8/3/21

Día de la Mujer




      Hace unos días, me encontré en la calle a una conocida de mi barrio, que es un poco más joven que yo. Nos saludamos, nos preguntamos por la salud y nos pusimos a hablar de lo que todos hablamos últimamente. Me llamó la atención entonces que hablaba en plural -encerrados, salimos poco, tenemos miedo- cuando se que vive sola. El marido murió hace unos años, no tuvieron hijos y tiene poca familia cercana. Tanto me extrañó que, incluso, hablara de nuestro piso, que le pregunté si tenía alguna acompañante o cuidadora y me contestó que no, que seguía con la misma chica que iba un día en semana a limpiarle el piso, que está bien todavía y no necesita más.

      Cuando nos separamos, me fui para mi casa pensando en ese extraño plural y llegué a la conclusión de que se debía a la costumbre de cuando vivía su marido y siempre hablaba así. Ella era una de esas mujeres casadas que no tienen una vida propia. Su vida es la de su marido, sus amistades las de su marido, sus salidas son con él, hasta la compra la hacen juntos. Y claro, hablan en plural. No hay un yo personal, no hay persona.

      Afortunadamente, ya vemos menos mujeres así. Ahora, aunque tengan pareja e hijos, tienen también sus propias amistades, salen con amigas, comen algunas veces con ellas y hasta puede ser que se permitan algún viajecito juntas en fin de semana. Y, como trabajan, también se reúnen con compañeras y compañeros para un cumpleaños o cualquier celebración. Tienen una vida propia, aficiones propias, que intentan compartir con su pareja, pero si no las comparte, las desarrollan por su cuenta. Tienen vida, su vida, personal e intransferible. Son personas. Seres humanos únicos, con su propia identidad.

      Hoy, Día de la Mujer, celebremos este cambio y deseemos que pronto no quede ninguna mujer hablando en plural, viviendo sin ser ella misma.

 

1/3/21

28 de febrero en pandemia


      Hoy es el Día de Andalucía, mejor dicho, lo ha sido, porque ya está acabando y, cuando se publique esto, ya será 1 de marzo. Los nacionalistas andaluces se inclinan por el 4 de diciembre para esta fiesta, pero yo prefiero quedarme con el día oficial, no por ser oficial, sino porque el 4D fue un día triste, un día en el que murió un joven, y no creo que la muerte de una persona sea motivo de celebración, por muy mártir por la causa que se le considere. Puede conmemorarse, pero no celebrarse. Por eso prefiero el 28F, porque entonces votamos en referéndum el Acceso a la autonomía de Andalucía por la vía del art. 151 y, para los que tuvimos el voto prohibido durante tantos años, votar siempre es una fiesta.

      Y en este 28F de pandemia, he leído de todo, desde los habituales mítines de los políticos al también habitual examen pormenorizado de por qué votamos ese día y que votamos. Pero lo que más me ha gustado ha sido este artículo de un autor desconocido para mí, un profesor vasco que pasó quince meses en Córdoba hace muchos años y que dice esto de Andalucía y los andaluces   


ANDALUCÍA, MILA ESKER!

JESÚS PRIETO MENDAZA Antropólogo y profesor

IDEAL. 27 Feb 2021


Era un joven de veinte años cuando me tocó cumplir con el servicio militar obligatorio en Andalucía, a muchos kilómetros de distancia de mi tierra alavesa. Eran los tiempos de la ‘mili’ y esa circunstancia fue la que me llevó, desde marzo de 1978 hasta abril de 1979, al Regimiento de Infantería Motorizada La Reina II de la hermosa y sultana Córdoba. Aquellos años, en los que las carreteras y el ferrocarril no eran lo que hoy son, mis posibilidades de venir los fines de semana a Vitoria eran tan solo un ejercicio de ciencia-ficción. Únicamente lo intenté una vez, en el viejo Wolksvagen escarabajo del fallecido periodista Antonio Herrero, para mí el alférez Herrero, cuyo padre residía en Vitoria y dirigía la Agencia Europa Press. A pesar de la gentileza de mi chofer, aquel fue un viaje agotador por aquellas carreteras nacionales de la época que tan genialmente describiera Moncho Alpuente en su canción ‘Adelante hombre del 600’. Realmente aquel fin de semana, no tuve tiempo sino de dar un beso a mis padres y, sin quitarme el traje militar de ‘paseo’, dormir un poco antes de regresar en tren. Aquello me disuadió de intentarlo de nuevo. Así que salvo en dos ocasiones, la preceptiva Navidad y unos días de verano, pasé quince meses de mi vida irremediablemente unido a una tierra a la que aprendí a querer y, sobre todo, a respetar profundamente.

El hecho de que ‘el vasco’ no pudiera viajar los sábados a su casa, lejos de sumirme en la soledad o el desarraigo, propició una oleada de solidaridad en aquella 10º compañía. Mis compañeros me invitaban los fines de semana a sus casas: «¿Cómo ‘te vá a quedá’ aquí solo, niño? ¡Vente ‘pal’ pueblo, a nuestra casa, que son ferias!». Así es como gracias a la generosidad de decenas de compañeros y de sus familias, conocí las ferias, la Semana Santa, los festivales flamencos, las tabernas, los pueblos, las playas, las sierras y, sobre todo, a las gentes de esa maravillosa tierra. Las sevillanas, ‘las soleás’, las seguidillas, el olor a jazmín o dama de noche, la pipirrana o la ‘pringá de manteca colorá’, acompañadas por un vino amontillado, pasaron a formar parte de mi acervo cultural y de mi corazón.

Pero eran años difíciles, sin duda la llamada transición española no fue fácil, muchos eran quienes se oponían a que la democracia se instalara en el país, y para ello exigían su cuota de sangre: por un lado los grupos afines al franquismo o a la ultraderecha; por otro bandas de extrema izquierda, como los GRAPO y finalmente una banda, ETA, que decidió aumentar su crueldad, exponencialmente, intentando no la pretendida liberación del País Vasco, sino una involución que nos hiciera volver a los esquemas de acción represión del pasado. Así las cosas, aquel joven cabo de Infantería, tan agradecido por la generosidad de Andalucía, se comenzó a ver interpelado por un hecho terrible, cual era que desde mi tierra se devolviera todo el bien que yo recibía con ingratitud y maldad. Cuando me encontraba disfrutando de la hospitalidad de un pueblo, de una familia, ocurría que su alegría se veía oscurecida por una noticia terrible; un hijo, un hermano, un primo, un vecino, casi siempre un joven, había sido asesinado, allí «en el norte».

Aquellas gentes que a mí me daban todo, recibían a cambio cadáveres de andaluces en un ataúd de madera. Su desgarro era mi desgarro y, en numerosas ocasiones mi vergüenza. Aun así, nunca, nadie, me reprochó nada, su generosidad jamás fue menoscabada por este hecho y ‘el vasco’ siguió gozando de la amistad y la fraternidad de las tierras del sur. Años más tarde, muchos empresarios, jueces, profesores, funcionarios, sindicalistas, trabajadores, concejales y un largo etcétera se vieron obligados a abandonar mi tierra vasca; en unos casos para no ser asesinados y en otros, consumado ya el crimen, para criar a sus familias lejos del epicentro del odio. De nuevo Andalucía se convirtió en tierra de acogida para muchos de mis paisanos. Cuanto he pensado en este hecho cuando, hace poco más de una década, todavía funcionaban aquellos negros mecanismos de ingratitud interterritorial.

Han pasado más de cuatro décadas desde entonces, se pueden contar con los dedos de una mano los años en los que no he podido volver a mi querida Andalucía, pero aun siento la necesidad de mostrar mi agradecimiento a una tierra con la que siento que parte de mi identidad está todavía en deuda. Tan solo espero que Andalucía siga progresando, avances impresionantes de los que he sido testigo, y que sus gentes sigan haciendo de la acogida parte de su divisa, pues no hay tarjeta de presentación mejor. Que el día de Andalucía, de este 2021 todavía marcado por la incertidumbre, alumbre un futuro mejor para esa tierra, que como escribió Blas Infante y reza en vuestro himno «…la bandera blanca y verde, vuelve tras siglos de guerra, a decir paz y esperanza, bajo el sol de nuestra tierra/ Andaluces levantaos, pedid tierra y libertad, sea por Andalucía libre, España y la humanidad».

Gracias Andalucía, gracias con cuarenta años de retraso, gracias por todo lo que me diste. Mila esker, bihotzez!


24/2/21

Por fin, la vacuna



      Hay muchas personas mayores, muchísimas, que son independientes, a pesar de su edad, porque se desenvuelven en un círculo muy pequeño, un espacio de barrio muy reducido, pero que cubre sus necesidades. Supermercado, centro de salud, farmacia, iglesia y banco para cobrar la pensión a final de mes. Eso es todo. Todo lo tienen cerca de su casa y no necesitan nada más. Saben que hay vida más allá de su barrio, pero esa vida ya no es la suya, a ellas les basta con poder seguir viviendo sin depender de nadie, sabiéndose personas con una vida propia. Limitada, sí, pero la suya. Son independientes, siguen siendo personas. Están vivas.
      Pero ahora llega la vacunación de la Covid, les dicen que tienen que ir a las 20:30, ya de noche, a un Centro de Salud que está a 6 km de su casa… y el mundo se les cae encima. Si tienen hijos, se encargarán de resolverles el problema, pero ¿y si no los tienen o están lejos? No saben donde está ese Centro, no saben siquiera los medios de transporte que pueden utilizar, tienen miedo hasta de subir a ellos y también al contagio y, si recurren a un taxi como mal menor, la pensión se les quedará tiritando este mes.
      Me pregunto, entonces, si la vacunación no se podría haber organizado de otra forma y me dicen que esta, la de todos los mayores de 80 en el mismo centro, es más "operativa". ¿Operativa para quién? Que se lo pregunten a la persona de 87 años, que se ve obligada a salir del pequeño círculo en que se desarrolla su vida desde hace mucho, mucho tiempo. Y que no sabe siquiera como lo va a hacer. Casi prefiere quedarse sin vacunar… y que sea lo que Dios quiera.
      Se me dice también que se trata de vacunar la mayor cantidad de personas en el menor tiempo posible, porque una semana de retraso puede significar vidas que se pierden, pero yo digo que también pueden estar en juego las vidas de esas personas, que se van a quedar descolgadas quizá por algo tan simple como no poder -o no saber- cómo desplazarse hasta donde las han citado.


18/2/21

Los almendros ausentes




      Hace seis años, como escribí en los comentarios de esta entrada, los almendros eran los grandes ausentes en mi vida. En Granada no los hay y cuando pasaba por el Valle de Lecrín era siempre verano y ya estarían las almendras para cogerlas, así que el esplendor de los almendros floridos me era desconocido, hasta el punto de que tuve que pedir prestada la foto de la cabecera.

      Por fin, unos años después y gracias al amigo que me llevó, pude conocerlos “en persona”. De cerca, en Salobreña, con ese derroche de la foto de arriba y, de lejos, me extasié ante las distintas tonalidades de sus flores, que pintan de blanco y rosa el Valle. Todo un espectáculo, os lo aseguro.

      Pero este año, de nuevo los almendros estarán ausentes por los confinamientos. En la costa tienen que estar floridos hace tiempo y me han dicho que el Valle de Lecrín es ya ese espectáculo que este año nos perderemos todos.


11/2/21

El sello (Continuación)





      Esta mañana, le he oído esta conversación a dos señores de pelo blanco, que estaban parados en una esquina.

 

-Si es que a los mayores nos tienen en el punto de mira y, a las primeras de cambio… fuera. Ni medicinas, ni UCI… Nada.

-Como que, si pudieran, nos quitaban las pensiones.

-Calla, calla, no les des ideas.

 

      Esto es lo que está matando a los viejos. No la falta de medicinas ni de UCI, sino la desesperanza, el miedo...   



4/2/21

El sello

 



      A mí -como a cualquiera de vosotros, supongo- me han llamado de todo.  Desde lo mejor, las personas que me miran bien, hasta lo peor aquellas con las que he tenido algún encontronazo, que de todo hay en la viña del Señor.

      Pero lo que nunca habían dicho de mí es que no soy VIABLE. Y lo dicen los directores de UCI, unos señores a los que no tengo el gusto de conocer, que nunca nos hemos encontrado en el portal ni hemos discutido en una reunión de vecinos. Miran en mi tarjeta sanitaria la fecha de nacimiento y me colocan en la frente el sello de NO VIABLE. Ahí, bien visible, en la mismísima frente, sin poder ocultarlo con una mascarilla de las buenas. Y ahí lo llevo, simplemente porque cometí el error de no morirme antes de cumplir los 80. Igual que los judíos del holocausto llevaban un número tatuado en el brazo, yo llevo ese sello en la frente. En mi amplia frente de ser humano, que aun es capaz de pensar. Y de sentir.

 

29/1/21

Del heroísmo y la pandemia




      Se habla del personal sanitario como los héroes de la pandemia y es cierto, por lo que les debemos nuestro agradecimiento. Pero hay otros héroes- y heroínas- anónimos, que también están sufriendo en sus trabajos las consecuencias de la pandemia.

      Hace unos días, me cambié de entidad sanitaria en MUFACE y, como lo hice mediante su sede electrónica, no obtuve la información de cómo me llegaría la tarjeta de la nueva entidad. Intenté varias veces contactar telefónicamente con ella, pero fue imposible, pues la grabación que contesta no contempla esa opción ni tampoco la posibilidad de hablar con un ser humano si no conoces su nombre y apellido, cosa que yo no podía tener al ser nueva en esa entidad. Así que tuve que ir a las oficinas, hice cola en la calle ante unas puertas abiertas de par en par y cuando me tocó el turno, me encontré con que no se podía acceder al interior del local, sino que, ante la puerta, había una barrera a donde las empleadas (y digo empleadas porque todas eran chicas jóvenes) se acercaban para atender a los clientes, oír su petición, volver a su mesa y ordenador, volver al cliente de la barrera, quizá de nuevo a la mesa, vuelta a la barrera... Pensé que terminarían muertas de cansancio al final de su jornada de trabajo, pero también en el frío que habrán pasado estos días atrás allí, a metro y medio de unas puertas abiertas en una calle por la que corre el viento a sus anchas.

      Y seguro, completamente seguro, que su sueldo no se corresponde con este esfuerzo.


18/1/21

Mi tía Luisa



      Era hermana de mi madre y murió hace más de cuarenta años. Tenía un vocabulario muy especial, inventaba palabras como el Matías Martí de La Colmena, otras las pronunciaba mal y otras, quizá, procedían de la tierra donde nació o donde había pasado su infancia. Y una de ellas, la que más he recordado durante todos estos años, era un limpito.

      ¿Qué es un limpito? Pues imaginad que estáis en casa y una amiga o amigo os anuncia que llega a haceros una visita. Es de confianza, no hay por qué vestirse como si fueras a salir a la calle, pero tampoco cabe quedarse con el mismo chándal con el que has estado cocinando, que puede tener olor a comida y hasta alguna mancha. ¿Qué procede entonces? Un limpito. Algo que ya no usas en la calle, pero que tampoco es ese chándal tan poco presentable.

      ¿A que es un buen invento esa palabra?

 

8/1/21

Regalo de Reyes

       

       Con la pandemia y las borrascas, los Reyes Magos se han retrasado un poco este año, pero nos han traído de regalo un vídeo, que nos proporciona media hora de arte y belleza.

      El Ballet de Año Nuevo 2021, que interpreta el alumnado del Conservatorio Profesional de Danza Reina Sofía en el Museo de Bellas Artes de Granada, en planta noble del Palacio de Carlos V.  De Granada también, por supuesto.

 

1/1/21

Año Nuevo


 

         El año pasado tal día como hoy escribí aquí:

      Un año más, en la loseta de siempre y frente a la fachada del Ayuntamiento, os deseo a todos que, si el año que termina ha sido malo, el que empieza sea mejor. Y si ha sido bueno, lo sea aun más. 

      Como veis, hablaba de cada uno de nosotros y de como nos iba a ir en el año que empezaba. Pero resulta que ha sido un año en el que nos ha ido mal a todos, un año de dolor, de miedo, de angustia, de desconcierto… Un año de muerte ¿Será mejor el próximo? No me atrevo a asegurarlo, solo a desearlo. Para los que me visitáis y para el mundo entero.