hasta que en 1971 cedió generosamente su puesto a su sucesor, al que contestaba así en una carta entrañable:
Te agradezco muy de corazón tu cariñosa carta de agradecimiento y felicitación, al dejar la adjuntía y nombrarme profesor honorario. De veras, me ha emocionado, y puedes tener la seguridad que la dureza de la renuncia (somos humanos y 14 años de Historia en condiciones bien precarias, pesan a la hora de dejarlo) se ha visto endulzada por ser tú la persona encargada de sucederme.
Porque José Guijarro -Pepe Guijarro para los amigos- era así: generoso, desprendido. En la sala de espera de su consulta siempre se veían personas que se adivinaba que no podrían pagarle… pero allí estaban, y no una vez sino muchas, siempre que lo necesitaban. Como endocrinólogo puso “tiposas” a las mujeres de media Granada, que llenaron su consulta durante muchos años, y también ejerció en un ambulatorio de la Seguridad Social, pero a él no le iban aquellas prisas de los cinco minutos por paciente y siempre estaba protestando, a pesar de lo cual se jubiló lo más tarde posible y siguió en su consulta privada, de la que no faltaba ni un día. Yo lo recuerdo operándose de una hernia en viernes para así poder estar el lunes –cojeando- con sus pacientes, a los que siempre recibía de pie y acompañaba a la puerta al terminar. También recuerdo ver la luz en su despacho muchas horas después de haber terminado la consulta, pues se quedaba a estudiar, leer y repensar los casos que estaba tratando.
Era un médico de los que no les importa que los consulten en el bar, en un velatorio o en mitad de la calle y siempre contestaba, unas veces en serio, otras con su sentido del humor de granaíno antiguo y un puntito de malafollá también muy nuestra.
-Pepe, ¿qué hago con este catarro?
-Eso se quita con barretas (dulce típico del Corpus, al principio de verano)
-Pepe, me pica la garganta y me rompo tosiendo. Me lo alivio con agua helada, ¿es un disparate?
-Pues no. El agua helada te anestesia la garganta y al “bicho” que te lo provoca le da igual el frío que el calor.
Y en la consulta me dijo más de una vez al quejarme de que me dolía la espalda:
-Te haría una radiografía de columna, pero ¿para qué te voy a meter radiaciones en el cuerpo si se lo que voy a ver? La tendrás llena de picos y con alguna hernia de disco que otra…
Ya en su vejez pasó por el dolor de que muriera su hija menor en plena juventud de una leucemia diagnosticada por él mismo y, a partir de entonces, ya nunca fue lo que era. Tenía su foto sobre la mesa y me contaba una y otra vez con los ojos húmedos cómo fue aquello, cómo él intentó que muriera tranquila en su casa sin recursos extremos, pero sus hijos “meícos”, como él los llamaba, se empeñaron en un trasplante de médula en Madrid que no sirvió para nada.
Cuando me anunció su jubilación, que yo ya sabía, le dije: ¿Y eso por qué? Y me contestó como disculpándose: Voy a cumplir 82 años y da vergüenza estar aquí. Todos sabíamos que el día que dejara su consulta moriría y así fue, poco después lo despedimos en una mañana de sol radiante y José Guijarro -Pepe Guijarro para los amigos- pasó a la historia de la Medicina en Granada, donde siempre se le recordará como uno de los mejores médicos que ha tenido.







