Hace unos días, en el blog LA TINAJA DE DIÓGENES, su administrador, Cayetano, planteaba la razón por la que escribimos y hubo opiniones diversas, como diversos somos sus visitantes. Yo escribí textualmente: Para mí, escribir es comunicarme y no me vale si no tengo respuesta. Por eso, no he entendido nunca un blog cerrado a los comentarios ni un bloguero/a que no contesta a quien comenta.
Más tarde, estuve recordando lo que ocurrió hace años cuando un amigo, escritor de narrativa, inició un blog a modo de experiencia y los amigos nos encontramos con la sorpresa de que eliminaba los comentarios que contradecían las ideas que él había expresado. Le pregunté por qué hacía aquello y me contestó con toda convicción que él no podía permitir que en un sitio bajo su nombre hubiera opiniones con las que no estaba de acuerdo.
Y es que él estaba acostumbrado a expresarse a través de los personajes de sus novelas y a no saber si quién las leía estaba de acuerdo o no con aquello. Sabía que sus libros se vendían, pero en realidad no llegaba a saber si al lector le habían gustado ni tampoco si su ideología coincidía con la de sus personajes. Por supuesto que tenía críticas, reseñas en medios de comunicación, pero un crítico se limita a opinar sobre la calidad -a su juicio- de esa obra, pero no entra a discutir la ideología de los personajes ni a expresar la propia.
Y esa es la diferencia con un blog. El blog es comunicación, la narrativa no. Es más, durante siglos, la prensa tuvo más de narrativa que de comunicación, ya que, quitando las consabidas Cartas al Director, poco intercambio de opiniones había. Solo si en una ciudad había dos periódicos, podían darse debates entre los periodistas de uno y de otro, pero pocas veces intervenían los lectores. En este momento, eso ya ha cambiado con la prensa digital, abierta a las opiniones de quien la lee y se registra, pero la narrativa sigue igual, sigue el autor desconociendo si el lector comparte su ideología o estrelló el libro en el suelo mientras recordaba a su madre. A la madre del autor del libro, por supuesto.






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