24/8/26

Joan Carles March Cerdà

 

IDEAL 19.08.26

      

        Joan Carles March Cerdà es profesor de la Escuela Andaluza de Salud Pública (EASP)pertenece al Instituto de Investigación Biosanitaria de Granada (IBIG) y es miembro del Ciber de Epidemiología y Salud Pública. Escribe con frecuencia en IDEAL y siempre con sensatez y mucha humanidad. El viernes pasado publicó un artículo que no puedo copiar aquí por ser demasiado largo, pero que voy a intentar poner los párrafos más sobresalientes, porque pienso que puede ser útil en emergencias de cualquier tipo. El artículo se titula  Granada tiembla y nosotros también: cómo convivir con el miedo mientras continúan las réplicas. Y empieza diciendo:

La sucesión de movimientos sísmicos nos mantiene a miles de granadinos en alerta. Saber qué hacer, evitar los bulos y entender las reacciones de nuestro cuerpo puede ayudarnos a recuperar una sensación de seguridad que el terremoto ha puesto a prueba.

Granada lleva horas mirando al suelo. Después del terremoto de esta última mañana, los movimientos sísmicos y las réplicas han mantenido a muchas personas pendientes de cualquier vibración, cualquier ruido y, sobre todo, de la pantalla del teléfono. En muchos hogares se repite la misma pregunta: «¿Volverá a temblar?».

Es una pregunta comprensible. También es una pregunta para la que nadie puede ofrecer una respuesta exacta.

Y quizá esa sea una de las partes más difíciles de gestionar después de un terremoto: la incertidumbre.

       Pasa entonces a enumerar la información y los consejos que nos dan los expertos respecto a lo que hacer en un terremoto y en las réplicas que lo sigan. Y, a continuación nos dice:

La otra réplica: la que ocurre dentro de nuestra cabeza

Hay un fenómeno del que se habla menos.

Después de varios movimientos sísmicos, el cerebro puede quedarse esperando el siguiente.

Una puerta que vibra. Un camión pesado que pasa por la calle. Una ventana que se mueve. El ruido de un mueble. Y de repente aparece la sensación: «Está temblando otra vez». El organismo permanece en modo vigilancia.

Podemos notar palpitaciones, temblores, tensión muscular, sudoración, respiración acelerada, mareo, irritabilidad, dificultad para concentrarnos o una necesidad constante de comprobar las noticias. También puede aparecer insomnio.

Algunas personas tendrán miedo de quedarse solas. Otras no querrán dormir en su vivienda. Algunas se despertarán sobresaltadas ante cualquier ruido.

Todo ello puede formar parte de una reacción normal después de una experiencia que nuestro cerebro ha interpretado como una amenaza.

Tener miedo después de un terremoto no significa estar enfermo.

Significa que nuestro sistema de alarma está haciendo su trabajo. Lo importante es observar cómo evoluciona.

No necesitamos vivir pegados al móvil

En una situación de incertidumbre, buscar información puede hacernos sentir más seguros.

El problema aparece cuando la información se convierte en vigilancia permanente. Sin darnos cuenta, podemos estar alimentando precisamente aquello que queremos reducir: la sensación permanente de peligro.

Estos días conviene seleccionar fuentes fiables y limitar el consumo continuo de información.

      Partiendo de esto, nos previene contra los bulos. 

El terremoto también puede convertirse en un problema de salud pública cuando llegan los bulos.

Compartir información falsa no es una acción inocente. Puede provocar que algunas personas abandonen viviendas seguras, se desplacen innecesariamente, saturen servicios de emergencia o pasen noches enteras sin dormir.

En una emergencia, informar también es cuidar. Antes de reenviar un mensaje deberíamos preguntarnos tres cosas: ¿quién lo dice?, ¿de dónde procede la información? y ¿puede comprobarse en una fuente oficial o científica?

Si no podemos responderlas, quizá sea mejor no compartirlo.

Hay que cuidar especialmente a quienes tienen más miedo

No todos vivimos un terremoto de la misma manera.

Un niño puede interpretar una réplica de forma diferente a un adulto.

Una persona mayor que vive sola puede sentirse especialmente vulnerable.

Alguien con discapacidad puede preocuparse por cómo abandonar un edificio si fuera necesario.

Y quien ha sufrido daños importantes en su vivienda puede sentir que ha perdido algo más que paredes: ha perdido su lugar seguro.

Por eso estos días también deberíamos mirar alrededor.

Preguntar a un vecino mayor si necesita algo. Llamar a familiares que viven solos. Comprobar cómo están los niños. Ayudar a quien tenga dificultades para desplazarse. Acompañar a quien tenga miedo de volver a casa.

La respuesta ante una emergencia no depende solamente de los servicios de emergencia. También depende de la comunidad.

      En el siguiente apartado habla de como gestionar este tema con los niños y aconseja darles seguridad pero sin mentirles, sin decirles que no ocurrirá más. 

      Pasa entonces a lo que él titula Convertir el miedo en preparación. Es decir, pequeñas cosas como tener una linterna a mano, los medicamentos que tomamos, revisar la casa por lo que puede caerse, etc.  Y resume:

No parece gran cosa. Pero la preparación tiene un efecto psicológico importante: transforma una amenaza difusa en una serie de acciones concretas. No podemos controlar el terremoto. Sí podemos controlar parte de nuestra respuesta.

       A continuación aborda el post-terremoto, a cuando parece que la tierra se ha tranquilizado. 

Durante los primeros días puede ser normal estar más nervioso, dormir peor, sobresaltarse con facilidad o pensar repetidamente en lo sucedido.

La preocupación aparece cuando estas reacciones no disminuyen progresivamente o interfieren de manera importante en nuestra vida cotidiana.

Si una persona mantiene un miedo intenso, sufre crisis frecuentes de ansiedad, no consigue dormir durante un periodo prolongado, evita salir de casa o entrar en una vivienda que ha sido declarada segura, no puede trabajar o estudiar con normalidad o los síntomas empeoran con el paso del tiempo, puede ser conveniente pedir ayuda profesional.

No hay que esperar a encontrarse completamente desbordado.

La salud mental también forma parte de la respuesta ante una emergencia.

      El último apartado va dirigido tanto a los granadinos como a las autoridades.

Granada no puede evitar que tiemble la tierra

Los terremotos forman parte de la realidad geológica de Granada. No podemos elegir cuándo se producirá el próximo movimiento.

Pero sí podemos decidir cómo afrontarlo.

Con edificios seguros.

Con servicios de emergencia preparados.

Con información científica accesible.

Con ciudadanos que sepan cómo actuar.

Con vecinos que se preocupen por sus vecinos.

Y con una sociedad capaz de distinguir entre información y rumor.

Quizá estos días nos estén dejando una enseñanza que va más allá del terremoto.

La tierra puede temblar durante unos segundos. La sensación de inseguridad puede durar mucho más.

Por eso también tenemos que cuidar esa segunda parte de la emergencia: el miedo, el sueño, la incertidumbre, la sobreinformación y la necesidad de sentirnos acompañados.

Granada no puede predecir cuándo volverá a temblar.

Pero puede conseguir algo que sí está en sus manos: que la próxima vez nos encuentre mejor preparados, mejor informados y menos solos.

15/8/26

Más allá del eclipse

 

Le debemos la imagen a Gemini

 
      Olvidada ya la "romería solar y lunática" (Jesús Lens dixit) y con los romeros de vuelta a sus ocupaciones y distracciones, yo invito a quien de verdad se interesa por la Astronomía o la Astrofísica, a visitar las distintas publicaciones de un viejo conocido y amigo de amigos. Informático, científico, pionero de los blogs y creador de Blogalia, en donde se alojaron tantos blogs notables.
 
      Con ustedes, Víctor R. Ruiz (rvr) y dos de sus "casas". 
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      Vídeos 
 

6/8/26

¿Vuelta al pasado?



      Esta mañana, estaba viendo ese vídeo de la página de la SER cuando me llegaron unos mensajes de WhatsApp y salí del vídeo para atenderlos, dejándolo para más tarde, pero resulta que, cuando luego volví, me encontré con lo que veis más arriba. El vídeo estaba ahí, pero al intentar abrirlo se había ido. Mejor dicho, lo habían suprimido. En teoría, el usuario, pero ¿voluntariamente?

      Los que vivimos la dictadura, vimos muchas cosas así, vimos periódicos con el hueco de un artículo retirado, revistas con páginas en blanco por no haber superado la censura, supimos de publicaciones prohibidas totalmente y que tuvieron que desaparecer, pero ahora se supone que estamos en democracia, que no hay censura... y mirad lo que pasa. 

      No conozco a ese periodista de la SER, no lo he visto nunca. Solo sé que me estaba gustando lo que decía y que estaba muy nervioso, como con prisas, como si supiera que aquello que grababa no iba a durar mucho.

      Tristes días los que estamos viviendo. Tristes, tristes... 

 

3/8/26

Porco mondo


Responsable del dibujo: La IA


      Cómo si no hubiera bastante con lo de Ceuta, este fin de semana me ha ocurrido algo que pone en evidencia el egoísmo que corroe a esta sociedad en la que nos ha tocado vivir.

      Ayer domingo se estropeó la cerradura de la puerta de entrada de mi bloque y alguien la dejó abierta, sujeta con un macetero, y colocó un letrero rogando que no se cerrara. 

      Esto provocó un debate en el grupo de WhatsApp comunitario, en el que llegaron a la conclusión de que había que dejar la puerta cerrada hasta el día siguiente y quitar el letrero, a lo que me opuse rotundamente porque me parecía despiadado que un vecino volviera a su casa de noche y no pudiera entrar. Bueno, pues toda la tarde de discusión y no hubo forma de convencerlos de que no podíamos hacer eso. Y lo mas curioso fue que, precisamente, los que tienen puertas super blindadas y alarmas por doquier, fueron los más opuestos a que nos arriesgáramos un poco para no dejar en la calle a algún vecino. Dándose el caso, para más inri, que todos esos vecinos están en su lugar de vacaciones, no en la casa.

Porco mondo, sí.

 

28/7/26

Calor




      Hace calor, mucho, y va a hacer más. Dicen que viene otra ola de calor, pero yo creo que es la misma, que no se ha ido desde hace ¿cuanto? He perdido la cuenta.

      Hace calor y los viejos lo soportamos mal, nos deshidratamos, el corazón protesta... Paren el mundo, que me apeo.

      Pero hay algo peor que el calor y que los problemas de los viejos: los incendios. El país se está quemando sin remedio, nos estamos quedando sin los pulmones que nos daban un poco de oxígeno para vivir. Y este bombero forestal nos habla de eso. Vale la pena leerlo y oírlo. 

 

10/7/26

El Botón de la Junta

Imagen regalada por Gemini

       

      Ha llegado el verano, con sus olas de calor correspondientes al cambio climático que estamos sufriendo desde hace años. Ha llegado el verano y los bloques de viviendas se quedan vacíos porque el que más y el que menos tiene donde irse, tiene segunda vivienda o casa en el pueblo. Y si están jubilados o la segunda vivienda permite ir y venir, en cuanto empiezan las calores, salen de estampida. Se vacían también los pisos de estudiantes cuando acaba el curso y esos otros que no sabemos muy bien quién los ocupa.

      Quedan entonces los viejos y viejas que viven solos, los que tienen cuidadora y los que aún no la necesitan. Y a estos últimos voy a referirme.

      Suelen tener una señora que llega un día por semana a limpiar, a algunos les dejan comidas hechas, otros se cocinan ellos, comen en un bar o compran de los muchos establecimientos de comida para llevar. Y así van tirando mientras el cuerpo aguante. Pero están solos, muchas horas solos, todas las noches solos, y ya hemos sabido de tantos casos en que una persona mayor muere sola, porque nadie se enteró de que enfermó o se cayó. Mueren en su cama, en el cuarto de baño, en mitad de un pasillo, en la cocina o en una terraza. A veces, los vecinos se enteran pronto, otras veces cuando vuelven de vacaciones y notan mal olor. 

      ¿Por qué ocurre esto en un país civilizado, con Servicios Sociales, con sistemas de alarma múltiples? ¿Con el celebrado “Botón Rojo” de la Teleasistencia?

      Pues miren ustedes, ocurre porque en algunas comunidades como la nuestra, el “botón rojo” exige que el viejo/a que lo tiene colgado de su cuello, tenga también dos personas dispuestas a que los llamen a media noche para abrir su puerta. Que tengan sus llaves y estén disponibles, que no se ausenten con frecuencia y que tampoco se vayan de vacaciones. Y eso no es fácil de conseguir. Se necesitan unos hijos muy concienciados, que se turnen para que siempre haya alguno cerca. Y no todos los viejos tienen esa suerte.

      El remedio es muy simple, pero pocas comunidades lo tienen implantado: la custodia de llaves. Que el servicio de Teleasistencia tenga las llaves del usuario y pueda abrir la puerta a la asistencia médica cuando lo necesite o se sospeche que le ha ocurrido algo. Sin eso, la Teleasistencia no sirve más que para recordarle al viejo/a que hay un mundo más allá de su puerta, pero que en ese mundo ya está de más. 

  

26/6/26

Cincuenta y cuatro años atrás

 


      Ha temblado la tierra en Venezuela y, cada vez que hay un terremoto de este calibre, sobre todo si es en América del sur, yo revivo la mañana del 23 de diciembre de 1972, cuando un terremoto asoló Managua.  Y recuerdo como se presentó en mi casa bien temprano un amigo venezolano acompañado de dos chicos nicaragüenses. El venezolano era Jorge Alvarado, estudiante claretiano en la Facultad de Teología, y los nicaragüenses creo que estudiantes también.

      Llegaron a mi casa buscando un teléfono para organizar un punto de encuentro donde pudieran informarse los procedentes de ese país que se encontraban en Granada. Y allí estuvieron parte de la mañana, Jorge al teléfono llamando a un sitio y a otro, y los nicaragüenses conmigo en la mesa de camilla. Venían todos ateridos, con el mal cuerpo de una noche que acabó pronto y de mala manera, por lo que mi madre hizo café para que desayunaran. Mientras, yo los miraba pensando que, en ese momento, no sabían si tenían familia o se habían quedado solos, pues los dos me dijeron que sus casas estaban en la zona más destruida, donde la devastación era mayor. 

      Por fin, Jorge consiguió montar el punto de encuentro en la Casa de América y para allá se fueron los tres. Por la tarde, fui por si se podía ayudar en algo y vi que estaban recogiendo donativos y que se había desplazado hasta allí un equipo de extracción de sangre.

      De esto hace 54 años, no sé nada de Jorge Alvarado, que volvió a su país poco después, no recuerdo siquiera el nombre de los nicaragüenses, pero hoy, viendo las imágenes de destrucción en Venezuela, he revivido una vez más aquella fría mañana de diciembre. Víspera de Navidad para más señas. 

 

8/6/26

Sobre la custodia de la persona




      De nuevo menciono a Joselu que, en su entrada de hoy, comienza diciendo:

      Pregunta: Por cierto, dígame algo que nadie haya dicho aún sobre la encíclica del Papa Leon XIV acerca de la Inteligencia Artificial. 

      Y respondo.

      Sí, queda la mirada 'desde dentro", la mirada de un teólogo que la ha analizado a fondo, no una parte, sino completa, en su totalidad. La mirada de Juan José Tamayo.

      Más aún. Añadiendo su visión también de esta visita del autor de la encíclica, una visita en la que no todo es tan bonito como parece.

 

3/6/26

Con la IA hemos topado

 

Imagen regalada por Gemini

 

      La IA ha venido y, como la Primavera, muchos no sabemos cómo ha sido. Pero está ahí, se ha introducido en nuestras vidas y hay opiniones de todo tipo, desde quien la recibe con alborozo a quien, como el amigo Joselu, "nos mete la peste en un canuto" barruntando el caos, el desastre universal y la aniquilación del ser humano.

      La realidad es que todos los principios aterran y desconciertan. La IA es algo nuevo y estamos empezando a enfrentarnos con ello,  pero siempre ha sido así a lo largo de la Historia.

      Con la llamada Revolución Industrial del s.XVIII, las previsiones eran apocalípticas: Las máquinas sustituirían a las personas y los trabajadores irían a la calle. Pero el hecho es que la economía se disparó, la situación del trabajador a partir de entonces mejoró sustancialmente y no podemos negar que, en general, la Humanidad ha avanzado y prosperado. 

      Pero es que con la llegada de los ordenadores, también los mensajes eran los mismos respecto al trabajo y el resultado que vemos es que ciertos trabajos desaparecen, pero nacen otros y el trabajador necesita otra formación, que sustituye a la que era necesaria antes. Ya no hay secretarias que se dejen los dedos entre las teclas de una máquina de escribir, pero tenemos trabajando a nativos digitales.

       En otros órdenes de la vida, cuando empezó a construirse el Canal de Isabel II en Madrid, obispos y teólogos de la Iglesia Católica pusieron el grito en el cielo porque aquello iba contra la Creación, era alterar la Naturaleza que Dios había creado, era como contrariar los planes de Dios. ¿Alguien se imagina que pueda ocurrir esto ahora? 

      Sigamos con otros ejemplos.

      Empezaron los tranvías y hubo innumerables atropellos y muertes, entre ellos Gaudíporque la gente estaba acostumbrada a que los pocos vehículos que había esquivaran a los peatones, pero el tranvía no podía esquivarlos. Ahora los accidentes son escasos y las muertes casi nulas.

      Cuando el mundo vio las primeras películas, se consideró acabado el teatro y los actores intentaron a la desesperada introducirse en el cine porque se jugaban el pan de sus hijos, pero desde entonces conviven teatro y cine y hay espectadores para ambos. Es más, con la televisión también se pensó lo mismo, se creyó que, si podíamos tener películas, teatro y espectáculos en nuestra casa, sobraban los locales. Y no fue así. Los cines se llenan, los teatros también y no digamos nada de los conciertos con miles de espectadores.

      Recordemos también la hecatombe de cuando aparecieron el libro y el periódico digital, que se sabía cierto que era el fin de la impresión en papel. Y  ¿que ha pasado? Nada. El papel sigue, los libros siguen y cada cual elige  lo que le parece.

      Y es que el HOMBRE ha demostrado desde la Prehistoria que es capaz de adaptarse a lo que el mismo hombre crea, así que confiemos en eso y abramos las puertas a lo que puede ser un avance de la Humanidad en muchos sentidos. Yo no voy a ver ese futuro, pero a los que estéis, os deseo que la IA mejore vuestras vidas y el mundo que habitéis. 

19/5/26

Un colegio en San Antón




      Una foto en el blog de Tot Barcelona me ha servido de magdalena para recordar mi colegio. Pero antes de meterme en faena, os anticipo algo por lo que me vais a etiquetar: estudié en un colegio privado. Pero por una razón muy simple, porque era el más cercano, tanto que podía ir sola. Y, ante la comodidad de que no hubiera que llevar y traer a la niña del colegio, supongo que mi padre se apretó el cinturón y me matriculó allí. Cosa que nunca he agradecido lo suficiente, pues recibí una educación muy distinta de la que hubiera tenido en cualquier otro colegio, ya que allí me libré de las fotos del Caudillo y José Antonio y de cantar el Cara al sol en el recreo, pero también me libré de las monjas de otros colegios, pues mis profesoras "son monjas, pero no son monjas", como les decía a mis amigas del barrio. Me explico. 
 
      El colegio en el que me matriculó mi padre pertenecía a la Institución Teresiana, que, en aquel momento, era un Instituto Secular por imperativo de Pío XXII, pero más tarde consiguió volver a ser lo que Pedro Poveda, su fundador, quiso: Asociación de Laicos. Por ello, era un colegio religioso, pero sin monjas, con unas profesoras que vestían un poco "rancias", pero sin hábitos. Y, lo mejor, unas profesoras que se habían formado antes de la guerra, alguna en la Institución Libre de Enseñanza, y no simpatizaban mucho con el Régimen imperante. Lo ocultaban para que no les cerraran el colegio, pero se les notaba. Ocurría, además, que había dos clases de colegios privados: el Sagrado Corazón y la Compañía de María, colegios caros y donde estaban las "niñas bien", la alta burguesía, y varios colegios más baratos para la clase media, entre los que se podía situar el mío.
 
      Estaba alojado en una casa antigua, de techos altos y sin calefacción, por lo que pasábamos un frío que nos hacía dar saltos en el recreo para entrar en calor y frotarnos las manos para que no saliera disparado el lápiz al escribir. Nuestros pupitres eran de madera con un cajón, cuya superficie raspábamos, cada una el suyo, con una cuchilla de afeitar, en una competición de quien lo tenía más limpio e impecable. Y había una pizarra, sí, pero también mapas enrollables, uno de España y otro de Europa, que circulaban de un aula a otra, según donde hacían falta. Llegaba la profesora de Geografía y te decía: Ve a por el mapa de España, que está en 3°. Y tenías que llamar a la puerta de aquella clase, disculparte por la interrupción, pedir el mapa y llevártelo, dando las gracias. Si es que no te decía la profesora que se lo habían llevado a 5° y tenías que repetir el proceso. Y, mientras, en tu clase esperando para poder mostrarnos por donde caía el Ebro. Había alguna niña que tenía un valiosísimo Atlas, pero el mío había pertenecido a un hermano de mi padre, era anterior a la guerra mundial y, aunque podía situar el Sena y hasta el Danubio, ciertas fronteras europeas eran un rompecabezas.

      ¿Que más os cuento de mi colegio? Pues que albergaba también una residencia universitaria, más tarde Colegio Mayor, que tenía un jardín que luego mutiló la ampliación del Mayor, que muchos años después y durante mucho tiempo lo frecuenté para las actividades culturales del Centro Cultural Dari y que ahora está cerrado de forma indefinida, esperando una rehabilitación que no llega, por ser un edificio catalogado y necesitar múltiples permisos.

      Y que la estancia allí la recuerdo como una de las mejores épocas de mi vida.
 

9/5/26

FIP 2026

 

      Termina hoy el XXII Festival Internacional de Poesía de Granada y no quiero que eche el cierre sin celebrarlo como es debido: con un poema.


      De Luis García Montero, Sonata triste para la luna de Granada. En su voz.


4/5/26

De otoño a primavera




      El pasado otoño, fui con dos amigas a una misa en recuerdo de otra, que había muerto meses antes. Se celebró en la parroquia de un barrio muy distante y considerado el más marginal de esta ciudad, por lo que al salir, ya de noche, tratamos de llamar a un taxi para volver a nuestras casas. Era sábado, las ocho y media de la tarde, lloviendo y en un barrio donde muchos taxistas no quieren entrar, así que no había manera de que el taxi llegara. Refugiadas de la lluvia bajo la marquesina de un modesto local de bocadillos, vacío en ese momento, llamábamos a la centralita de los taxis y estaba ocupada o no contestaba. Entonces, asomó a la puerta del local una señora, aparentemente árabe o gitana, que al ver allí tres mujeres ancianas de pie y agarradas a su móvil, sacó diligente sendos sillones, para que, al menos, esperáramos sentadas. Y allí estuvimos hasta que conseguimos el taxi y nos despedimos agradecidas de aquella señora, que tan amable había sido. 

      Ayer fue el Día de la Cruz, pero el sábado ya estaban las cruces montadas y, al ir al supermercado, me acerqué a la instalada en lo que ahora llaman Centro de Participación Activa para Mayores, antes Centro Cívico y siempre Centro de la Tercera Edad. Di unas vueltas por el patio haciendo fotos, me sentí cansada y busqué donde sentarme un rato, antes de volver a mi casa. A unos pasos, dos señoras muy bien vestidas y enjoyadas, sentadas en sillones, y un tercer sillón vacío. Veo en él mi salvación, me dispongo a sentarme y se me atraviesa un tío grande como un armario y lo menos veinte años menor que yo, que extiende su brazo para cortarme el paso, musita un "perdón" desabrido... y se sienta en el sillón. Y allí me quedo, mirando a los tres estupefacta, y ellos mirándome a mí como pensando: "¿Que querrá esta?"

      Y la pregunta del millón es: ¿Dónde imagináis que me gustaría vivir? ¿En donde vivo o en el barrio marginal del otoño pasado? Y a quienes preferiría de vecinos ¿a las tipas enjoyadas y el animal con polo de marca? ¿O a la señora de la bocadillería?