¿Alguien se acuerda del principio de los detergentes? Yo sí porque soy más vieja y me acuerdo perfectamente de cómo empezamos a usarlos en mi casa.
Desde siempre se había lavado con jabón en pastillas, que se compraba o se hacía con los posos del aceite de oliva que quedaban en el fondo del recipiente donde se guardaba para todo el año o parte de él. Y así recuerdo un barreño grande de zinc en mitad de la cocina o en el patio, según época, donde se echaba la sosa cáustica disuelta en agua (momento en el que mi madre me hacía alejarme de allí) y el aceite, para empezar a dar vueltas y vueltas con una madera larga hasta que aquello iba espesando y se dejaba secar antes de cortarlo en trozos. Con estos trozos, el sistema de lavado era poner la ropa sobre la tabla de lavar de la pila, que para entonces ya no era de madera sino de la propia pila, y allí frotar con el jabón hasta que estuviera bien impregnada y libre de suciedad, para pasar luego a extenderla al sol en el patio o dejarla en remojo hasta el día siguiente si estaba nublado. Entonces, se volvía a restregar y se aclaraba –dos aclarados como mínimo- para proceder a tenderla a secar, si era posible también al sol. Esta tarea la llevaba a cabo la propia “chica para todo”, pero también había lavanderas especializadas que iban de casa en casa solo para eso.
Hasta que un día alguien habló de unos polvos, que llamaban espumilla, en una traducción libérrima del catalán Pubilla, la marca del detergente, y que según decían servían para lo mismo pero con menos esfuerzo, cosa que no terminábamos de entender puesto que no se adaptaba al sistema tradicional de lavado y que las lavanderas profesionales rechazaron rotundamente porque, según ellas, la ropa no quedaba igual de limpia.
Pero ¡oh, progreso de la técnica! llegaron las lavadoras eléctricas, que no eran automáticas todavía, aunque tenían un chisme que daba vueltas en el fondo o en un lateral y hasta una goma para llenarlas y otra para vaciarlas. Y entonces llegó el momento de la llamada espumilla porque allí ya no se podía restregar, sino que se echaban los polvos en la lavadora, se cargaba de agua y se ponía a funcionar con la ropa dentro. Con lo que se implantó el lavado mixto, lavado en la lavadora, luego reposo en un barreño hasta que al día siguiente la aclaraba la chica o la lavandera, un tanto enfadada porque su trabajo se había reducido de dos días a uno. Época que no duró mucho porque pronto aparecieron las lavadoras automáticas y, con ellas, los detergentes en envases tipo tambor que lavaban más blanco. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.