El “enjambre” de pequeños terremotos que estamos sintiendo en estos días, me ha hecho recordar el que sufrimos el 19 de abril de 1956. Como vemos en este vídeo, fue un terremoto de magnitud 5 e intensidad 8, con epicentro en Sierra Elvira, que causó víctimas y graves daños, sobre todo en Albolote y Atarfe, pero también se dejó sentir con fuerza en Granada capital. Fue alrededor de las 7:30 de la tarde y a mí me cogió en el cine, un cine pequeño, escalonado, donde proyectaban una película en la que intervenían las quintillizas Dionne, y estaba acompañada por un chico con el que iniciaba entonces un noviazgo que fue “oficial” pocos días después.
Así que estábamos tan tranquilos viendo nuestra película, cuando todo empezó a moverse bruscamente. La butaca bailaba y en la pantalla no se veían cinco gemelas, sino cincuenta… La gente gritaba y corría hacia la puerta, se encendieron las luces y la proyección se cortó. Pero nosotros nos quedamos inmóviles, yo me agarré al brazo del chico y no cruzamos ni palabra. Cuando el “baile” terminó, el cine estaba casi vacío, pero los que quedábamos seguimos allí y, un rato después, se apagaron las luces y continuó la película. Al terminar, dimos una vuelta por la ciudad supongo que comentando el “meneo” y volví a mi casa a la hora establecida normalmente.
Y allí me encontré la sorpresa: una madre asustada y llorosa y un padre que me armó una bronca fenomenal. Al parecer, había ido al cine para ver si me había ocurrido algo y el portero le dijo que allí no quedaba casi nadie, que todo el público se fue con el terremoto. Regresó entonces a mi casa, sin saber donde estaba yo, y allí esperaron hasta que a mí se me apeteció volver con cara de aquí no ha pasado nada. No recuerdo que hice entonces, pero sí se me quedó grabada una frase de mi padre: Podíamos estar muertos y a ti no te ha importado. En aquel momento, la bronca de mi padre me pareció injusta, pero con el paso de los años me di cuenta de que tuvo más razón que un santo, que yo no había pensado en ellos ni en las víctimas que podrían estar ingresando en los hospitales. No había pensado en nadie, solo en el chico de la butaca de al lado, en la película… y en mí misma. Ahí empezaba y terminaba mi mundo. Había actuado con la inconsciencia, la despreocupación y el egoísmo propios de mi edad.
Porque de niños, de adolescentes y de muy jóvenes somos así, no pensamos más que en nosotros, y solo con el paso de los años, con la madurez, vamos desarrollando la comprensión hacia el otro, la empatía, el ponernos en su lugar. Por eso, con la madurez llega lo que llaman los psicólogos “convertirnos en padres de nuestros padres” y esos conflictos, que son frecuentes en la adolescencia y juventud, van desapareciendo porque miramos a nuestros padres como se mira a un niño, al que hay que proteger, cuidar y perdonar las travesuras propias de su edad.








