Antes de Navidad os hablaba de una pareja de emprendedores muy jóvenes que habían abierto una panadería cerca de mi casa y me disponía a ayudarles en lo que pudiera para que salieran adelante. Bueno, pues ahora quiero contaros lo que ha venido después.
Como decía, al principio estaban los dos llenos de sonrisas y de atención a los clientes, pero poco después empezaron a turnarse, con lo que la espera de los clientes en la puerta se aumentó. Pasan unos días más y comprueban que por las tardes hay menos público y, además, parte de los artículos se les han terminado, así que deciden cerrar, mientras el resto de las panaderías permanecen abiertas incluso hasta las 9 de la noche.
Llega entonces la Navidad y, con muy buen sentido comercial, empiezan a traer artículos novedosos –y bastante caros- que se los quitan de las manos, a pesar de que, con una sola persona atendiendo, la espera se hace larga. Paso por allí el día 24 a media mañana y me sorprende encontrar la panadería prácticamente vacía, con algo de pan y poco más en vísperas de varios días de fiesta, así que me voy a otra panadería para aprovisionarme. Pero es que vuelvo el sábado, día 27, dispuesta a comprar para el fin de semana y me encuentro con un letrero que anuncia que estará cerrada del 25 al 28, o sea cuatro días de cierre en plena Navidad.
Si este negocio fracasa y esta pareja se va al paro, se dirá que es la crisis o que tenían demasiada competencia, pero ¿realmente es así?




