23/9/21

Información


      De nuevo en el super, ese tan simpático de otras veces. Miro las mantequillas y veo que, de una determinada marca, hay dos: Con sal y Tradicional. Deduzco entonces que la Tradicional es sin sal, pero como no estoy segura, le pregunto a una empleada que veo por allí.

      -¿Esta mantequilla es sin sal?

      -Es la tradicional.

      -Bueno, pero ¿qué quiere decir eso?

      -Que es la de toda la vida.

      -De toda la vida ha habido mantequilla sin sal y con sal. Y hasta a media sal la había antes.

      -¿Pero usted que es lo que quiere?

      -Lo estoy diciendo. Quiero mantequilla sin sal.

      -Entonces llévese esta. (Y me señala Tulipán)

      -No. Eso es margarina.

      -Pues eso, mantequilla sin sal. Lo que usted busca.

      Y se va, orgullosa de haber solucionado el problema.

      Yo intento ver, sin gafas, la letra minúscula de los ingredientes, pero desisto y también me voy, pues si en un supermercado las empleadas no distinguen entre mantequilla y margarina… mal van las cosas. Así que lo dejo para cuando esté abierto el super donde tienen la mantequilla local, la Puleva, que dice en sus paquetes claramente Con sal y Sin sal. Y hasta tienen distinto color de envase para que no te confundas.

 

12/9/21

Ideologías

 


      Hablamos de política, de ser de izquierdas o de derechas y, a un comentario mío, alguien contesta: Es que ya no hay ideologías… Yo me quedo cortada, porque algo no me cuadra, insinúo vagamente algo sobre la ética, pero pasamos a otra cosa y no llego a contestar. Más tarde, reflexiono sobre el asunto y me afirmo en lo que había insinuado: Ser de izquierdas o de derechas no es una cuestión de ideología.

      Veamos.

      Unas personas dicen que los “menas” a su tierra, que aquí no los queremos ni debemos gastar en mantenerlos.

      Otras personas decimos que esos chicos tienen derecho a vivir, a una educación, a un futuro. Son nuestros vecinos y, si en su país no los atienden, debemos nosotros hacer lo que podamos por ellos.  

      ¿Eso es ideología?

      Yo creo que es ética.

29/8/21

Luna

        A mí no suelen gustarme los experimentos “mix” con el flamenco, ni siquiera los de Morente, pero como Juanito Valderrama no era precisamente el no va más de la ortodoxia y de soleá esto tiene muy poco, me ha resultado curiosa esta amalgama de Silvia. Y me gusta, para que lo voy a negar. Me gusta y me confirma que esta mujer se atreve con todo y todo le sale bien.

      Silvia Pérez Cruz, acompañada al oval por Ravid Goldschmidt (¿o es un hang lo que toca?) en la canción de Juanito Valderrama En la cruz de los caminos.

  

19/8/21

Mañana

                            

         

       Pasando de un vídeo a otro de Silvia Pérez Cruz, encuentro uno que no conocía, pero que la letra me suena mucho, así que la busco y veo que se trata de la adaptación de un poema de Ana María Moix, perteneciente al libro No time for flowers y otras historias.  Y se hace la luz, porque se que tengo ese libro, solo es cuestión de buscarlo. ¡Bingo! Ahí está, no ha sido demasiado difícil. Lo abro y lo primero que veo es una dedicatoria a mi nombre, firmada por la autora en Sevilla, 1973. ¿Sevilla? ¿Yo en Sevilla? Y, de pronto, caigo. Aquellas amigas que se fueron a vivir a Sevilla, llevándose algunos libros que echo de menos. Y no es que me los birlaran o que se quedaran con ellos si se los había prestado, sino que durante muchos años tuvimos una biblioteca compartida entre tres. ¿Para qué vamos a comprar las tres el mismo libro? Y nos poníamos de acuerdo en quien lo compraba y luego se lo pasaba a las otras. Pero se trasladaron a Sevilla y, como era difícil recordar quien compró cada libro, decidimos quedarnos cada una con los que tenía en ese momento. Luego, estando allí, probablemente me regalaron este e hicieron que me lo dedicara Ana María Moix en alguna visita o, por la fecha, en la Feria del Libro, donde son frecuentes las presentaciones y las firmas.

 


      En fin, que ahí está el poema. Un larguísimo poema, con los versos separados por espacios en vez de líneas, supongo que porque, de la forma habitual, desbordaría los límites del libro. Un poema del que ahora Ana María Moix ha extraído versos de aquí y allá, hasta conseguir una letra para la música de Silvia Pérez Cruz. O al revés. 

 

12/8/21

Vestida de nit


      De nuevo, como en Veinte años, una Silvia Pérez Cruz muy joven con un padre que ya no está. En esta ocasión, cantando una habanera con música de su padre, Càstor Pérez Diz, y letra de su madre, Glòria Cruz. Una canción que también la encontramos de forma más cuidada en el vídeoclip “oficial”, que debe ser posterior. 

  

4/8/21

Bolero andaluz

 

      Este mes de agosto musical va a girar alrededor de Silvia Pérez Cruz, sola o acompañada por otros. Otros, que tienen categoría para ser protagonistas de otro mes de agosto, pero que como eso está muy lejos… ya se verá.

      Y empezamos con un bolero de Toni Zenet al estilo antiguo, un bolero que podríamos definir como “boleraso”, en algunas versiones con su contrabajo como corresponde, como aquellos conjuntos de piano, contrabajo y batería, que nos hacían bailar “apretados” en locales pequeños, íntimos y medio a oscuras.

      Pero la versión que vamos a ver y oír es la que canta a dúo con Silvia y en la que Zenet mete alguna s final y Silvia imita la c de Toni. Y con un impresionante solo de trompeta a cargo de Manuel Machado. Un andaluz, una catalana y un cubano uniendo sus culturas en una canción que vale la pena oír.

      Con vosotros, Soñar contigo. Autores: Antonio Javier Laguna (letrista), Antonio Manuel Mellado (Toni Zenet), Jose Taboada (guitarra), Maria Paz Guillen y Javier Garcia Lopez. 

 

26/7/21

Cría cuervos...

 


      Hace muchos años, lo menos diez o quince, ocurrió algo en una familia conocida, que he recordado pocas veces por lo triste y desagradable que me resulta. Pero el otro día pasé por la casa en la que vivían y me acordé. Y desde entonces, y en contra de mi deseo, me viene a la memoria con frecuencia.

      Era un matrimonio con tres hijos, los tres se casaron y alguno de ellos se fue a vivir fuera. Los padres quedaron solos y, pasado un tiempo, me enteré de que la madre sufría Alzheimer y la habían llevado a una residencia, a la que el padre no se quiso ir porque estaba relativamente bien y siguió viviendo en su casa con la ayuda de una empleada de hogar, que iba por las mañanas de lunes a viernes, le limpiaba el piso, le hacía la compra y le dejaba hecha la comida.

      Un verano, en pleno mes de agosto, una señora del edificio de enfrente, al otro lado de la calle, salió temprano el sábado a su terraza para regar las macetas y se fijó en que, en la casa de enfrente, por debajo del toldo se veían los pies de una persona tendida en el suelo. Como no sabía quien vivía allí, pensó que alguien había tenido calor y se había salido a dormir en la terraza esa noche, así que no le dio importancia y no volvió a asomarse en todo el día a una terraza donde estaba dando el sol. Pero a la mañana siguiente, ya domingo, salió de nuevo a las macetas, miró enfrente… y allí estaban de nuevo los pies bajo el toldo, sin recordar si en la misma postura o distinta. Empezó a preocuparse, miró varias veces a lo largo de la mañana y comprobó que no se movían, que siempre estaban igual, por lo que ya se asustó y fue a aquella casa a llamar a los porteros automáticos para avisar a los vecinos de lo que estaba pasando. Pero llamó a un piso, a otro, a otro… y nadie le contestaba. Agosto, fin de semana, la casa vacía. Por fin un chico joven le contestó, le dijo que en ese piso vivía un señor mayor que tenía hijos, pero que él no sabía su nombre, ni su teléfono, ni donde vivían, así que la vecina se decidió a llamar al 112, llegó la policía y los bomberos, entraron en el piso y se encontraron lo que ya podemos imaginar.

      Ni la persona que me contó esto ni yo llegamos a saber el resultado de la autopsia que seguramente le hicieron, no supimos si había muerto el mismo viernes por la noche o si estuvo agonizando hasta el domingo. Ella solo supo que una hija del difunto les dijo a los vecinos que había llamado a su padre desde la playa no recordaba que día ni a que hora, que no le contestó y pensó que había salido a comprar algo. O… a ver… si era domingo sería a misa, pero desde luego que ella lo llamó, faltaría más. No sabía cuando, pero lo llamó, porque era su padre y lo quería muchísimo.

      Tenía tres hijos, trabajó mucho para pagarles estudios y que tuvieran un buen porvenir, pero murió solo en su terraza mientras ellos disfrutaban de la playa o viajaban al extranjero, sin acordarse ni remotamente de que, en una ciudad de calor sofocante, en un edificio vacío, un viejo que, casualmente, era su padre, estaba solo en su casa todo el fin de semana. Del viernes a mediodía, al lunes por la mañana. Solo para vivir y solo para morir. 

(Tengo que advertir que la foto no corresponde a esa casa que menciono)

 

19/7/21

Nunca es suficiente


      Ya sabéis que brujuleo de vez en cuando por YouTube y encuentro cosas que me gustan o que me llaman la atención. Me refiero a canciones que no conozco o que conocí y he olvidado, canciones antiguas en versiones modernas, como esa Veinte años que ya oímos, o canciones recientes que aquí no nos llegan por otros caminos, porque no es la música que aquí suele oírse. Y una de esas canciones es la que me he tropezado recientemente y que me ha llamado la atención por dos motivos.

      El primero es que se trata de una canción pachanguera, pero muy digna, está bien construida, hasta la letra tiene su aquel, y me gusta por su alegría, por sus trompetas, por ese calor que los americanos le imprimen a su música, por esos pasos de cumbia tan bien dados por una cantante de la que no se esperaba eso. La canción desprende autenticidad, espontaneidad, sangre caliente que corre por unas venas y se convierte en música.

      Pero es que también me llama la atención algo que quizá en otro momento me hubiera pasado desapercibido: el gentío, la muchedumbre. Los cientos, miles de personas tal vez, escuchando, bailando, disfrutando. La vista se pierde y se sigue adivinando personas en movimiento.

      Nunca he estado en un concierto de este tipo, en mis tiempos eso no existía. (Mejor digo cuando era joven, pues mis tiempos son todos hasta que me muera) Pero es que, además, no creo que me hubiera apetecido algo así. ¿Oír música de pie, con griterío, bailando, cantando, sin casi oír a quien canta en el escenario? Ni pensarlo. Diría que yo he pagado para tener un asiento y oír a un/a cantante, no al público. Y sin embargo ahora, cuando he visto este vídeo, he sentido como nostalgia y he rogado en mi interior porque algún día podamos ver de nuevo estos conciertos. Ver como van a ellos otras personas, no yo, por supuesto, pero que sean posibles.


 

      Hasta ahí escribí cuando descubrí la canción hace meses, pero resulta que, como no se entiende bien la letra porque la cantante aparta el micro para que se oiga al público, la busco ahora en Google y me encuentro con que esta canción no tiene nada de alegre, porque habla de una chica joven enamorada de un tipo que se la pega todas las noches jugando a enamorar, pero que lo quiere aunque le hace mal. De hecho, sigo buscando y el vídeo más antiguo que encuentro, que parece el “oficial” porque está en VEVO, es francamente triste y hasta insinúa maltrato físico.

      ¿Qué ha pasado? Pues que hay dos versiones de la canción, que Natalia Lafourcade la estrenó como triste, pero luego le metió ritmo de cumbia, trompetas, multitudes… y, como he leído en un comentario en YouTube, “una nos hace bailar y otra llorar”. ¿Bailar y llorar con la misma letra? Pues sí, ya que termina diciendo: Te perderás dentro de mis recuerdos por haberme hecho llorar. O sea,

A tomar viento, muchacho, y… ¡¡Cumbia pa mí!! 

10/7/21

Estoy harta



      Estoy harta de que me traten como a una vieja y no como a una persona que ha cumplido muchos años, pero que sigue siendo simplemente eso: una persona.

      En la caja del supermercado. Acerco la tarjeta para pagar y me dice el lector: Lectura correcta. Guardo la tarjeta y me dedico a terminar de colocar los artículos en el carro, pues esta tarjeta nunca pide el pin. Sin embargo, me advierte el cajero de que me lo está pidiendo, lo marco y, entonces, un señor de mediana edad, que espera su turno en la caja a bastante distancia, me dice entre paternalista y suficiente:

      -Tiene usted que tapar con la mano cuando marca el pin, pues lo puede ver cualquiera.

      Miro a mi espalda y solo veo una puerta que comunica con el aparcamiento, que es por lo que me gusta esta caja. Le digo:

      -No se quien lo va a ver, si no hay nadie.

      Insiste:

      -Yo mismo, desde aquí y por el movimiento de su mano he visto su clave.

      Yo, con paciencia, pero a punto de perderla:

      -Cambio la contraseña con frecuencia.

      Entonces, interviene también el chico de la caja:

      -Pero al salir de aquí le pueden dar un tirón del bolso y dejarle la cuenta vacía en un momento.

      Empiezo a irritarme:

      -La tarjeta ha venido en el bolso, pero volverá en otro sitio.

      De nuevo el señor de detrás:

      -Peor me lo pone. Pueden agredirla para sacársela del bolsillo.

      Y yo ya salto, saco la tarjeta y se la enseño a los dos:

      -¿Quién les ha dicho que la voy a llevar en el bolsillo? Pero miren, si quieren se la regalo, porque es de prepago y se ha quedado vacía con esta compra. Bueno… Quizá quede para un paquete de pipas.

      Y me voy con el carro y muchas, muchas ganas de asesinarlos.

 

3/7/21

El viaje de Pepe Vega

 

Parroquia de La Encarnación en Monachil (Granada)

Foto cedida amablemente por Landahlauts

      Como, a mi edad, las pérdidas se suceden y los amigos y conocidos se van uno detrás de otro, hace unos días nos ha dicho adiós un sacerdote al que no veía hace años, pero que en otra época traté bastante. Hoy veo su foto en el periódico, está en ella tal como yo lo recuerdo, en un obituario que le dedica un amigo y que cuenta como lo había visitado horas antes de morir y que, cuando se despedía, le dijo: No te vayas, que vamos a hacer un viaje. Creyó que deliraba, se despidió y se fue, y poco después le avisaron de que había expirado. Entonces supo a qué viaje se refería y cómo un hombre justo, en paz con Dios, con sus hermanos y consigo mismo, emprende serenamente ese viaje.

27/6/21

Igualdad

      Llevamos ya bastantes años hablando de la igualdad entre mujeres y hombres y hasta tenemos un ministerio y una ministra para promover esa Igualdad. Sin embargo, yo quiero decir aquí que las mujeres no somos iguales a los hombres. Nada de eso.

SOMOS SUPERIORES

      Y lo voy a demostrar con unos ejemplos.

      a) Las mujeres somos capaces de enamorarnos apasionadamente y no dejar de querer – apasionadamente también- a las personas que nos rodean y que son parte de nuestra vida, mientras los hombres se enamoran y parece que el corazón se les agota en ese esfuerzo y ya no da para más.

      b) Las mujeres somos capaces de hacer dos cosas a la vez (y, algunas, hasta tres), mientras los hombres difícilmente piensan y respiran al mismo tiempo.

      c) Las mujeres distinguimos matices de colores (rosa palo, blanco roto…), mientras que a los hombres los sacas de los colores primarios y están perdidos.

      d) Las mujeres podemos llevar pantalones y nos sientan bien, mientras los hombres con falda parecen miembros de la familia real inglesa.

       Por esto y por mucho más, creo que ese Ministerio de la Igualdad debería llamarse de la Superioridad, pues su misma ministra nos ha demostrado que es capaz de desempeñar su función política y parir tres hijos. Cosa que, de ninguna manera, puede hacer un hombre.

      (Perdón, Ministra, he querido decir hijes)

 

19/6/21

Rompecabezas

 


      Tengo muy abandonado el almanaque de taco, se me acumulan las hojas sin arrancar y apenas si las miro antes de tirarlas. Pero hoy, al quitarlas, como mi almanaque es virtual, se ha desprendido esta imagen



       Y he pensado si no seré yo una de esas piezas que no cabe en ningún rompecabezas.


11/6/21

Día D

 



      El 6 de junio de 1944, hacía una semana de que me vistieron de organdí blanco para recibir la primera comunión, así que no estaría yo muy pendiente de las noticias mundiales y, además, probablemente nos enteraríamos más tarde del desembarco de los aliados en Normandía, pues seguro que a Franco no le apetecía nada que supiéramos lo mal que pintaba la cosa para sus “coleguis”.

      Pero no vamos a hablar aquí de Franco ni del Día D, cuyo aniversario fue hace unos días, sino de una película muy antigua que habla de él o, más bien, de los prolegómenos. Fue una película que me gustó y que vi muchas veces, por lo que la recuerdo bastante bien. Aquí la vimos titulada El hombre que nunca existió y estaba protagonizada por Clifton Webb, aquel señor mayor con pinta de inglés (pero que no era inglés) que tuvo tanto éxito como el Mister Belvedere de varias películas.

      El hombre que nunca existió empieza con un texto en la pantalla que dice algo así: Más allá del Peñón de Gibraltar, un hombre muerto ganaba una batalla. Y aquel muerto era yo. Una introducción un tanto enigmática, pero que luego se aclara cuando vemos a Clifton Webb como el militar británico que ideó y llevó a cabo un plan realmente ingenioso. Lo resumo en pocas palabras.

      Se trataba de despistar a los alemanes sobre el lugar en que iban a desembarcar las tropas aliadas y, para ello, busca un cadáver no reclamado y le inventa una personalidad, unos antecedentes como militar, un lugar de nacimiento, una familia, una novia… Todo documentado en registros y archivos, sin faltar un detalle. Lo viste de uniforme, le coloca en la muñeca una cartera bien sujeta con cadena y en esa cartera mete informes “secretos” sobre un plan de desembarco en Grecia y en las islas de Córcega y Cerdeña. Lo lleva en un submarino frente a las costas de Huelva y allí lo arrojan al mar. Un pescador lo encuentra en la playa, avisa a la Guardia Civil, los espías alemanes (amigos de Franco, recordad) se enteran y consiguen fotografiar los documentos de la cartera antes de que los envíen a Madrid. Resultado: La creencia de que el ataque empezaría en Grecia y de ahí a Italia, hizo que las tropas de Hitler se dividieran y así se facilitó el auténtico desembarco en las costas de Normandía un año después.

      Como digo, la película me gustó, pero lo que no supe cuando la vi por primera vez en 1956, es que estaba basada en hechos reales, que aquello había ocurrido realmente y que el supuesto militar inglés que apareció muerto en una playa de Huelva, está enterrado en su cementerio con la identidad que le adjudicó el personaje encarnado por Clifton Webb: Comandante William Martin, de los Royal Marines, el hombre que nunca existió. Pero lo que, al parecer, no está claro es quien era en realidad ese hombre ahogado, que tanto influyó en el final de la guerra y de quien la provocó. Aparece también en la inscripción de la tumba como el vagabundo Glyndwr Michael, pero no es seguro que fuera él y, probablemente, es algo que no se sabrá jamás.

Nota: Por si queréis leer la historia más detenidamente, he ido dejando enlaces a varias versiones, que difieren poco, pero añaden detalles.