22/9/18

Tuiteando


 


      Como podéis ver, eso de ahí arriba es un tuit, en el que he borrado el autor porque en el colegio me enseñaron que se dice el pecado, pero no el pecador. Y pecado –y gordo- es este tuit.

      Vamos a ver, señor tuitero: ¿Solo la hija de un rey tiene la vida resuelta? ¿La de un millonario no? ¿Qué me dice de la hija de Don Amancio? ¿Y la del señor Roig (si es que la tiene)? Eso por no salirnos de lo local, que, si traspasamos las fronteras, por ahí anda brujuleando hace tiempo una tal Paris Hilton, que hace muchas cosas, pero pelear, lo que se llama pelear por las habichuelas, me parece que no mucho.

      Por favor, seamos serios. Si queremos criticar o rechazar algo, hagámoslo con argumentos sólidos y verdaderos, porque con chuminás como esta lo único que conseguiremos es el efecto contrario. Carmen, la hija del tuitero, tendrá que “pelear cada cosa que consiga”, pero no porque no sea hija de un rey, que eso es algo que le ocurre a bastantes personas, sino porque si todas las visiones de la vida que reciba de su padre son como esta… va lista la criatura.
  

13/9/18

El terremoto







      El “enjambre” de pequeños terremotos que estamos sintiendo en estos días, me ha hecho recordar el que sufrimos el 19 de abril de 1956. Como vemos en este vídeo, fue un terremoto de magnitud 5 e intensidad 8, con epicentro en Sierra Elvira, que causó víctimas y graves daños, sobre todo en Albolote y Atarfe, pero también se dejó sentir con fuerza en Granada capital. Fue alrededor de las 7:30 de la tarde y a mí me cogió en el cine, un cine pequeño, escalonado, donde proyectaban una película en la que intervenían las quintillizas Dionne, y estaba acompañada por un chico con el que iniciaba entonces un noviazgo que fue “oficial” pocos días después.

      Así que estábamos tan tranquilos viendo nuestra película, cuando todo empezó a moverse bruscamente. La butaca bailaba y en la pantalla no se veían cinco gemelas, sino cincuenta… La gente gritaba y corría hacia la puerta, se encendieron las luces y la proyección se cortó. Pero nosotros nos quedamos inmóviles, yo me agarré al brazo del chico y no cruzamos ni palabra. Cuando el “baile” terminó, el cine estaba casi vacío, pero los que quedábamos seguimos allí y, un rato después, se apagaron las luces y continuó la película. Al terminar, dimos una vuelta por la ciudad supongo que comentando el “meneo” y volví a mi casa a la hora establecida normalmente.

      Y allí me encontré la sorpresa: una madre asustada y llorosa y un padre que me armó una bronca fenomenal. Al parecer, había ido al cine para ver si me había ocurrido algo y el portero le dijo que allí no quedaba casi nadie, que todo el público se fue con el terremoto. Regresó entonces a mi casa, sin saber donde estaba yo, y allí esperaron hasta que a mí se me apeteció volver con cara de aquí no ha pasado nada. No recuerdo que hice entonces, pero sí se me quedó grabada una frase de mi padre: Podíamos estar muertos y a ti no te ha importado.  En aquel momento, la bronca de mi padre me pareció injusta, pero con el paso de los años me di cuenta de que tuvo más razón que un santo, que yo no había pensado en ellos ni en las víctimas que podrían estar ingresando en los hospitales. No había pensado en nadie, solo en el chico de la butaca de al lado, en la película… y en mí misma. Ahí empezaba y terminaba mi mundo. Había actuado con la inconsciencia, la despreocupación y el egoísmo propios de mi edad.

      Porque de niños, de adolescentes y de muy jóvenes somos así, no pensamos más que en nosotros, y solo con el paso de los años, con la madurez, vamos desarrollando la comprensión hacia el otro, la empatía, el ponernos en su lugar. Por eso, con la madurez llega lo que llaman los psicólogos “convertirnos en padres de nuestros padres” y esos conflictos, que son frecuentes en la adolescencia y juventud, van desapareciendo porque miramos a nuestros padres como se mira a un niño, al que hay que proteger, cuidar y perdonar las travesuras propias de su edad.


29/8/18

Sacco y Vanzetti


      Empezamos Agosto con una canción moderadamente triste, pero luego nos pusimos serios comentando el artículo de Alfredo Gómez, así que ahora casi que pega terminar el mes en la misma línea. Con un tema semejante, pero también con una canción que habla de él. El tema es la historia de Sacco y Vanzetti, que ya conocemos y que es una historia más de xenofobia, de odio al diferente... de injusticia de la Justicia.
      Y la canción es de Ennio Morricone, la estrenó Joan Báez, autora de la letra, como Here's to you, pero yo la conocí en la voz de Georges Moustaki con el nombre de Marcha de Sacco y Vanzetti.

16/8/18

Dióscoro Galindo





      Interrumpo las entradas musicales de Agosto para traer aquí un artículo, que me parece muy interesante, recién publicado en el Blog de Cultura de la Junta de Andalucía. Lo firma un amigo, Alfredo Gómez Rubio, y habla de Dióscoro Galindo, el maestro asesinado junto a García Lorca hace ahora 82 años, precisamente en estos días se cumplen.

      Clareaba el día en aquella mañana de mediados de agosto. Era el momento designado para reanudar lo que se estaba convirtiendo en una triste rutina de muerte. Siempre igual… y siempre distinta, porque los protagonistas, en número variable, jamás eran los mismos. En esa mañana, se trataba de cuatro varones: unos hombres armados los hicieron subir a empujones al cajón de un camión para recorrer una distancia corta, la que separaba La Colonia (1) de algún lugar indeterminado entre el Barranco de Víznar y Fuente Grande.



6/8/18

Por la mar chica del puerto







      Metidos ya en agosto, toca traer aquí música para ayudar a sobrellevar lo que llaman "rigores del estío". Y este año empezamos con Mayte Martín, una cantante/cantaora que ya hemos visto y oído otras veces. Y con un disco en el que pone música a los poemas del malagueño Manuel Alcántara, al que leo todas las mañanas en IDEAL desde tiempo inmemorial.
      El disco tiene por título un ingenioso juego de palabras – ALCANTARAMANUEL- y de él vamos a oír esta canción, que es una de mis preferidas de las doce que contiene. A continuación, copio el poema, pues creo que vale la pena leerlo despacio, pero como en la web de la Fundación Manuel Alcántara prohíben tajantemente que se copien y se reproduzcan sus poemas, yo respeto esa decisión y lo que he copiado es la letra del disco de Mayte Martín, que tiene levísimas diferencias con el original, como podéis comprobar aquí



       Por la mar chica del puerto
       andan buscando los buzos
       la llave de mis recuerdos.

       Se le ha borrado a la arena
       la huella del pie descalzo
       pero le queda la pena
       y eso no puede borrarlo.

       Por la mar chica del puerto
       el agua que era antes clara
       se está cansando de serlo.

       A la sombra de una barca
       me quiero tumbar un día;
       echarme todo a la espalda
       y soñar con la alegría.

       Por la mar chica del puerto
       el agua se pone triste
       con mi naufragio por dentro.

28/7/18

Brutal




      Cuando, hace unos días, me tropezaba con este vídeo al entrar o salir del correo, ya de entrada me molestó el título.

      En el vídeo –que debe estar todavía en algún rincón de Yahoo, pero no me he molestado en buscarlo- se ve la reacción de esa chica cuando el hombre que se acerca por la derecha, le toca el trasero al pasar a su altura y sigue andando. La chica se revuelve, corre trás él, lo alcanza, y se lía a golpes contra su espalda. Y esta reacción la califica Yahoo como “brutal”. Supongo que será la traducción de la palabra original que estará en inglés, pero ¿no han encontrado otra? En el texto habla de “sorprendente”, pero es que habría muchas más. Enérgica, indignada, incluso se podría admitir (con matices) exagerada, pero ¿brutal?. Brutal viene de bruto. ¿Es bruta la camarera? ¿Es una brutalidad aporrear la espalda de un hombre mucho más corpulento que ella?

      Me parece que estamos siempre en el mismo sitio.   
  

18/7/18

Querido WhatsApp






       WhatsApp es un medio de comunicación instantánea muy efectivo y útil, que todos usamos y que nos resuelve muchas situaciones que nos serían más complicadas por otros medios.  Hasta ahí estoy de acuerdo. Sin embargo, creo que tiene un defecto importante. Me explico.

      Cuando llamamos a un teléfono, sea fijo o móvil, si el abonado está manteniendo una conversación con otra persona, el teléfono nos da ocupado o comunicando y solo si el abonado tiene activada la llamada en espera, esta no se interrumpe. En los demás casos, quien llama tiene que esperar a que termine de hablar la persona con la que quiere comunicar.

      Pero en el WhatsApp no. Ahí lo que vemos es que esa persona está “en línea” y, si no somos prudentes, podemos irrumpir en la conversación que está manteniendo, poniéndola en la disyuntiva de ignorarnos o intentar mantener la conversación a dos bandas, con lo que una de las dos personas con las que intenta hablar sufre las esperas de su conversación con la otra. O las dos. Porque no olvidemos que el WhatsApp es una conversación por escrito. O con mensajes de voz. Pero una conversación en la que dos personas se comunican igual que si estuvieran frente a frente. Y lo correcto es que, si dos personas están hablando, no intervenga una tercera interrumpiendo su diálogo. Y aquí está el problema de Whatsapp, que permite esa interrupción y, como no siempre somos prudentes, se pueden producir situaciones muy incómodas y dar lugar a conflictos entre los usuarios. No menciono el sistema de los grupos porque ahí los que forman el grupo aceptan voluntariamente esas interrupciones, pero no siendo ese caso, Whatsapp debería habilitar un sistema similar a los teléfonos y no permitir la comunicación con el usuario que está manteniendo una conversación hasta que esta termine.

8/7/18

Quizá siempre fue así



      Quizá siempre fue así y no nos dimos cuenta. Los jóvenes nos íbamos, los viejos se quedaban. Y nosotros, los jóvenes, no sabíamos de su soledad, de su tristeza, del vacío de sus horas, de sus miradas a un reloj que no terminaba de marcar la hora de la cena y, luego, la hora de acostarse. 

      Estábamos en nuestra vida y ellos en la suya.


3/7/18

La losa



Foto de EFE en El Español

      Por mi edad, es evidente que viví la dictadura franquista desde el principio hasta el fin. De niña, con mi inocencia, de muy joven tampoco muy consciente, pero con la madurez se puede decir que llegó la “conversión”, abrí los ojos a lo que estábamos viviendo y tomé partido. Viví entonces la falta de libertad, el dolor de las detenciones, de los apaleos de los grises, incluso de los muertos cercanos en las manifestaciones. Viví la injusticia, la rabia, el miedo… Pero nunca dejé que anidara en mí el odio, sabiendo que es un sentimiento destructivo que no nos lleva a ninguna parte. Gracias a ello, cuando murió el dictador no brindé ni lancé cohetes, pero el día del entierro me senté ante el televisor para comprobar con mis propios ojos como le daban sepultura. Y lo vi. Vi como arrastraban una enorme losa de tonelada y media, la vi correr poco a poco sobre el agujero por el que había desaparecido el ataúd, hasta que lo cubrió del todo sin dejar un resquicio, sepultando 40 años nefastos. La sensación que experimenté entonces fue indescriptible y ni aún ahora, tantos años después, puedo describirla. Pero lo que sí se es que no me gustaría nada ver levantar esa losa. Me da miedo, lo confieso. Vayamos a historias…

26/6/18

En tirantes





      ¿Qué veis en esa foto tomada en las pruebas de Selectividad? Yo veo que varias de las chicas van muy veraniegas como corresponde a la época. Y lo primero que he pensado al verla, es en un catedrático de Farmacia de cuyo nombre me acuerdo, pero no menciono por respeto a su familia. Este señor (por llamarlo de alguna manera) formaba parte todos los años del tribunal de aquella terrorífica reválida que culminaba los siete cursos de Bachillerato y, en el examen oral, se dedicaba a piropear a las chicas de tal forma que les era difícil pasar esa prueba de lo nerviosas que se ponían. Y, claro, a la hora de enfrentarse a la Reválida, el mayor temor que sentíamos no era al examen en sí, sino al catedrático, y nos preparábamos desde años antes para hacerle frente y que sus comentarios jocosos sobre nuestro físico o indumentaria no afectaran a la exposición de nuestros conocimientos.  O sea, a pasar de él, hablando claro. Curiosamente, no se contaba nada de que hiciera lo mismo con sus alumnas en Farmacia, quizá porque, ya más mayores y seguras de sí mismas, podían contestarle lo que se merecía.

      Afortunadamente, en el siguiente plan de estudios esta reválida desapareció y aquel tipo no pudo ya ejercer su machismo año tras año. Hace ya un tiempo, una visitante de este blog, me “acusó” de feminismo y yo le contesté que tenía el que se derivaba de lo que había vivido. Y este es un ejemplo claro de lo que digo.


18/6/18

Esto





      Cuando me despierto por la mañana, me digo:

      -Tengo que hacer esto, esto y esto.

      Algunas veces llego a esto y esto, pero casi siempre me quedo en esto.

      Frustrante.

  

7/6/18

Antonia





      Antonia (nombre ficticio) enviudó a los 70 años, pero le quedó una pensión decente de su marido, que le permitía vivir sin problemas económicos en el piso de su propiedad. Un solo hijo, Agustín (nombre también ficticio) casado y con una niña, que vivía de alquiler porque nunca le apeteció comprar, sabiendo que con los años el piso de sus padres sería suyo. El piso alquilado era céntrico, caro, pero lo pagaban con el sueldo de su mujer y con el suyo bastaba para mantenerlos a los tres con holgura. Pero llega la crisis, la mujer pierde su empleo y el sueldo de él no alcanza para pagar el alquiler y mantener el nivel de vida al que están acostumbrados. ¿Solución? Irse a vivir a casa de su madre. A Antonia esto no le hace mucha gracia, pero es su hijo y no va a dejar que pase apuros y no tenga donde vivir, así que se mudan todos… y empiezan los problemas. Diferencias de horarios en las comidas y sueño, pérdida de libertad por ambas partes, mal entendimiento entre suegra y nuera (cosa que ocurre hasta en las mejores familias) Y entonces Agustín (Tinín para su madre) empieza a convencerla de que estaría mejor atendida en una residencia, que ellos pasan mucho tiempo en la calle, que algunos fines de semana se van y se queda sola, que pasan los años y llegan los achaques... A Antonia esto le gusta todavía menos, se resiste a salir de su casa, pero termina por ceder y marcha a la residencia resignada. Al principio lo pasa muy mal, echa de menos su casa, sus vecinos y su barrio, pero con el tiempo se va acomodando, hace amistades en la residencia, las cuidadoras son agradables y cariñosas, y llega un momento en que se siente a gusto.

      La crisis aumenta, a Agustín le reducen las horas y el sueldo, su mujer sigue sin trabajo y el dinero no alcanza. Alumbran una idea luminosa: la pensión de la abuela. Si vuelve a vivir con ellos, esa pensión ayudaría, ya que la abuela tiene pocos gastos. Y aquí tenemos a Antonia volviendo a su casa cuando ya se ha acomodado a la residencia. Sin ganas, sabiendo que empezarán de nuevo los problemas y sintiéndose en casa ajena, pues aquel piso ya está distinto, ya no es el que ella dejó. Sus muebles no están, ni sus cosas, ni sus recuerdos. No es su casa.
  
      Ha pasado el tiempo, al parecer la crisis está disminuyendo, Agustín ha recobrado el horario y el sueldo, su mujer está en vías de tener trabajo. Ya no hace tanta falta la pensión de la abuela. O sea, que Antonia se ve de nuevo camino de la residencia, pero no de aquella en la que estaba tan bien, ya que su querido Tinín no ha perdido el tiempo en estos años y la tiene en lista de espera para una de la Seguridad Social, “donde te atenderán mejor de tus achaques, que ya es mucha edad la que tienes y esto irá de mal en peor”.

      Antonia, nombre ficticio, mujer real.