A la atención de Doña Cristina Fernández, presidenta de ese hermoso país llamado Argentina.
Muy señora mía.
Le escribo desde Granada, una pequeña ciudad al sur del norte que usted no quiso ver cuando recaló aquí en su viaje y no salió de su habitación, aunque, eso sí, obligó al hotel a instalarle una sauna para unas horas.
El motivo de la presente es que me han llegado sus palabras de que los que bajaron de los barcos hace poco más de 100 años lo hicieron muertos de hambre y la primera duda que me asalta es si incluye a sus antepasados entre esos hambrientos, pues su apellido es de lo más español y el adoptado bien europeo. Pero dejando aparte este detalle, me voy a centrar en esos muertos de hambre de los que usted habla, los gallegos en cuanto a mí me atañe como ciudadana de un país pobre que ha emigrado siempre. Pero, ¿sabe que le digo? Pues que la emigración es buena para el país que emigra y para el que recibe los inmigrantes, que con ella hay intercambio de culturas y enriquecimiento por ambas partes. Como han dicho mejores plumas que la mía en su propio país, esos hambrientos que llegaron crearon con su trabajo un país rico y próspero (que, por cierto, no es el que usted va a dejar cuando algún día se vaya), esos muertos de hambre crearon la clase media que sostiene en pie todos los países del mundo.
Pero como desconozco las interioridades de su país y los emigrantes de hace cien años están ya muy lejos, voy a centrarme más en esos europeos que llegaron posteriormente buscando el pan o huyendo de guerras y persecuciones, y, concretamente, en los españoles que se exiliaron allá perseguidos por la dictadura. ¿Ha oído hablar de Rafael Alberti, Francisco Ayala o Rosa Chacel? ¿Conoce la música de un tal Falla que murió en Altagracia? Allí llegó desde Granada para no convivir con los que habían matado a sus amigos y los granadinos supimos que nuestro músico fue bien recibido y que allí vivió contento, aunque añorando su Carmen de la Antequeruela. ¿Realmente piensa que estos muertos de hambre no aportaron nada a su país, que solo se beneficiaron de él?
Muy señora mía.
Le escribo desde Granada, una pequeña ciudad al sur del norte que usted no quiso ver cuando recaló aquí en su viaje y no salió de su habitación, aunque, eso sí, obligó al hotel a instalarle una sauna para unas horas.
El motivo de la presente es que me han llegado sus palabras de que los que bajaron de los barcos hace poco más de 100 años lo hicieron muertos de hambre y la primera duda que me asalta es si incluye a sus antepasados entre esos hambrientos, pues su apellido es de lo más español y el adoptado bien europeo. Pero dejando aparte este detalle, me voy a centrar en esos muertos de hambre de los que usted habla, los gallegos en cuanto a mí me atañe como ciudadana de un país pobre que ha emigrado siempre. Pero, ¿sabe que le digo? Pues que la emigración es buena para el país que emigra y para el que recibe los inmigrantes, que con ella hay intercambio de culturas y enriquecimiento por ambas partes. Como han dicho mejores plumas que la mía en su propio país, esos hambrientos que llegaron crearon con su trabajo un país rico y próspero (que, por cierto, no es el que usted va a dejar cuando algún día se vaya), esos muertos de hambre crearon la clase media que sostiene en pie todos los países del mundo.
Pero como desconozco las interioridades de su país y los emigrantes de hace cien años están ya muy lejos, voy a centrarme más en esos europeos que llegaron posteriormente buscando el pan o huyendo de guerras y persecuciones, y, concretamente, en los españoles que se exiliaron allá perseguidos por la dictadura. ¿Ha oído hablar de Rafael Alberti, Francisco Ayala o Rosa Chacel? ¿Conoce la música de un tal Falla que murió en Altagracia? Allí llegó desde Granada para no convivir con los que habían matado a sus amigos y los granadinos supimos que nuestro músico fue bien recibido y que allí vivió contento, aunque añorando su Carmen de la Antequeruela. ¿Realmente piensa que estos muertos de hambre no aportaron nada a su país, que solo se beneficiaron de él?
Seguimos avanzando en el tiempo y llegamos a años recientes, cuando la dictadura de los militares, el corralito y otros desmanes de políticos como usted también empujaron a sus paisanos a emigrar y, entonces, fueron los argentinos los que cruzaron el mar quizá no muy sobrados de bienes. Por si no lo sabe, Andalucía es pobre y Granada mucho más, pero aquí llegó la familia Neuman procedente de Buenos Aires, nos dieron su música en la Orquesta Ciudad de Granada y nos han dejado a un escritor, Andrés Neuman, del que los granadinos estamos orgullosos. De la Córdoba de allá llegó también Tato Rébora, que creó un local referente de la cultura granadina y un festival de tango que va a cumplir 25 años. Y de otros puntos de Argentina llegaron gentes anónimas cuyo acento se advierte en tiendas, autobuses y espectáculos. Están aquí, han aportado a Granada su trabajo y su cultura y Granada los ha hecho suyos sin preguntarles como llegaron, de que hambre venían o qué les empujó a emigrar.
Resumo, señora presidenta, pues quizá tenga cita con la “esteticién”. La emigración puede ser una necesidad, pero es buena para los países, enriquece y crea personas mestizas en lo racial y lo cultural. Le cuento un detalle que quizá no sepa. Nosotros tenemos desde hace unos años la inmigración africana, multitud de marroquís y subsaharianos que en estos tiempos pasados de prosperidad han hecho los trabajos que rechazaban los españoles, pues ellos sí que venían del hambre. Ahora, con la crisis y la falta de trabajo, son un problema, pero ¿sabe que le digo? Pues que yo creo que cuando pasen los años Granada, la ciudad de las tres culturas, añadirá a la cristiana, la árabe y la judía, otra cultura más: la africana. Y a mí me parece muy bien, que quiere que le diga. Hay ya por ahí niños morenitos que en el futuro nos pueden dar muchas satisfacciones.
Agradeciendo su atención se despide amablemente la que firma más abajo.






