Hace muchos años, cerca de la casa donde entonces vivía, se mudó una familia con muchos hijos y uno de los menores empezó a dar problemas desde el principio. Pegaba a los otros niños que jugaban en la calle, no acudía al colegio, destrozaba los jardines, mentía descaradamente sobre su familia, etc. Era un niño conflictivo, en una época en que eso no estaba vigilado ni tratado por los Servicios Sociales.
Ocurrió entonces que unos vecinos se fueron de vacaciones y, al volver, se encontraron la casa revuelta y varios objetos desparecidos, entre ellos un pequeño reloj de uno de sus hijos, pero cuál no sería su sorpresa cuando, días después, sus propios hijos le dijeron que habían visto el reloj en la muñeca del niño conflictivo, que no solo no lo ocultaba, sino que presumía de haber saltado la tapia y haberlo robado. Como es lógico, pensaron denunciarlo, pero la madre del niño se les presentó llorando y rogándoles que no lo hicieran, que aquel hijo no cesaba de darles problemas y ya se habían tenido que mudar de barrio varias veces por hechos como ese. Les devolvió el reloj y les prometió también que volverían a mudarse y lo alejarían de allí, ante lo cual los vecinos desistieron de la denuncia y renunciaron a recobrar el resto de las cosas que habían perdido.
Cuando estos vecinos me lo contaron, no pude evitar decirles que habían hecho mal perdonando el hecho, y no por ellos, sino porque ese niño necesitaba de atención y sin ella terminaría por ser un adulto delincuente. Y es que algunas veces ciertas clases de bondad no benefician a nadie, sino todo lo contrario.








