Cuando era muy niña, mis padres me llevaban a visitar a los abuelos, tíos abuelos y demás parientes mayores. Unas veces eran visitas espontáneas, de volver de la calle y “vamos a pasar a ver al abuelo”, pero otras eran establecidas, como los domingos por la mañana al tío de mi padre que le prestó dinero para comprar la casa y, si yo me resistía por algún motivo, ya sabía la lección: "Debes ir porque gracias a él tienes casa donde vivir".
No sabía yo entonces que, con estas visitas, mis padres me estaban enseñando a querer, me estaban inculcando no solo el respeto hacia mis mayores, sino también y -esto es mucho más importante- me estaban abriendo a los demás, sacándome de mi pequeña familia para abrirme a un mundo mayor de afectos, pues cuando fui creciendo ya lo hacía por mí misma, ya era yo la que pasaba por casa de mi abuelo y subía a estar un rato con él. Porque sí, sin obligación, solo porque era mi abuelo y yo lo quería. O la que me escapaba en una corrida a ver al primo de mi padre, en silla de ruedas por la polio, y estaba con él hasta que mi madre llegaba alarmada de que no me encontraba. Y también porque sí, porque lo quería y puse lazos negros en mis trenzas cuando murió. Los quería, mis padres me habían enseñado a quererlos.
Ahora ha pasado el tiempo, todos los mayores de mi familia ya no están y soy yo la que necesitaría de esas visitas, pero las generaciones que han venido ya no visitan a los viejos, sus padres no los enseñaron a visitarlos. Sus padres no los han enseñado a querer.








