21/10/20

Las Cuidadoras




      Son morenas, de poca estatura y con un envidiable pelo negro y fuerte. Las vemos por la calle, empujando las sillas de ruedas de nuestros viejos, de las personas de mi edad que necesitan ayuda. Las vemos en los parques, ellas en un banco, la persona que cuidan al lado. Las vemos en las tiendas, haciendo la compra de la casa donde trabajan, comprando artículos que no podrían pagar con su dinero, pero también en tiendas que ya venden los productos que llegan de su país y que ellas tienen costumbre de comer. Proceden de lo que antes llamábamos Hispanoamérica y nuestra lengua, en sus labios, tiene una riqueza que ya quisiéramos los que hemos nacido aquí. 

      Algunas vinieron solas o con amigas, otras dejaron atrás marido e hijos, que las más veteranas quizá han conseguido reagrupar. Algunas desean quedarse, pero otras solo buscan la forma de comprar una casa en su tierra o poner un pequeño negocio. Y todas, todas, ahorran hasta el último céntimo, porque envían a su familia de lo poco que ganan. Viven donde pueden, muchas veces hacinadas varias familias en una vivienda y, las que han venido solas, prefieren trabajar internas para ahorrarse el piso o la habitación donde vivir, pero a cambio de eso, muchas veces las explotan estando disponibles las 24 horas. 

      Son Las Cuidadoras, cariñosas con los viejos, aguantando lo que les echen con tal de conservar el trabajo. Y nosotros les pagamos metiéndolas en el bucle de la Ley de Extranjería: Sin permiso de trabajo, no hay trabajo legal; sin trabajo legal, no hay permiso de trabajo. En nuestro país hay personas que abominan de la inmigración, pero ¿qué sería de nuestros viejos sin ellas?

 

13/10/20

Despedida


 

      Adiós, amigo, padre de mi amigo y ya amigo mío. Te he visto por última vez con tu manta rosa sobre las piernas, he pasado mis dedos sobre la pantalla y he rozado tu frente con mis labios. Tu hijo es mi amigo, tú lo sabes ahora, cuando ya todo se sabe y todo se ignora. Tu hijo es mi amigo y el corazón me sangra por su pena. Tu hijo es mi amigo y no puedo estar con él. No va a llorar en mi hombro, no puedo rodearlo con mis brazos… ¡Y es mi amigo! MI AMIGO.

      Adiós, padre de mi amigo, padre mío, padre de todos ya.

      Descansa.


7/10/20

Y volveré



      Entre los vídeos musicales de agosto, hubo uno en el que, hablando de la voz del cantante, no mencionamos la letra de la canción, que tenía tela. 

      En ella, un chico le dice a su pareja:

      Adiós, amor. Lo he pasado muy bien contigo, pero la magia terminó y yo me largo. Sin embargo, si me aseguras que tú y tu amor esperaréis lo que haga falta, a lo mejor algún día echo de menos la paz que tú me das y me apetece volver. A tus brazos, por supuesto, pues seguirás con ellos abiertos, aunque te hayas convertido en estatua de sal. Y, entonces, el sol alumbrará, las estrellas brillarán, etc. etc. Vamos, el disloque. Pero, mientras tanto, ahí te quedas, amor, y que te vaya bonito.

 

28/9/20

Hedonismo

 

Epicuro. Imagen tomada de Wikipedia

      Según la RAE, hedonismo es: 

      -Teoría que establece el placer como fin y fundamento de la vida.

      -Actitud vital basada en la búsqueda de placer.

      Hace ya bastantes días (demasiados para buscarlo) leí en IDEAL una entrevista en la que se hablaba del problema de que los jóvenes no se están amoldando a las circunstancias y van a su bola con botellones, fiestas, reuniones numerosas y sin medidas de seguridad, etc. No se atienen a las recomendaciones y hasta responden agresivamente si la policía les llama la atención. O sea, que reclaman como un derecho divertirse, ignorando cualquier razonamiento. Y el entrevistado decía: 

      -Hemos educado a nuestros hijos en el hedonismo y esta es la consecuencia.

      Últimamente he estado pensando bastante en esto y he llegado a la conclusión de que no son solo los jóvenes los que tienen esa visión de la vida como placer, sino que es algo que está en el ambiente, en lo que leemos, lo que vemos en el cine, en la televisión, lo que se dice en la Redes… Y así ocurre que personas ya de más años también lo han ido interiorizando de tal forma que, cuando llegan las contrariedades y los problemas, lo soportan mal. Contemplan su vida siempre desde la perspectiva de que tiene que ser un camino de rosas y son incapaces de elevarse sobre las adversidades y aprender a convivir con ellas. Y, sobre todo, son incapaces de mirar alrededor y ver que la vida de los demás tampoco es siempre ese camino de rosas.  

      Lo que choca de pleno con lo que anoche mismo me dijo una amiga de mi edad, que vive en un barrio confinado de Madrid y que es persona muy vulnerable tanto por su edad como por su salud.

      -Me duele que lo que me quede de vida vaya a ser así

     Y supongo que se refería a que no puede ver a sus hijos ni sus nietos, no puede reunirse con ellos y hace seis meses que no los abraza. Pero lo decía con resignación. Con dolor, pero aceptando las circunstancias y reconociendo que son aun peores para otros. Para los que han muerto en soledad, para los que están a punto de hacerlo y han perdido la esperanza que a ella la mantiene viva.


20/9/20

Rafael Juárez

 


      Murió hace un año tal día como hoy y me quedé con ganas de mencionarlo aquí, pero no se por qué no pude. Esta noche, ya a punto de irse el día, no quiero que acabe sin recordar a una persona, valiosa para Granada, y que yo conocí, aunque no llegué a tener amistad, quizá por falta de ocasiones. O de tiempo. Entendiendo tiempo como eso que se nos va y que a él se le fue del todo.  

      Su biografía podéis verla aquí y lo que os ofrezco para recordarlo es uno de sus poemas, quizá el que más me ha gustado siempre.


         LO QUE VALE UNA VIDA

           Rafael Juárez

 

          Estoy en esa edad en la que un hombre quiere

          por encima de todo ser feliz cada día. 

          Y al júbilo prefiere la callada alegría,

          y a la pasión que mata, la renuncia que hiere.


          Vivir entre las cosas mientras el tiempo pasa

          -cada vez menos tiempo para las mismas cosas-

          y elegir las que valen una vida: las rosas,

          y los libros de versos, y el viaje, y la casa.


          Hasta ahora he vivido perdido en el mañana

          -seré, seré, decía- o en el pasado, -he sido

          o pude ser, pensaba- y el mundo se me iba.


          Ahora estoy en la edad en la que una ventana

          es cualquier aventura y un regalo el olvido.

          Ya no quiero más luz que tu luz mientras viva. 



13/9/20

Vacaciones en pandemia


 


      Ya os hablé hace 6 años de este sitio y os dije que ahí van niños que carecen de todo y para los que unos días de vacaciones, no solo son unos días felices, sino también, en muchos casos, los únicos en que se alimentan adecuadamente. 

      Este año las cosas pintaban mal y dudaron si cancelar los turnos, pero les daba pena que, precisamente cuando lo están pasando peor, se quedaran sin vacaciones. Y se decidieron. Solo cancelaron el turno de los niños de guardería, pero el resto estuvo en julio en turnos de una semana. 

      Asesoradas por un médico, pusieron todos los medios posibles: control de temperatura tres veces al día, organizadoras y monitoras sin dedos ya donde pinchar para los test serológicos, turnos de comedor, niños durmiendo por todas partes para tenerlos separados, lavados de manos continuos, mascarillas… Ha sido una auténtica paliza para todas ellas, pero hace ya mes y medio que salieron los niños de allí y no ha habido el menor problema. 

      ¿Por qué cuento esto ahora? Pues porque está empezando el curso en los colegios y hay que ver la que se ha liado. Padres que se niegan a llevar a sus hijos, padres que piden lo que no está escrito para “garantizar la seguridad”, como si la seguridad total fuera posible, no solo en el colegio, sino en sus propias casas. Y como si no fuera aun más grave seguir privándolos de lo que es necesario para su desarrollo. Como muy bien dice Juan Santaella, en un artículo del que he recortado el párrafo de la cabecera.

 

7/9/20

En el super



      Me dispongo a echar en el carro varios tetrabriks de leche, pero de la que quiero no hay en el estante ni tampoco ninguna caja abierta. Para más inri, las cajas están altas, por lo que dudo si voy a poder bajarla y exploro los alrededores en busca de un empleado, pero no veo ninguno y me decido a intentarlo. Casi que la estrello en el suelo, pero al fin consigo ponerla más a mano. Toca ahora abrirla, tarea peliaguda para mis manos, por lo que, en casa, suelo hacerlo con un cuchillo grande, que ahí no tengo. Lo intento, se resiste, vuelvo a mirar a mi alrededor, pasan señoras, parejas, un grupo de jóvenes, todos con prisa empujando sus carros, pero ni me miran y se me hace cuesta arriba pararlos para pedirles ayuda. De pronto, un señor muy mayor, quizá mayor que yo, se me acerca y me dice: Espere, señora, que yo le ayudo. Y con sus manos torpes, pero más fuertes que las mías, me abre la caja. Le doy las gracias efusivamente y se va empujando su carro. 

      Por la pandemia, la mascarilla y los prejuicios sociales no le doy un abrazo, pero las ganas se me quedan.


31/8/20

Silvia Pérez Cruz


      Cuando murió Leonard Cohen, ya vimos la canción que compuso, poniendo música al poema de García Lorca “Pequeño vals vienés”, en un vídeo con imágenes de la visita que hizo el cantante a Granada. 
      Traigo ahora esta misma canción en la voz de Silvia Pérez Cruz, una cantante que puede gustar o no, pero no deja indiferente.

24/8/20

Germaín de la Fuente





        Creo que la primera canción que le oí, allá por finales de los 60, fue “Y volveré”, la versión en español de la canción de Alain Barrière Emporte-moi Me gustó la canción, era de las mías, de esas romanticonas que aun me siguen gustando, y me gustó su voz en los graves, pero me dije: no le va durar mucho. Pues, aunque nunca he sabido música, por entonces tenía muy buen oído y me di cuenta de que en los agudos cantaba fuera de su tesitura, forzaba la voz y terminaría por destrozarla. Y así fue. Pasaron los años, recurrió primero al entrecortado al que recurren todos cuando ya no pueden sostener la nota, pero lo que Raphael consiguió, él no pudo y en las últimas grabaciones, ya con canas, resulta penoso oírlo, porque no solo está sin voz, sino que desafina.
      
      Ahora, al repasar en YouTube todo lo que he encontrado, me pregunto por qué no se buscaría al inicio de su carrera un profesor o profesora de música, que le enseñara a manejar el torrente de voz con el que había nacido. Y también por qué no se retiraría antes.

18/8/20

Triana


      Con agosto llega la música y, a pesar de que no estamos para bailar sevillanas precisamente, he encontrado por casualidad este vídeo, que es una joyita, y quiero compartirlo con vosotros. Estaba preparado para la semana pasada, pero murió Casaldáliga y lo aplacé. 
      Canta Arturo Pareja Obregón unas sevillanas clásicas de su padre, Manuel, acompañado por el grupo Siempre así. Y baila Cristina Hoyos con su marido, Juan Antonio Jiménez. Todo un lujo.


8/8/20

Pedro Casaldáliga


        POBREZA EVANGÉLICA
          No tener nada. 
          No llevar nada.
          No poder nada.
          No pedir nada.
          Y, de pasada, 
          no matar nada;
          no callar nada.
          
          Solamente el Evangelio, como una faca afilada.
          Y el llanto y la risa en la mirada.
          Y la mano extendida y apretada.
          Y la vida, a caballo dada.
          Y este sol y estos ríos y esta tierra comprada
          para testigos de la Revolución ya estallada.
          ¡Y “mais nada”!
          Pedro Casaldáliga

Descansa en Paz en tu Amazonía, por la que tanto luchaste y sufriste.

31/7/20

Fama




      Desde tiempo inmemorial, supongo que desde que teníamos solo dos cadenas, veo al medio día el Telediario de La 1. Con gobiernos de derechas y de izquierdas, con una tendencia o la otra. Y, más que nada, porque me coincide con la hora de almorzar y porque es lo que primero que sale en mi televisor cuando lo enciendo.

      Si habéis sintonizado alguna vez ese informativo, sabréis que antes hay un programa de los llamados del corazón y que se llama precisamente así: Corazón. Un programa que antes era diario, pero ahora solo los fines de semana. Bueno, pues el otro día estaba calentando mi comida y esperando al Telediario con el televisor en silencio para que no me diera la murga con bodas y entierros, cuando veo en la pantalla una pareja joven y debajo la noticia de que Fulanito y Menganita han roto su relación. Me pregunto entonces quienes serán estos dos, pues ni sus nombres ni sus caras me dicen nada, y me asoma en el horizonte una nube de preocupación por lo poco que estoy en la actualidad últimamente. Cojo el móvil y empiezo a buscar esos dos nombres… y nada. En ninguna parte me dice que hacen o que son. ¿Serán actores? ¿Serán cantantes? ¿Deportistas? ¿Modelos? Sigo investigando y por fin encuentro algo: Él fue pareja de Zutanita hace tiempo. Lo malo es que tampoco se quien es esa chica. Empiezo a deprimirme y sigo buscando ya a la desesperada. Hasta que tirando del hilo de ella… ¡bingo! TUVO UNA RELACIÓN EFÍMERA CON ZUTANITO. Y ese sí se que es el hijo de una cantante que ya ha muerto. Respiro aliviada. Por fin se quienes son estos “famosos”, de donde les viene la “fama”. Estoy actualizada.

Nota: Los personajes y hechos aquí retratados son ficticios. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. 

25/7/20

Apuntes y reflexiones en la ¿Nueva Normalidad?




      Quizá la pandemia va a dejar algo bueno. Con ella nos hemos dado cuenta de que las condiciones en que trabajan y viven los inmigrantes y temporeros en general nos pueden afectar a todos y, mira, a lo mejor así nos decidimos a vigilar ese asunto.
* * *
      Años quejándonos del turismo de masas, de la saturación de turistas en cualquier monumento, de que los indígenas nos vemos desplazados en nuestra ciudad... ¿Y ahora estamos suspirando porque vuelvan los turistas?
* * *
      La mascarilla es obligatoria en Andalucía, pero he observado varios trucos para evitarla por la calle. A saber:
-Ir fumando… aunque el cigarro vaya en la mano apagado.
-Ir comiendo pipas o cualquier otra cosa… de un paquete vacío. 
-Ser joven.
-Ser adolescente.
* * *
      Estamos incorporando a nuestro vocabulario multitud de palabras que no conocíamos. Empezando por coronavirus, que fue la primera que aprendimos, siguiendo por Covid-19 y terminando por una serie de siglas, como PCR y EPI. Saldremos de esto -si salimos- con nuestro vocabulario sumamente enriquecido

      Epílogo:
      Cuando publiqué el primer post en pandemia, me dije que la situación era lo bastante grave como para no mencionarla y tratar cualquier otro asunto. Llevamos ya más de cuatro meses y diecisiete entradas, siempre relacionadas con lo que estábamos viviendo y, aunque lo seguimos viviendo y no sabemos hasta cuando, creo que es el momento de intentar cambiar de tema. No dudo que volveré a tocarlo inevitablemente, pero ya no como tema único. 
   

16/7/20

Los protocolos



      Cuando llevamos ya cuatro meses de pandemia, esta mañana he leído en el móvil este artículo, que no nos dice nada nuevo porque ya sabemos como han discurrido estas cosas, pero me ha llegado al corazón la forma de contarlo alguien que lo ha sufrido personalmente y que lo cuenta con dolor, pero sin resentimiento, sin acusar a nadie. 
      Yo tampoco voy a acusar a los gestores de la pandemia, ni a los políticos, ni a las autoridades sanitarias, pues pienso que todos han hecho lo que han podido. Han tomado decisiones de hoy para mañana y de esta hora para la siguiente, basándose muchas veces en informes contradictorios de los “expertos”, que tampoco sabían muy bien que hacer. Y se han equivocado, sí, es fácil equivocarse en esas condiciones. Se han equivocado, han rectificado… y se han vuelto a equivocar. Hoy, tras cuatro meses de pandemia, solo pienso que no quisiera estar en la piel de ninguno de ellos.
      Sin embargo, hay algo en lo que creo deberían reflexionar: los llamados “protocolos”.  Esas normas rígidas que se han establecido en los hospitales para que –se supone- todo funcione mejor. Normas que, en la mayoría de los casos, echan por tierra lo que debería ser esencial en la atención sanitaria: la humanidad, el trato humano, la compasión por el que sufre. 
      Y he podido comprobarlo de cerca hace unos días, cuando un amigo llevó a su padre a urgencias del hospital con desorientación, malestar general y unas décimas de fiebre. El anciano ingresa en el Área Covid-19 y al hijo lo dejan fuera, sin poder acompañarlo, cosa lógica, aunque dura para los dos. Pasan las horas y no hay la menor noticia, solo que le han hecho la prueba PCR y hay que esperar los resultados. Llega la noche y ni siquiera lo dejan quedarse allí. Váyase a su casa y espere que lo llamen. Y se va sin saber si su padre está igual, mejor… o muriéndose. Al día siguiente, las 8, las 9, las 10 y no llama nadie. Angustiado, va al hospital y tampoco allí resuelve nada. De nuevo: Espere en su casa a que lo llame el doctor.  Veinticuatro horas después del ingreso, por fin lo llaman para decir que la PCR es negativa, que a su padre le dan el alta y lo mandarán a su casa en una ambulancia. No puede ir a por él y verlo antes. Tiene que esperar. Son los protocolos.  
      Y yo me pregunto: ¿Es necesario que sea así? ¿Es necesario añadir dolor al dolor? ¿Se salvan más vidas con eso? ¿Cuesta tanto tener a la familia informada? No hace falta un sanitario para eso, solo una persona, una lista de ingresados en el ordenador y un teléfono.

7/7/20

Epidemias


Jonas Salk (Foto de Wikipedia)


      Hace meses, antes de la pandemia, vi algo por la calle que me impresionó. Delante de mí caminaba una inmigrante americana con una niña de unos 9 o 10 años, que en una de sus piernas mostraba las señales inequívocas de haber sufrido poliomielitis. Y digo que me impresionó, porque me pregunté donde habría crecido esa criatura para no tener acceso a la vacuna, que ha conseguido erradicar la enfermedad en la mayoría de los países.
      Recordé entonces mi infancia, cuando la polio afectaba a tantos niños, cuando era tan corriente verlos arrastrando aquellas piernas delgaditas y paralizadas. Y recordé el miedo que pasé cuando la niña de una vecina, a quien yo había tenido en brazos días antes, amaneció pataleando en su cuna con una sola pierna. Miedo que me lo pasé a solas, pues cuando mis padres me preguntaron alarmados si había estado con ella en esos días previos de la incubación, les dije que no para no asustarlos. Pero cómo me tocaba las piernas al despertarme para ver si las sentía, cómo comprobaba si podía moverlas… Y así hasta que fue pasando el tiempo y me tranquilicé. Hasta la próxima, claro, hasta que hubiera otro caso cerca. O muchos y se dijera que había epidemia de poliomielitis. 
      Pero es que llegaban los veranos y con ellos la tosferina. Menos grave que la polio, pero muy molesta y que también provocaba algunas muertes. Y volvían mis padres a decirme: "No te acerques a Fulanito, que tiene tosferina, no juegues con tus amigas de la calle tal, que hay allí varios casos". Y veías niños revolcándose con la tos, congestionados, rojos como un tomate, vomitando… A algunos los llevaban a la sierra porque se decía que con la altura mejoraban y se les quitaba antes, pero el caso es que seguían tosiendo todo el verano. Otra epidemia para la que no había vacuna ni tratamiento. 
      Y el sarampión, que pasé con 13 años, y las paperas con 17. Con novio y la cara hinchada… 
      Quiero decir con esto que en aquella época convivíamos con las epidemias, sabíamos que periódicamente llegaban y no se podía hacer nada, solo confiar en que no te tocara. 
      Como ahora, ni más ni menos.

29/6/20

Apuntes y reflexiones en la Nueva Normalidad




      ¿Por qué hubo una escalada tan rápida al principio de la pandemia? Porque nos cogió completamente desprevenidos. Y no me refiero a los hospitales, sino a nosotros. Yo fui las primeras semanas al super de enfrente sin mascarilla, allí no había guantes ni gel y, en mi casa, mi mayor desinfectante fue un jabón casero que me regalaron. O sea, que no lo cogí por pura suerte.
* * *

      Me he dado cuenta de que saludo sin palabras, con una sonrisa de boca y ojos. Total, que con mascarilla y gafas de sol… no saludo. Ni doy las gracias cuando me dejan el paso, ni…
* * *

      Durante el confinamiento, mucha gente sacó del armario sus ideas gracias a los memes que nos enviaban en el Whatsapp. Personas que habían aparentado ser de izquierdas durante muchos años, nos sorprendieron con virulentas soflamas de VOX, y amigos, que creíamos descreídos, nos enviaban imágenes y oraciones a todos los santos.
* * *

      Hay personas que se saltan a la torera el virus y las normas, y otras que se pasan de prudentes y cumplidoras. Esta mañana llego a la farmacia y veo a un señor aguantando estoicamente el sol ante la puerta automática. Le pregunto si está en cola, afirma con la cabeza y yo busco la sombra de un árbol cercano. Pasado un rato, que se me hace larguísimo, por fin se abre la puerta, sale un cliente, entra el señor que esperaba y yo ocupo su sitio, lo que me permite ver que la farmacia está vacía, que estaba sólo el cliente que acaba de salir y, como hay tres puestos de farmacéuticos, dos de ellos están desocupados. Así que entro y me dirijo al más distante del señor que me precedía, no sea que se enfade conmigo por no haberle dejado la farmacia solo para él.
* * *

      Viendo la televisión, me pregunto algunas veces si, en las series que están grabando ahora, aparecerán los actores con mascarilla, si la acción discurrirá en tiempos de pandemia o la obviarán. 



Continuará… porque esto también continúa.


20/6/20

Esperanza




DICE LA ESPERANZA: UN DÍA...
Dice la esperanza: Un día
la verás, si bien esperas.
Dice la desesperanza:
Sólo tu amargura es ella.
Late, corazón... No todo
se lo ha tragado la tierra.
A. Machado

      Venimos hablando de si somos mejores o peores que antes y ya sabéis que mi opinión es negativa, que mi experiencia va a el sentido de que las relaciones entre las personas van siendo cada día más distantes, menos afectivas, menos caritativas en el auténtico sentido de la palabra. Pero de vez en cuando surge algo que nos hace confiar en que no todo está perdido, nos hace vislumbrar un rayo de esperanza para seguir creyendo en el ser humano.
      Hoy he hablado con una amiga y me ha dicho que todavía no ha salido desde que empezó la pandemia y que los vecinos se lo resuelven todo. Una le lleva el pan todos los días, otro la compra del supermercado, otra el pescado y la carne, también casi todos los días. Le van a la farmacia, le bajan la basura… Y no es que sean muchedumbre, pues la casa es pequeña, solo tres pisos y el suyo. O sea, que son solo tres familias las que han cargado con la responsabilidad de que ella no tenga que salir a la calle al ser persona de riesgo por su edad. Y lo han hecho por propia iniciativa, sin que ella haya tenido que pedírselo. Fue confinarnos y un vecino joven con el que solo había cruzado las palabras de cortesía al encontrarse en el portal o en el ascensor, subió a su casa a ofrecerse y, desde entonces, cada vez que va en su coche a hacer la compra, le pregunta que quiere y se lo trae.     
      Y así llevan todos más de tres meses. ¿No es admirable? Me dan ganas de vender mi piso y mudarme allí…

11/6/20

Almanaque de taco. Junio, 11



      Hace tiempo que no le presto atención a mi almanaque de taco, quizá porque la urgencia de la actualidad que hemos estado viviendo nos impedía detenernos en sus "pensamientos profundos".  Sin embargo, hoy, al arrancar la hoja, me ha saltado a la vista aquella frase de la Madre Teresa, que tanto dio que hablar -y que discutir- en aquel momento.
      Hay que cambiar las estructuras, pero si no le doy un vaso de leche a este niño AHORA MISMO, se me muere.
      Hablábamos mucho entonces de las estructuras, de que el mundo tenía unas estructuras injustas y había que cambiarlas. Y todo se nos volvía discutir la forma de cambiar esas estructuras para que el mundo fuera más justo. Incluso se llegó a decir que la Caridad impedía ese cambio, que acallábamos nuestra conciencia ejerciendo la Caridad y eso mantenía las estructuras injustas.
      Y entonces llegó la Madre Teresa con su frase a ponernos los pies en el suelo. A decirnos que, mientras nosotros discutíamos, a ella se le morían los niños en los brazos. Que donar leche quizá era Caridad y no Justicia, pero que, mientras llega la Justicia, es necesaria la Caridad. Y que es bastante más fácil sentarnos en una mesa a discutir como arreglar el mundo, que compartir lo que tenemos con los demás. Sea dinero, tiempo, trabajo...
      Viene esto a cuento de que, con esta crisis sanitaria y económica, ha aumentado lo que se ha dado en llamar cruelmente las colas del hambre. Y digo aumentado porque esas colas ya existían pre-pandemia ante Cáritas y los comedores sociales que, casualmente, todos o casi todos están sostenidos por asociaciones ligadas a la Iglesia Católica y atendidos por voluntarios. O sea, Caridad. O sea, AMOR. Que eso significa la palabra Caridad.
      Y ahora vamos y lo discutimos en las Redes sociales...

3/6/20

Saldremos mejores




      Llevamos ya casi tres meses de crisis sanitaria y confinamiento y, a lo largo de este tiempo, hemos oído y leído muchas veces que de esta vamos a salir mejores y más solidarios. Sin embargo, ahora que medio se ve el final del túnel, me temo que la cosa no va por ahí. No estamos saliendo mejores, sino todo lo contrario. Empezando por los políticos (que mejor no entremos en eso), siguiendo por las Redes y terminando por nosotros mismos y los que nos rodean. No se si es que estamos nerviosos, cansados de confinamiento, si es que esta situación nos ha hecho sacar del armario nuestra ideología y nuestros sentimientos ocultos o, sencillamente, que somos cada día peores. Han pasado tres meses y somos peores que hace tres meses.

      Y lo digo con toda la autoridad del mundo, pues en estos días he sufrido una agresión verbal y escrita de un vecino, como nunca pensé que pudiera sufrirla de alguien que se supone educado y hasta intelectual. Lo que me lleva a plantearme –de nuevo- una serie de cosas y hacerme una serie de preguntas.

      Echo la mirada atrás y veo que las mayores agresiones de este tipo se me han dado precisamente rondando o pasados los 80. ¿Significa eso que se deben a mi vulnerabilidad como anciana? ¿O a que estoy sola, sin un hombre que me respalde? ¿Significa que ciertas personas se ensañan, precisamente, amparadas en su impunidad, en mi ausencia de respuesta?  Un amigo joven me dice que no, que es que “la gente” ahora es así, que la vida va en ese sentido. Y yo le contesto que, entonces, no me gusta esta vida, no creo que valga la pena vivirla.

26/5/20

Fiesta confinada

      
      Hoy se celebra en Granada el día de Mariana Pineda. Mejor diría se conmemora, ya que recuerda su muerte a garrote vil en defensa de sus ideales. Pero es que este año tampoco podemos decir que se conmemora, pues no habrá la ceremonia ante su estatua de otros años, a causa de la situación que vivimos. 

      Por ello, un grupo de personas, unas conocidas y otras anónimas, reunidas en la Plataforma Granada Abierta, ha grabado este vídeo con objeto de celebrarlo virtualmente y, al mismo tiempo, reivindicar que este día sea festivo en años venideros.



19/5/20

Del coronavirus, los viejos, el Papa, los bares, la Biblia, Susana y la incoherencia.



      A poco de declararse la pandemia y cuando los hospitales amenazaron con el colapso, empezamos a leer y oír cosas como esta. Pero es que ahora, dos meses y 30.000 muertos después, seguimos leyendo y oyendo lo mismo por activa y por pasiva, incluso con documentos gráficos como este. Y la verdad es que estoy hasta el… moño (que no tengo) de que, día tras día, se cuestione mi derecho a vivir, a seguir viva a pesar de mi edad.
      Y, mirad por donde, el otro día y a través de Unjubilado, aterrizo en el blog de una señora, que atiende al nick “Susana” y que, ante el dilema Viejos vs.Economía, se inclina por la Economía y dice cosas como esta:
      Por cierto, seguirá muriendo gente en España. Más que nada porque es lo normal y los mayores de ochenta años tienen todos los puntos. Han llegado a la esperanza de vida. Que no se mueran de Covid es lo mejor pero se morirán de otra cosa. Es ley de vida. Lo que pasa es que nadie nos lo cuenta”.
      Me sienta el párrafo como un puñetazo en el estómago, pero sigo explorando el blog y viendo que está lleno de citas bíblicas, con lo que empieza ya a no cuadrarme la cosa y se lo digo en un comentario. Observo también que las citas proceden de la Reina-Valera, una traducción de la Biblia de la que ya hemos hablado aquí varias veces y que considero un poco antigua, pero seria y respetable. Nada que objetar, por tanto, pero llego a la conclusión lógica de que la señora Susana profesa la fe de Lutero. Algo también muy respetable, por cierto.
      Como soy curiosa, sigo explorando y veo también que la señora Susana es una convencida antiabortista, lo que tampoco me encaja con el párrafo de marras. ¿Defender la vida del no nacido y cuestionar la del anciano que está vivito y coleando? No parece que eso tenga mucho sentido. Pero cuando mi desconcierto llega al culmen es cuando veo que tiene un blog en el que pone a parir al Papa Francisco y que encabeza diciendo:
      Esta es mi contribución personal a la crítica al llamado Papa Francisco, a través de sus propias declaraciones, con una interpretación basada en las escrituras. Espero que lleguen a la misma conclusión que yo sobre que el Papa legítimo sigue siendo Benedicto XVI y después deberá elegirse otro.
      Y ahí ya me pierdo, pues ¿qué más le da a una protestante que el obispo católico de Roma sea  este o aquel? ¿Y todo un blog dedicado a atacarlo? Acepto que no comparta su ideología, pero me parece mucho esfuerzo para algo que ni le va ni le viene. A no ser, claro está, que como el argentino cumple ya 84 añazos…

Nota al margen: Estas preguntas se las he hecho en un comentario, pero, desgraciadamente, no ha pasado la moderación y nos quedamos sin saber las respuestas.

10/5/20

Daños colaterales de una pandemia






      Ahora que ya empiezan a trabajar las peluquerías, me he acordado de que, cuando llevábamos casi un mes de confinamiento, hablé por teléfono con una amiga, que me contó su “tremendo” problema: No puede ir a la peluquería y ella no sabe hacerse nada, por lo que su pelo ya no aguanta más. Ni el peinado ni el tinte. Yo pienso que ya no es solo cuestión de estética, sino de higiene, pues esa cabeza sin lavar tanto tiempo debe ser algo así como una selva habitada. Pero no se lo digo, por supuesto, y sigo oyendo sus quejas. Que ella siempre había pensado que, si se ponía enferma, la peluquera iría a su casa o, en el peor de los casos, su hija o la limpiadora podrían hacerle un apaño. Pero ahora ni peluquera, ni hija, ni limpiadora… 

      Una vez terminada la conversación, me vino a la memoria el momento en que decidí no tintarme el pelo para cubrir las canas. Durante años, fueron apareciendo, pero como mi pelo era de color claro, no se notaban demasiado e, incluso, quedaban bien. Hasta que ya había más pelo blanco que de mi color y la peluquera empezó a decir que debía tintarme o, al menos, ponerme unas “mechas”. Pero yo no me decidía, pues ¿de que color me teñía? Castaño no, ya que nunca lo había tenido así y me iba a ver rara. ¿Rubio? Ahora hay mejores tintes, más naturales, pero entonces no había más que ese “color tortilla de patatas” que veía en otras y no me gustaba nada. Y en esas estaba cuando la hermana de una amiga enfermó gravemente y fue ingresada en un hospital bastante tiempo. Tenía un tinte en el pelo de un color rojizo muy llamativo y, cuando fueron pasando las semanas y el pelo fue creciendo, le aparecieron las raíces blancas, una franja de varios centímetros que hacía un enorme contraste con lo rojo. Y allí estaba, con la mala cara de quien se está muriendo y aquella cabeza en dos colores, como una bandera. Y, entonces, mirándola en la cama del hospital, tomé la decisión de no tintarme, pues, aunque yo me manejo bien para arreglarme el pelo y no voy a la peluquería más que a cortarlo, el tinte sería obligatorio con más frecuencia y me podría ocurrir lo que a la hermana de mi amiga.

      Y no podéis imaginar la de veces que me he alegrado de aquella decisión. Ese día, sin ir más lejos, hablando con esa amiga, y todo el tiempo que ha pasado desde entonces. Me he alegrado de no tintarme y de saber arreglarme el pelo desde niña., pues malo es que terminemos dependientes para otras cuestiones, pero ¿para eso?


3/5/20

Día de la Cruz






      Hoy es Día de la Cruz en Granada. Un día que se celebra como podéis ver en este álbum tan colorido. Se celebraba, claro, hasta este año que no puede ser. Sin embargo, el Ayuntamiento ha hecho un intento para que no pase desapercibido, a pesar de las circunstancias, y ha organizado un concurso para las cruces que instalen los vecinos en los balcones y en sus casas. Lo que me ha hecho recordar como era este día en mi infancia. 

      Estábamos en plena posguerra, la tradición de las cruces casi se había perdido con los tres años de tragedia y los posteriores de represión, aunque se decía que en ciertas “casas de vecinos” (lo que en otros pagos se les llama corralas) estaban recobrando tímidamente la fiesta levantando una cruz en sus patios y bailando ante ella, a pesar de las prohibiciones de los obispos. Pero mi recuerdo va principalmente a las pequeñas cruces que montábamos los niños en nuestras casas y que visitaban los otros niños e, incluso, padres de nuestros amigos, en un recorrido en el que unos íbamos a la casa de los otros admirando la cruz del vecino o pensando que la nuestra era mejor. 

      Y me acuerdo de la mía, siempre hecha con dos cañas cruzadas y cubiertas de celindas, las celindas que me brindaba el enorme arbusto de nuestro patio, completamente florido por esta época. Recuerdo como las iba colocando sujetas con un hilo, que quedaba escondido entre las flores, y recuerdo como luego buscaba cualquier cosa que a mí me pareciera propia de colocar alrededor, sobre un lecho de pétalos de rosa. Algún platito pequeño de cerámica, estampas, jarrones también pequeños con flores, macetas minúsculas… Todo el año pensando en eso, guardando cosas para la cruz. Hasta los dos trozos de caña había que pensarlo con tiempo y aprovechar cuando se rompiera una escoba… Pero llegaba mayo y allí estaba mi cruz en la mesa del recibidor, a la entrada, para que la chiquillería que la visitaba no incordiara demasiado a mis padres invadiendo la casa y hubiera pétalos de rosa pisoteados hasta el último rincón.


24/4/20

MUFACE y el coronavirus





      Seguramente todos sabéis lo que es MUFACE, pero por si acaso, aquí os dejo un par de enlaces, en los que, con paciencia y un poco de manejo del lenguaje administrativo, quizá lleguéis a tener una idea más o menos clara. Por tanto, me voy a limitar a hablar de su funcionamiento a nivel de usuaria. (En adelante, mutualista

      El mutualista, o sea, esta que escribe, elige una de las compañías aseguradoras de salud con las que MUFACE tiene concierto, elige un médico de atención primaria de esa compañía, procurando que esté cerca, y acude a él provista de su tarjeta sanitaria y su talonario de recetas de MUFACE, de cuya adquisición hablaré al final porque esa es otra historia. Quedamos, por tanto, en que esta que escribe acude a la consulta privada de un médico, que suele estar en su propia casa, explica sus males, coloca sobre su mesa la tarjeta sanitaria de la compañía y el talonario de recetas, el médico escribe las recetas correspondientes, las firma y las sella, pasa la tarjeta por su datáfono, verifica en su ordenador que la reconoce y la mutualista se va a la farmacia. Allí le dispensan los medicamentos y paga el 30% de su importe. Sí, habéis leído bien: el 30% a pesar de sus años. Lo que de un medicamento barato no supone mucho, pero de uno caro puede ser una cantidad importante y no hay límite ni tope alguno.

      Este es el sistema que, en situación normal, funciona pasablemente, pero ¿qué ocurre en una crisis como esta? Pues que el médico de atención primaria cierra su consulta, porque está en su casa y hace lo que le parece bien, y la mutualista se queda sin nadie que le haga las recetas. Pide un medicamento de favor en la farmacia asegurando que más adelante le llevará la receta, pero días después necesita otro y lo pide también, recibiendo ya una respuesta no muy favorable, como es lógico, ya que el farmacéutico no tiene obligación de hacerle ese favor. Pero la pandemia sigue, los medicamentos se agotan, la mutualista empieza a racionarlos, poniendo en riesgo su salud y bienestar. Recurre entonces, a hablar con la compañía y encuentra que la oficina está cerrada y el teléfono remite a la central de Madrid, en donde tras cuatro intentos fallidos, en los que ha tenido que dar todos sus datos una y otra vez, consigue hablar con un operador, que consulta su ordenador y le comunica que, desgraciadamente, TODOS los médicos de atención primaria han cerrado y la única opción que tiene es el hospital (que no está ahora como para estos asuntos) y una clínica en el extremo opuesto de la ciudad, que a la mutualista le obligaría a usar un medio de transporte no recomendable para ella en estos momentos. A estas alturas, la mutualista está ya que muerde, se enfada lo más discretamente que puede y el operador le aconseja que hable con MUFACE, que es la “dueña” de las recetas y a quien le corresponde su gestión. 

      La mutualista se toma un vaso de agua y espera un rato para serenarse antes de intentar el nuevo camino. Tras varios intentos también, consigue hablar con un señor al que explica, por quinta o sexta vez, el problema que le aflige y este, después de una larga discusión en la que defiende a capa y espada a quien le paga, con argumentos bastante absurdos, sugiere a la mutualista dos opciones: La Cruz Roja, que recogerá de su casa el talonario y la tarjeta sanitaria, lo llevará a tres kilómetros para que un médico rellene y firme la receta, irá a la farmacia y traerá el medicamento a casa de la mutualista, cosa que esta rechaza porque, en la situación que estamos, se le cae la cara de vergüenza de utilizar de esa forma a un voluntario de la Cruz Roja para conseguir un medicamento de lo más corriente. La otra opción le parece mejor, aunque gravosa e incierta. Consiste en pagar en la farmacia la totalidad del precio (siempre que el farmacéutico quiera dárselo porque va en contra de la norma de venta con receta) y más adelante, cuando esto termine, reclamar a MUFACE el pago que le corresponde mediante factura emitida por la farmacia. (¿?)

      Y esta es la historia de ese “privilegio” de la sanidad privada. Ese por el cual se le han echado encima a la ministra, que se fue con su coronavirus al hospital que le correspondía como funcionaria. Que no se si a ella, por ser ministra, le funcionará mejor, pero ya veis como le funciona a esta mutualista de a pie que escribe.               

ANEXO. Los talonarios de recetas los consigue el mutualista de dos formas:

a) Acudiendo a la oficina de MUFACE (una sola para toda la ciudad) y armándose de paciencia, porque la gestión puede durar toda la mañana. 

b) Pidiéndolos on line con certificado electrónico. Algo que tienen todos los mutualistas mayores de 80 años, por supuesto.

ACTUALIZACIÓN. (30/04) La cosa va mejorando. Por lo que me han dicho, también falla la obtención de talonarios. La oficina está cerrada y tampoco llegan pidiéndolos on line.


17/4/20

Después




      Cuando somos jóvenes, hablamos mucho de Carpe diem, pero la realidad es que vivimos mirando hacia adelante, de cara al futuro, y solo cuando ese futuro se va acortando, es cuando de verdad vivimos el momento presente. Y el pasado, por supuesto, pero este solo se recuerda, no se vive. Yo llevo ya años diciendo que soy incapaz de hacer planes que vayan más allá de la semana próxima. Y no es que piense que me voy a morir pasado mañana, sino que me es imposible contemplar un futuro más lejano. No me alcanza la vista, supongo…

      Pero ahora el coronavirus nos está obligando a aplazarlo todo. Nada puede ser ahora, todo queda pendiente. ¿Para cuando? La semana próxima no, está claro, y el “más adelante” es una nebulosa. Inevitable, entonces, la sospecha de que, a esta edad, aplazar es renunciar